El misterioso baby boom de los lémures que preocupa a los científicos

En el Parque Nacional Ranomafana, los lémures blanquinegros han criado dos años seguidos por primera vez en dos décadas. Los investigadores creen que el fenómeno podría reflejar un desajuste ambiental provocado por el cambio climático.

Agosto en Madagascar. Randy Junge, veterinario y vicepresidente de medicina de la conservación en el Zoo y Acuario de Columbus, Ohio, arrastra las botas por un sendero que apenas se distingue de la hojarasca. Treinta horas de avión desde Estados Unidos le han dejado los músculos entumecidos, pero aún le aguardan doce más a bordo de un todoterreno que se abre paso por pistas «malas o directamente inexistentes», según su propia descripción. Después, un equipo de porteadores malgaches le ayudará a caminar los últimos veintinueve kilómetros selva adentro, hasta alcanzar uno de los enclaves más remotos del Parque Nacional Ranomafana, en el sureste de la isla. Cada año, a mitad de la caminata, Junge se promete a sí mismo que es la última vez. Y cada año, en cuanto el campamento está montado y los lémures empiezan a curiosear entre las ramas, olvida la promesa.

En este bosque lluvioso que apenas ha conocido la intervención humana habita una población de lémures blanquinegros (Varecia variegata) que Junge lleva estudiando desde 2017 junto a Andrea Baden, antropóloga biológica del Hunter College de Nueva York. Baden inició el proyecto de seguimiento en 2005 y, desde entonces, ha tejido una red de técnicos, guías y estudiantes de posgrado malgaches que vigilan a los animales durante todo el año. Cada estación seca, el equipo estadounidense se une a ellos para una campaña intensiva de diez días: capturan ejemplares con dardos tranquilizantes, los someten a chequeos médicos y recogen muestras de sangre, heces y otros tejidos. También observan las dinámicas familiares y las interacciones sociales de una especie que, pese a su aspecto de peluche, guarda secretos reproductivos desconcertantes.

Un campamento en el corazón de la selva

La logística del proyecto es casi tan exigente como la ciencia que produce. El equipo debe cargar con neveras portátiles para las muestras, un ecógrafo desmontable y baterías de repuesto. Los dardos anestésicos se disparan desde la hojarasca, y cuando el lémur dormido se deja caer de la copa, una red extendida lo amortigua. «Son animales muy entretenidos», comenta Junge mientras revisa un colmillo astillado, una herida habitual en una vida colgada de las ramas. «Ciertamente, no podrías dedicar tanto tiempo a observar un león».

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La recompensa es un archivo biológico que ya suma casi dos décadas y que está revelando cómo una de las criaturas más emblemáticas de Madagascar responde a los vaivenes de su entorno. Pero en 2024, los datos empezaron a mostrar algo que los investigadores no esperaban.

El enigma de la fecundidad intermitente

lémures blanquinegros

Los lémures blanquinegros comparten con otros primates la dieta frugívora y la vida arbórea, pero su calendario reproductivo desafía cualquier patrón. Mientras que las hembras que viven en zoológicos crían cada año y paren camadas de tres a cinco crías, sus congéneres salvajes se toman la fertilidad con una parsimonia extrema. En Ranomafana, lo normal es que transcurran al menos dos años entre una temporada de cría y la siguiente, y en otros bosques de la isla se han documentado intervalos de hasta cinco años sin un solo nacimiento.

El mecanismo que regula ese compás es tan extraño que Baden no encuentra mejor imagen que la de una flor. La mayor parte del tiempo, la vulva de la hembra carece de abertura. «No podrían copular aunque quisieran», explica la antropóloga. Pero, durante una ventana de 24 a 72 horas alrededor de julio —si el año es propicio—, «su vagina se abre como una flor». Se desata entonces un breve frenesí de apareamientos, y luego las hembras vuelven a cerrarse. «Es totalmente raro», zanja Baden.

El resultado es un ciclo de tipo todo o nada: en los años reproductivos, entre el 80 y el 100 % de las hembras adultas paren en octubre. Las madres construyen nidos elevados con ramas y hojas y dedican el primer mes a cuidar a las crías casi a tiempo completo. Apenas se ausentan una hora al día para alimentarse de fruta y para una curiosa vida social. «Mamá sale disparada directa al nido de otra hembra, se asoma un momento y luego vuelve», relata Baden. Pasado ese mes, la madre traslada a los pequeños uno a uno, llevándolos en la boca hasta un nuevo nido. En ocasiones, varias hembras aparcan a sus crías juntas bajo la vigilancia de un macho centinela: una guardería comunal que permite a las madres comer mejor y producir leche más rica, lo que aumenta las probabilidades de supervivencia de los pequeños.

La guardería comunal de Ranomafana

Esa conducta cooperativa es posible gracias a la sincronía que domina el ciclo reproductivo. Al parir todas las hembras en la misma época, los nidos pueden compartirse sin que las crías se queden desatendidas. Mientras un macho vigila posado en una rama cercana, las madres se turnan para bajar al suelo o saltar a otros árboles en busca de fruta. Baden ha constatado que las hembras que usan este sistema comen más y que sus crías parecen sobrevivir en mayor proporción, quizá porque una leche más rica compensa la fragilidad de unos recién nacidos que, a diferencia de otros primates, son incapaces de agarrarse al pelaje materno.

