Turismo urbex: explorar lugares abandonados en busca de su pasado

El urbex lleva a sus practicantes a escuelas, fábricas y pueblos vacíos en busca del pasado que guardan los objetos. La comunidad se rige por reglas no escritas y se mueve en una frontera difusa entre lo legal y lo prohibido.

Los pupitres de madera siguen alineados en filas, como si los niños que los ocuparon fueran a volver por la mañana. Junto a la tarima, la primera estufa que calentó aquella aula ha quedado clavada en su sitio, y dentro de un armario se apilan libros antiguos con las páginas amarillentas y los nombres de sus dueños escritos a lápiz. La escuela lleva cerrada años, quizá décadas, y aun así todo conserva el aire de un instante interrumpido a mitad de frase. Es el hallazgo que Pablo Díez recuerda con más nitidez de sus correrías por los pueblos de Asturias: una escuela, dice, «intacta», detenida en el tiempo, a la que se entra sin más ceremonia que empujar una puerta que ya no cierra.

Pablo es una de las personas que, cámara en mano, recorren construcciones que el mundo ha dado por perdidas. Su firma pública es una cuenta de Instagram, @urbex_asturias, y la práctica que lo ocupa tiene nombre: urbex, la contracción de las voces inglesas urban y exploration, esto es, exploración urbana. Bajo esa etiqueta cabe cualquier edificio que haya quedado desatendido: escuelas, casas, castillos, cárceles, fábricas, capillas, sanatorios, hospitales y hasta pueblos enteros.

Lo que buscan quienes lo practican no es un selfi ante una ruina, sino lo que esa ruina guarda. Fotografías, manuscritos, muebles, artilugios, obras de arte: el pasado de un lugar habla a través de los objetos que sus moradores dejaron atrás. Hay en ese gesto una manera poco convencional de viajar, la de quien entiende que conocer un sitio pasa también por penetrar en su pasado más oculto, ese del que las guías no hablan y que solo comprenden quienes allí vivieron.

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Una afición que no sale en los mapas

Las localizaciones abandonadas rara vez figuran en un mapa o en un buscador. De la existencia de un edificio vacío uno se entera por el boca a boca, por el rumor de un vecino, por una foto sin geolocalizar que alguien cuelga en una red social. Pablo resume su método de búsqueda en dos cosas: «gastar mucho gasoil» y andar todavía más. No hay catálogo ni ruta oficial; hay kilómetros de carretera secundaria y la paciencia de quien pregunta, mira y vuelve a preguntar.

No es una costumbre nacida ayer. La exploración de espacios cerrados al público tiene antecedentes lejanos: los cataphiles que durante generaciones recorrieron las catacumbas de París, los curiosos que se filtraron en instalaciones militares abandonadas o los primeros visitantes que, cámara al hombro, entraron en la ciudad ucraniana de Prípiat tras el accidente nuclear de Chernóbil, en 1986. Lo que antes era una afición de unos pocos se ha transformado, con Internet y la fotografía digital, en una comunidad amplia y conectada, capaz de convertir un pueblo en ruinas en un destino.

Hay una paradoja en el corazón de esta práctica. Cuanto más se difunde, más fácil es que los lugares se degraden por la llegada masiva de visitantes; cuanto más se protege su ubicación, más se parece el urbex a un club cerrado de iniciados. De esa tensión sale buena parte de las discusiones que recorren foros, cuentas y quedadas de exploradores.

El explorador que pide permiso

lugares abandonados

Pablo se crió en un pueblo, y eso marca su manera de entrar en las casas ajenas. Antes de cruzar el umbral de una vivienda que aún pueda tener dueño o vecinos cerca, pide permiso. Si la respuesta es negativa, se marcha y busca otro sitio. Sabe lo que es ver llegar a forasteros a una aldea pequeña, y sabe también que la desconfianza se disuelve al hablar: «se despreocupan y saben que no vas a hacer nada malo», explica, cuando comprueban que solo busca unas fotografías. Añade que a muchos vecinos «les presta ver que hay gente joven interesada por las cosas antiguas».

