El catálogo de artistas generados con inteligencia artificial ya es tanto una amenaza para los cantantes como una fuente de ingresos tangible, sobre todo para Spotify. Un análisis del portal especializado PlayersTime, que ha rastreado el rendimiento de setenta proyectos musicales construidos con herramientas de IA como Suno o Udio, sitúa en unos siete millones de dólares los ingresos estimados que estos artistas han generado únicamente a través de sus diez canciones más escuchadas en Spotify, frente a unos tres millones obtenidos en YouTube por el conjunto de su producción en vídeo.
El cálculo se basa en una tasa media de entre 0,003 y 0,005 dólares por reproducción, el rango que la propia compañía reconoce pagar a los titulares de derechos.
Spotify no distingue, a efectos de reparto económico, entre una canción compuesta por un ser humano y otra generada por un algoritmo, siempre que cumpla con sus normas de distribución. Esa neutralidad técnica es precisamente lo que ha permitido que proyectos sin artista visible, sin gira y sin estudio de grabación alcancen cifras de negocio propias de sellos consolidados.
El caso más llamativo es el de mikeeysmind, el alias detrás del cual se encuentra el productor sueco Mikael Daghighi, que acumula 6,5 millones de oyentes mensuales y más de 514 millones de reproducciones en sus diez temas más populares, lo que se traduce en un ingreso estimado de 2,06 millones de dólares solo en la plataforma de streaming.
Le siguen de cerca Breaking Rust, un proyecto de country sintético nacido en 2025 cuyo tema Walk My Walk llegó a liderar la lista Country Digital Song Sales de Billboard, y Blow Records, una entidad de perfil más opaco cuyo sencillo Predador de Perereca se convirtió en fenómeno viral en TikTok. Ambos han superado ya el medio millón de dólares en ingresos combinados entre Spotify y YouTube, según las estimaciones del informe.
Un modelo de negocio que beneficia a Spotify
La clave del fenómeno está en la estructura misma del negocio del streaming, donde Spotify no necesita saber quién compuso una canción para cobrar por su reproducción ni para repartir las regalías correspondientes a quien figure como titular de los derechos. Cuanto mayor es el volumen de contenido disponible y cuanto más tiempo de escucha genera, mayor es el atractivo publicitario y de suscripción de la plataforma, con independencia de si detrás de cada pista hay una banda de carne y hueso o un modelo de lenguaje entrenado para imitar géneros musicales completos.
Las cifras del informe que hemos mencionado son conservadoras, ya que los ingresos de Spotify se calculan exclusivamente sobre los diez temas más escuchados de cada artista, mientras que los de YouTube reflejan la totalidad de su catálogo en vídeo. Esto sugiere que el reparto real entre ambas plataformas podría inclinarse todavía más hacia Spotify, que se confirma así como el principal motor de monetización directa de la música generada por inteligencia artificial, frente a YouTube, que actúa sobre todo como escaparate de visibilidad y construcción de marca.
La compañía sueca, por su parte, ha optado por una estrategia de regulación más que de bloqueo. En mayo de este año, Spotify y Universal Music Group anunciaron lo que ambas describieron como el mayor acuerdo de licencias entre una discográfica y una plataforma de streaming en materia de inteligencia artificial generativa. El pacto permitirá a los usuarios Premium crear versiones y remezclas con IA de canciones de artistas de UMG, con compensación económica para los titulares de derechos originales. El codirector ejecutivo de Spotify, Alex Norström, defendió esta vía como la forma de evitar un uso descontrolado de la tecnología, según declaró al Financial Times.

El reverso del negocio: fraude, dilución de regalías y resistencia de la industria
Sin embargo, el sistema de reparto que utiliza Spotify, en el que los ingresos publicitarios y de suscripción se distribuyen proporcionalmente entre todas las reproducciones de la plataforma, hace que la avalancha de contenido sintético diluya las regalías que reciben los artistas humanos cuyas canciones compiten por el mismo total de escuchas. Según datos de MIDiA Research recogidos por el blog corporativo We Are Drew, en torno al 16 % de los creadores musicales independientes ya había incorporado inteligencia artificial en alguna fase de su proceso creativo durante 2025, con previsiones de superar el 30 % este año.
Spotify ha respondido a la presión de sellos y artistas con ciertas medidas de transparencia, como el etiquetado de contenido generado por IA introducido el pasado mes de mayo y el respaldo a un nuevo estándar de la industria, desarrollado a través de DDEX, para declarar el uso de inteligencia artificial en los créditos musicales. La plataforma insiste en que el objetivo no es penalizar a quienes usan estas herramientas de forma responsable, sino combatir el fraude de streams y las llamadas granjas de contenido que buscan inflar artificialmente las cifras de reproducción. Mientras, sigue enriqueciéndose.
El 97 % de los oyentes no logra distinguir bien entre una canción de un humano y otra generada con IA
El fenómeno, además, ya no se limita a un puñado de géneros experimentales. Existen proyectos sintéticos en country, soul, reggae, rock alternativo o hip-hop, lo que indica que la inteligencia artificial ha dejado de ser un nicho de electrónica generativa para extenderse a prácticamente cualquier estilo musical con audiencia en streaming.

Una encuesta de Deezer e Ipsos citada por PlayersTime reveló que el 97 % de los oyentes no logra distinguir de forma fiable entre una canción creada por un humano y otra generada por inteligencia artificial en pruebas a ciegas, un dato que explica por qué estos proyectos consiguen integrarse con tanta naturalidad en las listas de reproducción algorítmicas.
Spotify, mientras tanto, sigue reportando crecimiento. En su Investor Day de mayo, la compañía destacó que el negocio musical mantiene márgenes brutos superiores al 30 % y que el valor de vida de sus clientes en Estados Unidos ha crecido más de un 70 % desde 2022. La música generada por inteligencia artificial, lejos de representar una amenaza para sus cuentas, se ha convertido en otro afluente de ese crecimiento, en un momento en el que la frontera entre intérprete humano y creación algorítmica resulta, para la mayoría de los oyentes, cada vez más difícil de trazar.




