A las 12:35 UTC del 16 de septiembre de 2023, los sismógrafos repartidos por todo el planeta registraron una perturbación que se repetiría cada 90 segundos con la precisión de un metrónomo. No era un terremoto, ni la vibración de una explosión nuclear, ni el estertor de un volcán. Era un pulso sísmico de baja frecuencia, casi imperceptible para los sentidos humanos, pero lo bastante intenso como para hacer ondular la corteza terrestre en todos los continentes. Durante nueve jornadas consecutivas, aquella señal rítmica viajó desde Groenlandia hasta la Antártida, desconcertando a los geofísicos que jamás habían visto nada parecido.
Un mes más tarde, el 11 de octubre, el fenómeno volvió a registrarse, esta vez de forma más breve pero igual de enigmática. La comunidad científica se preguntaba qué clase de mecanismo podía martillear el planeta entero con semejante cadencia. Hoy, casi tres años después, el misterio está resuelto: fue el eco planetario de dos megatsunamis desatados por sendos deslizamientos de tierra en un remoto fiordo del este de Groenlandia. La investigación, publicada en Nature Communications, combina datos sísmicos, observaciones satelitales sin precedentes y modelos numéricos para reconstruir lo que ocurrió en el fiordo Dickson, donde una ola atrapada convirtió la geografía en un instrumento de percusión de escala global.
El fiordo Dickson, un escenario remoto y extremo
El fiordo Dickson es un brazo de mar encajonado en la costa noreste de Groenlandia, un lugar tan aislado que apenas aparece en los mapas turísticos. Sus paredes rocosas se elevan casi verticales desde el agua, creando una geometría cerrada que, como se descubriría después, resultó crucial para el fenómeno. Las temperaturas en la zona rara vez superan los cero grados, y la vida humana se reduce a patrullas ocasionales de la armada danesa que vigilan la región en nombre del reino de Dinamarca. En septiembre de 2023, esas patrullas no detectaron nada fuera de lo común, a pesar de que estaban a escasos kilómetros del epicentro del misterio.
El glaciar que alimenta el fiordo llevaba décadas retrocediendo, mermado por el calentamiento global. El adelgazamiento progresivo del hielo había desestabilizado las laderas, compuestas por una mezcla de roca y permafrost. El 16 de septiembre, una masa de aproximadamente 25 millones de metros cúbicos de material se desprendió y cayó al agua, generando una ola de una altura estimada de hasta 200 metros, la clase de tsunami que los científicos denominan megatsunami porque supera los 100 metros de altura. Menos de un mes después, el 11 de octubre, una segunda ladera colapsó de forma similar. La magnitud de los desprendimientos ya era extraordinaria, pero lo verdaderamente asombroso sucedió a continuación.
La ola que se negaba a morir
Cuando un tsunami se adentra en mar abierto, la energía se disipa con relativa rapidez. Pero en el fiordo Dickson no había mar abierto. La ola, en lugar de expandirse, se encontró con las paredes verticales del fiordo y comenzó a rebotar de un lado a otro. Este fenómeno, conocido como seiche, es el equivalente a lo que ocurre cuando se agita una bañera: el agua oscila de un extremo al otro a un ritmo marcado por las dimensiones del recipiente. En el fiordo, la oscilación alcanzó una altura de casi ocho metros y se prolongó durante días, porque la geometría del lugar atrapaba la energía cinética en un bucle imparable.
«Imaginen un tambor», explica Thomas Monahan, autor principal del estudio. «Cada vez que la masa de agua golpeaba el final del fiordo, enviaba una onda de presión al subsuelo, como un mazo golpeando un parche.» Esa es la analogía que mejor captura lo que ocurrió: el agua se convirtió en el percutor, y la corteza terrestre en una membrana que vibró durante nueve jornadas completas, con un período exacto de 90 segundos entre impacto e impacto. La fuerza horizontal generada se ha calculado en 500 giganewtons, una cifra que equivale a millones de toneladas golpeando la roca cada minuto y medio.