Su registro es el de una curiosidad lenta. En una de sus excursiones encontró una casa que habían desvalijado tiempo atrás, con la misma falta de cuidado con la que se revuelve un cajón, y se pasó «dos o tres horas» ordenándola, devolviendo cada cosa a su sitio. Lo contó en sus redes y hubo quien le reprochó, recordándole la norma, que nadie tiene por qué tocar nada. La anécdota resume bien la clase de persona que hay detrás de la cámara: alguien para quien el respeto por lo encontrado pesa más que la foto.

Lo que persigue no son sobresaltos, sino respuestas. Quiere saber qué pasó allí, cómo se vivía, por qué se marchó la gente. El urbex, en su versión serena, funciona como una máquina del tiempo modesta y sin taquilla.

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Las reglas no escritas

La comunidad de exploradores se ha ido dotando de un código que nadie firma pero casi todos citan: no dejarse ver, no robar, no romper nada y no dar ubicaciones. Las tres primeras protegen el lugar y a quien lo visita; la cuarta, más sutil, intenta evitar que un sitio frágil se llene de golpe y acabe destruido por el propio interés que despierta.

Con la norma principal, sin embargo, el propio Pablo tiene sus reservas. Para él, el urbex no debería someterse a reglamentos estrictos, porque su principio último es más simple y más exigente a la vez: dejar todo tal y como se encontró. Y admite que ese principio choca con la base misma de la actividad.

«La norma principal no la estamos cumpliendo, que es entrar en un sitio que no es nuestro».

Él nunca rompe ni roba, insiste. Cuando un lugar tiene una puerta cerrada con candado o un cartel que prohíbe el paso, lo interpreta como una señal y se da la vuelta. La mayoría de los sitios a los que entra están abiertos, precisamente, porque alguien entró antes con peores intenciones y se encargó de violentar el acceso. La frontera entre el explorador curioso y el intruso se traza, en gran medida, en ese detalle: qué se hace una vez dentro.

La frontera difusa de la legalidad

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En términos legales, el territorio es resbaladizo. Entrar en una propiedad ajena sin autorización puede tener consecuencias, y el Código Penal tipifica el allanamiento de morada, pero la práctica del urbex se mueve casi siempre en un terreno intermedio: edificios sin dueño localizable, construcciones en ruina cuyo titular es una herencia sin resolver, propiedades que alguien cerró y nunca volvió a mirar. La línea entre lo legal y lo ilegal queda difuminada, y cada explorador la negocia a su manera.

Lo que la comunidad repite es que, mientras se actúe con respeto hacia el lugar y hacia sus antiguos moradores, no debería haber mayor problema. Ese respeto se concreta en gestos pequeños: cerrar la puerta al salir, no mover los objetos, no encender fuego, no llevarse recuerdos. La diferencia entre visitar y saquear es, muchas veces, una cuestión de disciplina personal antes que de ley.

El debate no es solo jurídico, sino también ético. ¿Tiene derecho alguien a entrar en la casa de otro porque esté vacía? ¿Basta con no romper nada para justificar la visita? Los exploradores responden con el argumento de la memoria: esos lugares, dicen, ya no pertenecen a nadie porque nadie los reclama, y su conservación depende de que alguien los documente antes de que el tejado ceda.

Pueblos que se apagan

España es un país salpicado de núcleos que se vaciaron. La emigración del campo a la ciudad a lo largo del siglo XX, el envejecimiento de la población y la falta de relevo generacional dejaron aldeas enteras sin un solo habitante. Valdeancheta, en la provincia de Guadalajara, es uno de esos nombres: un pueblo abandonado cuyo caserío resiste en pie, con las paredes todavía enlucidas y las calles sin nadie que las recorra. A él se suman decenas de aldeas medio olvidadas en la montaña, en la meseta y en los valles del interior.

Las razones por las que una casa queda a merced del tiempo son variadas. Unas veces fueron clausuradas; otras, perdieron la función para la que se construyeron; otras, su dueño simplemente no quiere hacerse cargo. Y muchas quedaron atrapadas en un problema de herencia: varios herederos, ningún acuerdo y una vivienda que se pudre mientras nadie se decide a venderla, rehabilitarla o derribarla.

