España ha acumulado ya cuatro olas de calor oficiales entre junio y julio, y una quinta golpea esta semana a buena parte de Europa con temperaturas que vuelven a rondar los 43 grados centígrados en el sur peninsular. El verano de 2026 amenaza con superar al de 2025, hasta ahora el más cálido de la serie histórica, según los registros de la AEMET.
Pero, más allá de las alertas sanitarias y del exceso de mortalidad —junio dejó 1.031 muertes atribuibles al calor, un 153 % más que el mismo mes del año anterior, según datos del Instituto de Salud Carlos III recogidos por Forbes—, las consecuencias económicas del calor extremo empiezan a dibujar un panorama preocupante tanto para los hogares como para el conjunto de la economía española.
Quien haya mirado su factura de la luz de julio sabe de qué hablamos. El aire acondicionado se ha convertido en un gasto casi obligatorio en millones de viviendas, y cada nuevo episodio de temperaturas extremas dispara el consumo eléctrico de forma exponencial. Pero el impacto no se queda en el recibo doméstico. Las olas de calor están debilitando el sistema eléctrico europeo, encareciendo el gas, alterando los patrones turísticos y restando productividad a sectores enteros. La factura del verano, en definitiva, la acaban pagando todos.
Hasta 55 euros más en la factura del aire acondicionado
Un análisis publicado por la plataforma de gestión energética papernest, basado en un modelo termofísico con un precio medio del PVPC de 0,129 €/kWh y una temporada de refrigeración de 93 días, ha puesto cifras concretas al golpe que las cuatro olas de calor registradas entre junio y julio han supuesto para los hogares españoles.

Los resultados son contundentes: una vivienda tipo villa de 140 metros cuadrados equipada con un aparato de aire acondicionado de clase G —es decir, poco eficiente— ha visto cómo su factura estival se incrementaba en 54,94 euros solo por los 17 días de calor extremo acumulados. En un piso de 90 metros cuadrados con el mismo tipo de equipo, el sobrecoste asciende a 29,25 euros, y en un estudio de 45 metros cuadrado, a 12,90 euros.
Lo llamativo del estudio es que revela cómo la intensidad de la temperatura pesa más que la duración del episodio. La tercera ola de calor, que solo duró tres días pero alcanzó un pico de 45 grados, resultó ser la más cara por jornada, con un coste medio diario de 1,81 euros frente a los 1,62 euros de la segunda ola, que se prolongó durante cinco días pero no superó los 42 °C. Óscar Pacheco, analista de energía de papernest, asegura que cuando las temperaturas superan los 44-45 °C el consumo del aire acondicionado se dispara incluso aunque el episodio dure menos días, porque el compresor se ve obligado a trabajar al 100 % de su capacidad de forma ininterrumpida.
Una vivienda el doble de grande puede consumir bastante menos si cuenta con un sistema moderno de aire acondicionado
El estudio también desmonta un mito habitual. Mucha gente asume que el tamaño de la vivienda es el factor que más encarece la climatización, pero los datos demuestran que la etiqueta de eficiencia energética del equipo importa mucho más que los metros cuadrados. Un piso de 90 metros con un aparato de clase A+++ gasta solo 35,52 euros en todo el verano —olas de calor incluidas—, mientras que un estudio de 45 con un equipo de clase G alcanza los 56,35 euros. Dicho de otro modo, una vivienda el doble de grande puede consumir bastante menos si cuenta con un sistema moderno.
Esta diferencia permite amortizar la compra e instalación de un equipo nuevo —unos 550 euros de media— en apenas 1,7 años si se tiene en cuenta el ahorro combinado de verano e invierno (alrededor de 320 euros anuales en un piso de 90 metros cuadrados). El problema es que muchas familias no pueden afrontar esa inversión inicial, y son precisamente los hogares con menos recursos los que suelen contar con los equipos más obsoletos, generando un círculo vicioso en el que el calor extremo castiga más a quien menos puede pagarlo.

