Nature acaba de zanjar una de las preguntas más antiguas de la exploración espacial: qué esconde la Luna bajo su superficie. Un equipo internacional liderado por el astrónomo Arthur Briaud, del CNRS francés, ha confirmado que nuestro satélite tiene un núcleo interno sólido, muy parecido al de la Tierra, envuelto por una capa externa fluida.
El hallazgo no es un dato menor de ciencia curiosa. Explica por qué la Luna tuvo, hace miles de millones de años, un campo magnético que llegó a ser cien veces más potente que el actual de la Tierra, y por qué ese campo terminó apagándose casi por completo.
Lo que Nature confirma sobre la Luna
Durante más de cinco décadas, desde que las misiones Apolo dejaron sismómetros y retrorreflectores láser en la superficie lunar, los científicos sospechaban que había algo sólido en el centro del satélite. Pero los datos sísmicos de la época no tenían la resolución suficiente para confirmarlo con certeza.
El equipo de Briaud combinó esos registros antiguos con datos de la misión GRAIL, mediciones de telemetría láser Tierra-Luna y simulaciones termodinámicas avanzadas. El resultado, publicado en Nature el 3 de mayo de 2023, describe un núcleo externo fluido de unos 362 kilómetros de radio y, dentro de él, un núcleo interno sólido de 258 ± 40 kilómetros, con una densidad de 7.822 kg/m³, muy cercana a la del hierro.
Cómo es realmente el interior de la Luna
El estudio publicado en Nature describe el interior lunar como una estructura en capas: una corteza fina de apenas unos 45 kilómetros, un manto grueso de silicatos y, en el centro, ese núcleo lunar dividido en una parte líquida y otra sólida. Juntas, ambas capas suponen cerca del 15% del radio total de la Luna.
Lo más llamativo es que esta arquitectura interna recuerda mucho a la de la Tierra, aunque a una escala muy inferior. Ambos cuerpos comparten un núcleo metálico diferenciado en dos fases, algo que hasta ahora solo se había demostrado con precisión en nuestro planeta.
Por qué desapareció el campo magnético lunar
El hallazgo también aporta una pieza clave que faltaba: la explicación de la desaparición del campo magnético lunar. Según el estudio, la Luna tuvo una geodinamo activa durante sus primeros mil millones de años, generada por el movimiento del material en su núcleo, igual que ocurre hoy en la Tierra.
Cuando el núcleo interno comenzó a enfriarse y perdió dinamismo, ese escudo magnético se desvaneció poco a poco. Las rocas lunares recogidas por las misiones Apolo aún conservan huellas de aquella magnetización antigua, lo que permitió a los investigadores reconstruir la cronología de ese apagón progresivo.
El "vuelco del manto" que explica el hierro en la superficie
El trabajo de Briaud y su equipo también respalda una hipótesis conocida como vuelco global del manto lunar. Según este escenario, tras el intenso bombardeo de asteroides que sufrió el Sistema Solar en sus primeros mil millones de años, los materiales más densos del manto lunar se hundieron hacia el centro mientras los más ligeros ascendían hacia la corteza.
Este movimiento interno explicaría un misterio que llevaba décadas sin resolverse: la presencia de elementos ricos en hierro en ciertas regiones volcánicas de la superficie lunar, cuyo origen no encajaba con los modelos anteriores.
Entre las claves que sostienen esta teoría destacan:
- La compatibilidad entre las simulaciones térmicas y las deformaciones por marea observadas en la Luna.
- La coincidencia con una hipótesis planteada en 2011 por científicos de la NASA a partir de datos sísmicos de Apolo.
- La detección de zonas parcialmente fundidas en la base del manto, enriquecidas en ilmenita.
- La correlación entre el vuelco del manto y el momento en que se apagó el campo magnético lunar.
Qué significa este hallazgo para la ciencia espacial
Confirmar la estructura interna de la Luna no es solo un ejercicio teórico. Ayuda a entender cómo evolucionan los cuerpos rocosos del Sistema Solar en general, desde planetas como Marte —donde la sonda InSight detectó recientemente un núcleo sólido similar— hasta otras lunas y asteroides diferenciados.
Este tipo de investigaciones también resulta clave en un momento en el que la exploración lunar vive un resurgimiento notable, con misiones como Artemis buscando establecer presencia humana permanente cerca del polo sur del satélite. Conocer con precisión la composición interna de la Luna ayuda a perfeccionar los modelos gravitacionales que guían el diseño de futuras misiones, tanto robóticas como tripuladas.
El camino que queda por delante es amplio. Los propios investigadores reconocen que aún faltan datos sobre la composición exacta del núcleo, su temperatura precisa y su comportamiento a largo plazo. Las próximas misiones lunares, equipadas con sismómetros más sensibles que los de la era Apolo, podrían aportar en los próximos años una imagen todavía más nítida del corazón de nuestro satélite.