Pero todo ese delicado engranaje depende de una señal externa que los científicos aún no han identificado. «Algo en su entorno les dice ‘sí’ o ‘no’», afirma Baden. «Nosotros solo estamos empezando a entender ese sistema».

El vuelco de 2024

lémures blanquinegros

Hasta 2023, los registros de Ranomafana mostraban siempre brechas de al menos dos años entre las temporadas de cría. Por eso, cuando en julio de 2024 los observadores locales comunicaron que los lémures se estaban apareando por segundo año consecutivo, Baden y Junge decidieron llevar un ecógrafo portátil a la siguiente campaña de campo.

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La tecnología, poco habitual en un entorno tan agreste, reveló una imagen doblemente sorprendente. De las siete hembras adultas a las que lograron realizar ecografías, cuatro estaban preñadas —tres de gemelos y una de un solo feto—, mientras que las otras tres no presentaban gestación alguna. «En un año normal, o no se queda preñada ninguna, o lo hacen prácticamente todas. No la mitad», apunta Junge. Además, uno de los fetos doblaba en tamaño a los demás, lo que sugería que su madre se había apareado fuera de la ventana habitual. Cuando llegaron los nacimientos, a mediados de septiembre, y no en octubre como dicta la costumbre, la anomalía quedó confirmada.

Un baby boom que enciende las alarmas

Dos temporadas de cría seguidas, con hembras pariendo en dos tandas y en fechas atípicas, podrían interpretarse como una buena noticia para una especie que ha perdido más del 80 % de sus efectivos en las últimas dos décadas, según una estimación de 2019. Sin embargo, Baden sospecha lo contrario: el aparente baby boom estaría delatando una desincronización de las señales ambientales que, durante milenios, mantuvieron afinada la reproducción de la especie.

«Se está produciendo una especie de colapso del sistema», advierte Baden.

«Estamos viendo un calendario reproductivo errático y, al mismo tiempo, las plantas están fructificando y floreciendo en momentos distintos», explica. «Las estaciones húmedas son cada vez más secas». Las observaciones coinciden con lo que numerosos estudios atribuyen al cambio climático en Madagascar: aumento de las temperaturas, alteración del régimen de lluvias y ciclones más frecuentes e intensos. Para una especie que depende de golpes de fruta muy concretos y de una sincronía social casi coreografiada, cualquier desajuste puede resultar letal.

La huella del clima en las copas

Los lémures blanquinegros son especialmente vulnerables a los trastornos del dosel forestal. A diferencia de otras especies de lémur, su dieta se compone casi exclusivamente de fruta seleccionada, y cuando un ciclón derriba los árboles que les sirven de despensa, el hambre se prolonga durante años. De hecho, el intervalo de cinco años sin cría que se documentó en el bosque de Manombo tuvo lugar tras el paso de un ciclón especialmente violento.

Junge está tratando de identificar si existe un nutriente crítico —una vitamina o un mineral— que actúe como interruptor bioquímico de la fertilidad. «Por ejemplo, si dependieran de un compuesto que solo obtienen de un árbol concreto y ese árbol deja de fructificar, todo el ciclo reproductivo se vendría abajo», especula el veterinario. «Es un poco aterrador, porque la capacidad de prosperar puede colgar de un hilo muy fino».

lémures blanquinegros

El cerco humano

Pero el clima no es la única amenaza. El bosque malgache retrocede cada año empujado por la pobreza de las comunidades locales. «Uno ve cómo el bosque va siendo empujado hacia atrás», afirma Tim Eppley, jefe de conservación de la organización Wildlife Madagascar. «Lo impulsa la falta de oportunidades y de alimento para las poblaciones humanas». La tala, la minería artesanal de oro y piedras preciosas, y la caza de los propios lémures para carne completan un cerco que se estrecha sin pausa.

Harizo Georginnot Rijamanalina, uno de los estudiantes de doctorado malgaches que trabajan con Baden, recuerda cómo de niño acompañaba a su padre en expediciones mineras y jugaba en un bosque donde los lémures saltaban sobre su cabeza. Aquel bosque sigue en pie —él mismo pudo catalogar once especies de lémur durante una visita en 2022—, pero muchos otros parajes de la isla han desaparecido mientras él se hacía adulto. «Los impactos del cambio climático se ven agravados por la intervención de las comunidades, que luchan por sobrevivir», resume Rijamanalina. Al terminar su doctorado en la Universidad de Antananarivo, planea regresar a su pueblo y trabajar por la conservación del lugar que le enseñó a amar la selva.

Un futuro en vilo

Mientras los ecógrafos vuelven a guardarse en sus fundas acolchadas y los todoterrenos enfangan los caminos de vuelta, la población de Ranomafana continúa su vida en las alturas. Las crías nacidas en septiembre crecen ahora entre el follaje, ajenas al debate científico que suscitan. Los investigadores saben que la próxima temporada de campo traerá nuevos datos —quizá nuevas sorpresas—, pero también la certeza de que el reloj biológico de los lémures blanquinegros está marcando horas que nadie había previsto.

«Algo en su entorno les dice ‘sí’ o ‘no’», repite Baden. «Nosotros solo estamos empezando a entender ese sistema». Entenderlo a tiempo puede significar la diferencia entre una rareza pasajera y el silencio definitivo de los nidos.

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