Hay un truco de la cocina italiana que está dando mucho que hablar y que, además, es tan sencillo como cambiar la inercia de tirar algo a la basura: las semillas del calabacín no se quitan, se guardan. Sí, has leído bien. Esa parte que normalmente va directa al cubo de los residuos, para muchos cocineros italianos es un tesoro con el que se consigue un extra de sabor, una textura sorprendente y hasta algunos nutrientes interesantes. Y lo mejor es que no necesitas tener un huerto ni ser un experto para ponerlo en práctica en casa.
Lo que en España solemos hacer cuando el calabacín es muy grande, retirar la zona central porque nos parece demasiado blanda o acuosa, en Italia lo entienden justo al revés. La tradición culinaria de prácticamente todas sus regiones apuesta por aprovechar cada parte de la hortaliza: la piel, la pulpa y, por supuesto, las semillas. Es una forma sencilla y casi automática de dar más recorrido a una de las verduras más nobles de la cocina mediterránea, y de hacerlo sin que el plato pierda ni un ápice de calidad.
El calabacín tal y como lo conocemos hoy se desarrolló en Italia a comienzos del siglo XIX, y desde entonces se ha convertido en un ingrediente básico de su gastronomía. No es raro, por tanto, que los cocineros del país hayan desarrollado una filosofía de aprovechamiento total que casa de maravilla con las tendencias actuales de reducir el desperdicio alimentario. Porque sí, guardar las semillas del calabacín no solo es un truco de sabor: es también una manera de cocinar con cabeza, exprimiendo hasta la última oportunidad que nos da la despensa.
Por qué los italianos no tiran las semillas del calabacín
La cocina italiana, especialmente la de herencia más popular, es maestra en eso de no tirar nada. En platos como los calabacines rellenos, la pulpa que se retira se convierte en parte del relleno, y las semillas pueden incorporarse a salsas, salteados o acompañamientos. Así, un gesto tan automático como quitar las pepitas se transforma en un aliado para potenciar platos de diario con muy poco esfuerzo.
El secreto para que este truco funcione está en la elección del producto: los italianos recomiendan trabajar con calabacines jóvenes y de pequeño tamaño. En esos ejemplares, las semillas aún son tiernas y se integran con facilidad en cualquier elaboración, sin estropear la textura final. Si tienes calabacines más grandes, también puedes aprovechar las semillas, pero quizás quieras darles un golpe de calor previo (un minuto en la sartén) o triturarlas para que no resulten molestas al paladar.
Además del factor textura, utilizar las semillas añade un punto de sabor a frutos secos muy sutil que casa especialmente bien con preparaciones de base vegetal. Los cocineros italianos lo saben bien, y por eso tienen más de una receta en la que estas pepitas son las protagonistas silenciosas del plato. El resultado, como te puedes imaginar, es un bocado más profundo y redondo sin necesidad de añadir más ingredientes a la lista de la compra.
Salvar las semillas del calabacín es uno de esos gestos sencillos que te reconcilian con tu cocina y, de paso, con tu cartera.
Cómo usar las semillas del calabacín en tus platos (con un pesto de ejemplo)
La forma más curiosa y práctica de dar salida a estas semillas es utilizarlas como sustituto de los piñones en un pesto. Sí, has leído bien: ese ingrediente que muchos desprecian puede ser el relevo perfecto de un fruto seco caro. Solo tienes que saltear ligeramente las semillas de uno o dos calabacines (sin aceite, apenas un minuto), dejar que se enfríen y añadirlas a la batidora junto a un buen manojo de albahaca fresca, queso parmesano rallado, medio diente de ajo pelado y un chorro generoso de aceite de oliva virgen extra. Tritura todo hasta obtener una salsa homogénea y verás cómo el pesto sale igual de cremoso, con un sabor suave y un fondo que recuerda ligeramente a los frutos secos, perfecto para cualquier pasta.
Pero este truco no se acaba en la salsa verde. También puedes incorporar las semillas a una crema de verduras o a una sopa fría, triturándolas junto al resto de los ingredientes para conseguir un aporte extra de fibra y nutrientes. En una tortilla de calabacín o en un salteado rápido de verduras, añadir las semillas justo al final, con un minuto de cocción, le da un toque crujiente muy agradable y un sabor ligeramente tostado que eleva el plato sin complicarlo.
Aquí el truco es tan simple que casi asusta: no te deshagas de las semillas, resérvalas junto al resto de la verdura ya limpia y decidas si las usas enteras, pochadas o trituradas según la receta. La próxima vez que vayas a cocinar un calabacín, prueba a guardar esa parte y nota la diferencia: es imposible que vuelvas a tirarlas sin pensarlo dos veces.
Beneficios que quizá no esperabas
Más allá del sabor, las semillas del calabacín tienen un punto nutricional interesante. Contienen ácidos grasos omega-3 y fitonutrientes, sustancias presentes de manera natural en distintos vegetales que encajan a la perfección en una dieta equilibrada. Además, al tratarse de una hortaliza con un alto contenido en agua, el calabacín en su conjunto resulta ligero e ideal para no renunciar a un plato sabroso cuando apetece algo fresco.
Utilizar las semillas también casa con una filosofía de cocina más sostenible, esa que nos han enseñado las abuelas y que en Italia llevan siglos practicando. Aprovechar todas las partes comestibles de un alimento reduce el desperdicio y, de paso, nos obliga a ser un poco más creativos entre fogones. En un momento en el que cada vez miramos más lo que tiramos, un gesto tan pequeño puede convertirse en una costumbre muy rentable (y deliciosa).
🍽️ La ficha del truco
- 🍴 El truco: No quitar las semillas del calabacín; guardarlas y usarlas en salsas, salteados o cremas.
- ✅ Para qué sirve: Aporta sabor, textura y nutrientes extra, y reduce el desperdicio alimentario.
- 🧂 Lo que necesitas: Calabacines jóvenes (preferiblemente), sartén o batidora según la elaboración.