El satélite SWOT, la mirada que faltaba
Durante meses, la hipótesis del seiche se manejaba como la explicación más plausible, pero faltaban pruebas directas. Los sensores terrestres en Groenlandia son escasos, y en el fiordo Dickson no había instrumental alguno. La armada danesa no observó nada anómalo en el paisaje, porque la superficie del agua, pese a las oscilaciones internas, no mostraba las crestas de un oleaje convencional. La pieza que transformó la conjetura en certeza llegó desde el espacio, a bordo de un satélite lanzado apenas nueve meses antes del suceso.
En diciembre de 2022, la NASA y la agencia espacial francesa CNES pusieron en órbita un satélite llamado SWOT (Surface Water and Ocean Topography), diseñado para medir con una precisión sin precedentes la altura del agua en océanos, lagos y ríos. A diferencia de los altímetros tradicionales, que solo toman mediciones justo debajo de la trayectoria del satélite, SWOT barre franjas de 50 kilómetros de ancho, generando mapas bidimensionales de alta resolución. «Es como si antes miráramos a través de una pajita, y ahora tuviéramos una ventana panorámica», comenta uno de los investigadores. Esa ventana permitió observar directamente las variaciones del nivel del agua dentro del fiordo Dickson.
La firma inconfundible del seiche
Al analizar las imágenes de SWOT correspondientes a aquellas fechas, el equipo de Monahan encontró exactamente lo que esperaba pero que nadie había visto todavía: pendientes transversales en el agua que se alternaban en direcciones opuestas cada pocos días, sincronizadas con la señal sísmica de 90 segundos. Era la huella digital del seiche. Los mapas mostraban cómo la masa líquida se inclinaba hacia un costado del fiordo, luego se nivelaba y se inclinaba hacia el otro, en un balanceo rítmico que imprimía su cadencia sobre la corteza terrestre. Mediante técnicas de aprendizaje automático, los científicos pudieron estimar la fuerza y la duración exactas del fenómeno, y cruzarlas con los registros sísmicos obtenidos a más de 1.300 kilómetros de distancia, en estaciones de Islandia y el norte de Europa.
La coincidencia era perfecta. No solo se explicaba el pulso de septiembre, sino también el más breve de octubre. La capacidad de SWOT para capturar este tipo de eventos en zonas remotas y sin instrumentación tradicional supone un salto cualitativo en la vigilancia planetaria. «Sin SWOT, probablemente seguiríamos discutiendo hipótesis alternativas», escriben los autores en el artículo. Su resolución espacial permitió incluso distinguir la pendiente del agua en los días previos al colapso, lo que sugiere que el glaciar ya estaba mostrando signos de inestabilidad.

Un cataclismo silencioso
A pesar de su violencia oculta, el seiche del fiordo Dickson no causó destrucción visible en el entorno inmediato más allá de los tsunamis iniciales. No hubo olas gigantes que barrieran pueblos costeros, ni ríos desbordados, ni deslizamientos adicionales fuera de la zona del glaciar. Fue, en palabras de los investigadores, un cataclismo silencioso: resonó a escala planetaria, hizo vibrar continentes, y sin embargo solo pudo ser apreciado con los sensores adecuados. En la superficie, el fiordo parecía en calma.
Esta naturaleza escurridiza plantea una pregunta incómoda: ¿cuántos otros eventos similares habremos pasado por alto en el pasado reciente, simplemente porque no disponíamos de las herramientas para verlos? La respuesta, dada la velocidad a la que retroceden los glaciares en latitudes polares, podría ser mayor de lo que nos gustaría admitir. El Ártico es una región especialmente huérfana de sensores terrestres, y fenómenos como el seiche de Groenlandia pueden haberse producido sin que nadie los detectase, disfrazados de ruido sísmico o de anomalías inexplicables que quedaban archivadas en cajones virtuales.