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Es ahí donde el urbex roza un asunto más incómodo que la simple aventura. El abandono no es solo un escenario pintoresco para una fotografía; es la huella material de un modelo de país que cambió de forma. Los exploradores, sin pretenderlo, se convierten en cronistas de esa transformación, en las últimas personas que entran en lugares de los que ya nadie se acuerda.

Belchite, la ruina con taquilla

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No todos los lugares abandonados comparten el mismo destino. Hay uno en España que es lo contrario del urbex: Belchite, en Zaragoza. Su casco viejo quedó arrasado durante la Guerra Civil, en la batalla de 1937, y en lugar de reconstruirse se conservó en ruinas, como testimonio de la contienda. Hoy es un destino turístico con entrada y guía, un lugar donde el pasado se explica en voz alta y a horas fijas.

La diferencia con el resto no es el estado de las piedras, sino el relato. En Belchite hay quien cuenta qué ocurrió; en una aldea cualquiera, el visitante tiene que reconstruirlo por su cuenta, leyendo los restos como quien descifra un idioma muerto. Ese esfuerzo de interpretación es, para muchos exploradores, la parte más valiosa de la experiencia: no recibir la historia masticada, sino deducirla.

El contraste sirve para entender qué busca el urbex y qué no. No busca el espectáculo montado, la visita con audio-guía ni la ruta señalizada. Busca el silencio, el olor a humedad, la silla que sigue junto a la mesa, el calendario de pared con su última hoja sin arrancar.

Escalofríos y leyendas

Entre quienes practican el urbex hay también quien va en busca de otra cosa: la leyenda. Los relatos de fantasmas, apariciones y sucesos sin explicación encuentran en los edificios abandonados un escenario perfecto, y algunos exploradores se adentran en ellos con la esperanza, confesa o no, de toparse con algo que no saben nombrar. Nunca se sabrá si lo que se cuenta en esos lugares es cierto, pero los escalofríos que se sienten en según qué estancias no siempre tienen una explicación sencilla.

Pablo pasa de leyendas. Lo suyo son los recuerdos reales encerrados entre cuatro paredes: la libreta con las cuentas de la cosecha, la máquina de coser cubierta de polvo, la carta a medio escribir. Frente al misterio sobrenatural, prefiere el misterio humano, el de una vida que se interrumpió sin que nadie recogiera las cosas.

Los objetos que nadie reclama

Hay algo que sigue asombrando a Pablo después de tantas incursiones: la cantidad de casas repletas de recuerdos que nadie ha querido recuperar. Muebles, fotografías, documentos y objetos personales que llevan décadas esperando a un dueño que no llega. En una vivienda asturiana llegó a encontrar, entre los enseres intactos, un sarcófago. «Normalmente son problemas de herencia», admite, «pero yo no lo entiendo».

Esa frase encierra buena parte del enigma. ¿Por qué una familia deja atrás la vajilla de la abuela, el retrato de la boda, las cartas guardadas en una caja? La respuesta se pierde entre trámites, distancias y silencios familiares. Lo que queda es un decorado intacto, una casa convertida en museo involuntario de una vida cotidiana que ya no existe.

Los exploradores fotografían esos interiores porque saben que son frágiles. Un tejado que cede, un expolio, un incendio, y el testimonio se esfuma. La cámara, en ese sentido, cumple una función inesperada: la de archivo. Lo que el urbex documenta no es solo un edificio, sino una época entera a punto de desaparecer.

Las ruinas no hablan solas; necesitan a alguien que se detenga a escucharlas. Por eso el gesto mínimo del explorador, entrar, mirar, no tocar y cerrar la puerta al salir, tiene algo de cuidado y de despedida. En un país que ha cambiado de piel en pocas generaciones, esas paredes vacías conservan la letra menuda de la historia, y quien las recorre con respeto se limita a leerla antes de que el tiempo termine de borrarla.