En cuanto a las ciudades más afectadas, Sevilla y Córdoba encabezan el ranking con temperaturas máximas de 45,2 grados y un sobrecoste medio de 31 euros para un piso de 90 con equipo de clase G. Les siguen Zaragoza, Madrid, el arco Murcia-Comunidad Valenciana y Barcelona, donde la combinación de calor y humedad ha obligado a los aparatos a funcionar con un rendimiento térmico mucho más exigente.
Las olas de calor del verano afectan al PIB y expulsan turistas
Y, con todo, el impacto económico de las olas de calor trasciende con creces el recibo eléctrico de cada hogar. Según las estimaciones de Allianz Research publicadas a principios de agosto, el calor extremo podría restar hasta un 1,4 % del PIB español por la pérdida de productividad laboral, el deterioro de bienes materiales y la presión sobre las infraestructuras. La cifra dobla la media europea, situada en el 0,5 %, y convierte a España en una de las economías del continente más expuestas al fenómeno.
Un análisis de Triodos Bank eleva la factura del calor extremo para toda la UE a 180.000 millones de euros este verano, una cantidad equivalente al 1 % del PIB comunitario y casi idéntica al crecimiento que se esperaba para todo 2026.
El sistema eléctrico europeo también sufre directamente ya que las sucesivas olas de calor y la sequía prolongada están reduciendo la disponibilidad de varias fuentes clave de generación eléctrica. La central nuclear rumana de Cernavoda ha tenido que detener su último reactor operativo por los niveles excepcionalmente bajos del Danubio. Francia, el mayor productor nuclear de Europa, ha reducido o parado reactores por las restricciones de caudal en los ríos Meuse y Mosela
La producción hidroeléctrica se resiente, la eólica flaquea en los episodios de poco viento asociados al exceso de calor, y el gas —última herramienta de respaldo— cotiza cerca de los 60 euros por megavatio hora, con una subida acumulada del 96 % respecto a un año antes, agravada por las tensiones geopolíticas en torno al estrecho de Ormuz. El resultado se traduce en subidas superiores al 20 % en algunos mercados mayoristas europeos, un sobrecoste que termina repercutiendo en las facturas de empresas y consumidores.
Y luego está el turismo, que representa en torno al 13 % del PIB español y que empieza a mostrar señales de transformación preocupantes. Un estudio reciente de la Universidad Rey Juan Carlos comparó los datos turísticos de julio de 2022 —que sufrió una de las olas de calor más intensas de la historia— con los de julio de 2023, un mes sin episodios extremos.
Los resultados muestran que el turismo internacional no desapareció, pero sí modificó profundamente su comportamiento: estancias más cortas, cambio de destinos hacia zonas más frescas y menor probabilidad de repetir visita. Según un análisis de CaixaBank Research, la probabilidad de que un turista vuelva a España tras coincidir con una ola de calor extremo se reduce en un 13,8 %.

Los territorios insulares, en especial Baleares, son los que más han acusado estos cambios de conducta. Una encuesta de la Comisión Europea de Viajes revela que el 81 % de los viajeros europeos afirma que el cambio climático ya condiciona su forma de planificar las vacaciones. Aunque el Mediterráneo sigue atrayendo al 60 % de los turistas del continente en primavera y verano, los expertos anticipan un desplazamiento progresivo de la temporada alta hacia el otoño y la primavera, lo que obligará a todo el sector a rediseñar su oferta. Será necesaria una reconfiguración que exigirá inversiones en confort climático, espacios sombreados, horarios adaptados y servicios pensados para reducir el estrés térmico.
Renfe, por ejemplo, ya ha tenido que reducir la velocidad de circulación en líneas de alta velocidad entre Madrid y Zaragoza ante el riesgo de deformación de las vías por el calor. Los festivales de música al aire libre están implementando protocolos específicos contra las altas temperaturas. Y los bares y restaurantes de varias comunidades autónomas se ven obligados a cerrar sus terrazas durante las horas centrales del día cuando se activan las alertas por calor extremo.
Queda claro por tanto que el calor extremo no es solo un problema de salud pública... también es un problema económico que se manifiesta en cada factura de la luz, en cada turista que acorta su estancia, en cada jornada laboral perdida por estrés térmico y en cada megavatio que Europa tiene que pagar más caro porque sus ríos no llevan suficiente agua para refrigerar las centrales nucleares. La adaptación al clima ha dejado de ser una cuestión de largo plazo para convertirse en una urgencia que se mide en euros, cada verano, en el bolsillo de millones de ciudadanos.