El cambio climático como detonante
El estudio no deja lugar a dudas sobre el origen último del suceso: el adelgazamiento del glaciar que desestabilizó las laderas es una consecuencia directa del calentamiento global. Las temperaturas en el Ártico están aumentando al menos el doble de rápido que la media planetaria, un fenómeno conocido como amplificación ártica. En los últimos cuarenta años, la extensión del hielo marino en verano se ha reducido en más de un 40%, y los glaciares groenlandeses han acelerado su ritmo de fusión. El glaciar que colapsó en el fiordo Dickson llevaba años debilitándose, con el hielo perdiendo espesor y capacidad para contener las masas de roca adheridas a sus flancos.
Los científicos advierten de que este tipo de eventos, que catalogan como una «nueva clase de extremos», pueden volverse más frecuentes a medida que el cambio climático acelera el colapso de glaciares en zonas abruptas. No se trata solo de Groenlandia: fiordos de características similares existen en Alaska, en la Patagonia chilena, en la costa noruega y en la isla de Svalbard. Todos ellos albergan glaciares que están retrocediendo. Un deslizamiento comparable en una zona más cercana a núcleos habitados, como los fiordos de Noruega, podría tener consecuencias muy distintas, porque un megatsunami que no encontrara una geometría tan perfecta para atrapar la energía podría, sin embargo, dirigir una ola destructiva hacia localidades costeras.
La importancia de anticipar lo invisible
El caso del fiordo Dickson demuestra que en regiones remotas como el Ártico, donde la vigilancia humana es casi nula, los satélites como SWOT se están volviendo imprescindibles para comprender lo que está ocurriendo. La combinación de altimetría de alta resolución, análisis sísmico y modelos numéricos ofrece una ventana a fenómenos que de otra manera permanecerían ocultos. Y, como señalan los autores, la tecnología ya está madura: SWOT sigue operativo, y nuevas misiones están en desarrollo para mantener la continuidad de las observaciones.
Más allá de la anécdota científica, el hallazgo plantea interrogantes profundos sobre nuestra capacidad para detectar los nuevos sonidos de un planeta en transformación. ¿Cuántos otros seiches o fenómenos extremos estamos ignorando simplemente porque carecemos de las herramientas adecuadas para verlos? ¿Podría un evento similar producirse en otro fiordo del planeta, más cerca de zonas habitadas, y pasar desapercibido hasta que sea demasiado tarde? ¿Estamos preparados para anticipar —y mitigar— los efectos en cascada de un mundo que se calienta?

Un planeta que late en silencio
Quizá la lección más inquietante del seiche de Groenlandia es que la Tierra está cambiando de formas sutiles pero profundas, muchas veces invisibles hasta que alguien logra escuchar. En septiembre de 2023, el planeta latió cada 90 segundos durante nueve días. No fue un latido metafórico: fue un pulso físico, medible, provocado por una masa de agua que golpeaba la corteza terrestre con la fuerza de millones de toneladas. Y no lo causó ninguna fuerza geológica profunda, sino el derretimiento de un glaciar en un rincón perdido del mapa.
Los investigadores han logrado reconstruir aquel acontecimiento con un grado de detalle que habría sido impensable una década atrás. Han demostrado que la tecnología actual puede seguir la pista de fenómenos efímeros a miles de kilómetros de distancia, y que la combinación de satélites, sismógrafos y algoritmos de aprendizaje automático es capaz de extraer señales casi imperceptibles del ruido ambiental. Pero, sobre todo, han puesto sobre la mesa una evidencia incómoda: el cambio climático no solo sube el nivel del mar o intensifica las tormentas; también activa mecanismos que nunca antes habíamos observado, y que quizá aún no somos capaces de imaginar.
La próxima vez que la Tierra tiemble con un ritmo que nadie espera, sabremos que no es una casualidad. Y sabremos dónde mirar.
Referencias: Monahan, T., Tang, T., Roberts, S. et al. Observations of the seiche that shook the world. Nat Commun 16, 4777 (2025). doi:10.1038/s41467-025-59851-7



