Miles de fans llevaban meses esperando el 23 de junio. Han pasado casi nueve años desde que Linkin Park ofreciera su último concierto en Madrid, concretamente aquel 22 de junio de 2017 en el Download Festival. Un regreso cargado de emoción y de significado, con una banda que vuelve a la vida después de la muerte de Chester Bennington, con nueva vocalista y nuevo álbum.
Pero la "emoción" del martes en el Auditorio Miguel Ríos de Rivas-Vaciamadrid empezó varias horas antes de lo previsto para mucha gente, y no precisamente de forma agradable. Ticketmaster envió durante la mañana un correo electrónico a todos los compradores de entradas anunciando un cambio de horario que situaba el inicio del concierto a las doce de la noche, dos horas después de lo previsto. Lo que siguió fue una oleada de pánico, confusión y, en algunos casos, pérdidas económicas.
El correo llegó sin contexto y sin explicación. Para quienes viven fuera de Madrid y habían organizado su viaje con meses de antelación, un concierto que termina de madrugada podía suponer perder el último tren o autobús de vuelta a casa. Para los que trabajan al día siguiente, la diferencia entre las diez de la noche y la medianoche es cosa seria.
Y todo ocurría mientras la propia cuenta oficial de Linkin Park había publicado, una hora antes del correo, los horarios originales que se conocían desde hacía meses. Es decir, la banda había confirmado una hora y, solo unos minutos más tarde, Ticketmaster fue en dirección contraria con una comunicación masiva que contradecía esa información. De nuevo, la compañía de venta y distribución de entradas era protagonista, y no precisamente por algo bueno.

Las redes sociales se llenaron de mensajes de usuarios que preguntaban desde la cola (cogiendo sitio antes de que se abrieran las puertas por la tarde), cancelaban transportes, buscaban alternativas o, directamente, vendían su entrada ante el maldito cambio de horario.
"Uno de mi trabajo ha vendido tres entradas que tenía porque no podían ir empezando a las doce de la noche", nos cuenta Rubén, que asistió anoche al concierto en el Auditorio Miguel Ríos de Rivas.
Tras una mañana de dudas y sorpresa, Ticketmaster respondió primero por redes sociales admitiendo que se trataba de un fallo propio. Ante la presión de la comunidad, que exigía una comunicación oficial y clara por todos los canales posibles, la empresa terminó enviando, un segundo correo electrónico con la rectificación e incluso un SMS a los números de los compradores. Todo se hizo bastante tarde, eso sí, porque el correo con los horarios erróneos llegó a las 11:24, mientras que la corrección se hizo a las 13:50 por la misma vía.
La 'liada' fue tal que hasta la cuenta oficial de Linkin Park se vio obligada a publicar otro mensaje (ocho minutos antes de la comunicación por email de Ticketmaster...) confirmando que los horarios eran exactamente los que siempre habían sido:
La ola de calor que azota Madrid estos días, con temperaturas que rozaron los 40 grados mientras los fans hacían cola, podría haber dado cierta lógica a un retraso para aliviar el bochorno de las horas centrales. Pero trasladar el inicio a medianoche no tiene ningún sentido operativo, y hacerlo a pocas horas de la apertura de puertas, sin coordinación con la propia banda, convierte el error en algo difícilmente justificable. No hubo explicación técnica, ni disculpa suficiente, ni compensación para quienes ya habían actuado en función de esa información errónea.
Ticketmaster vuelve a patinar
El problema es que lo de Linkin Park no es un caso aislado. Más allá de los problemas de la reventa y las comisiones que cobran por casi cualquier movimiento, Ticketmaster lleva meses acumulando incidentes que alimentan la frustración de una base de usuarios que no tiene alternativa real, porque el monopolio de la compañía sobre la venta de entradas de grandes conciertos en España es prácticamente absoluto.
Por ejemplo, la preventa de entradas para los conciertos de Bad Bunny en España del mes de mayo de 2025 generó un auténtico caos en la plataforma, con miles de fans que experimentaron errores técnicos que les impedían completar la compra. A las 13:00 del 8 de mayo se abrieron las preventas en Ticketmaster.es y LiveNation.es, y en cuestión de minutos la euforia se transformó en frustración, con errores "500 Internal Server Error" y "503 Service Unavailable" inundando las pantallas y colas virtuales que se volvieron infinitas.
Debido al colapso, una entrada anunciada a 79,50 euros acabó costando, en algunos casos, 269,30 euros, como resultado de una acumulación de recargos por gestión, paquetes VIP, seguros opcionales e incluso una donación solidaria de 3,30 euros preactivada por defecto. La plataforma ha anunciado desde entonces cambios en su política de precios visibles, pero de momento solo aplicables en Estados Unidos.
Y si el colapso de Bad Bunny fue una crisis de capacidad, octubre de 2025 trajo un fallo de otra naturaleza. Live Nation, la empresa matriz de Ticketmaster, confirmó una incidencia a nivel mundial que impidió la compra de entradas para todos los conciertos que gestiona, pidiendo disculpas a los usuarios y asegurando que estaba trabajando para resolver el fallo a la mayor brevedad.

Ese día comenzaba precisamente la venta para las giras de Aitana y La Oreja de Van Gogh en España, y hubo usuarios que reportaron cobros de entradas sin haberlas recibido.
Un monopolio sin rendición de cuentas real
Lo que une todos estos episodios es la sensación, cada vez más extendida entre los aficionados a la música en vivo, de que Ticketmaster no rinde cuentas ante nadie. La empresa puede cometer errores que cuestan dinero real a usuarios reales, y la respuesta siempre es la misma: un comunicado, unas disculpas, y a otra cosa. No hay compensaciones automáticas, no hay mecanismos de reclamación ágiles, y lo que es más importante, no hay competencia a la que acudir. Si quieres ver a Linkin Park, a Bad Bunny o a La Oreja de Van Gogh en España, pasas por Ticketmaster. Punto.
Esta situación de dominio absoluto es precisamente la que está siendo juzgada en los tribunales estadounidenses. Un jurado dictaminó que Live Nation y su filial Ticketmaster mantuvieron ilegalmente un poder de monopolio en el mercado de venta de entradas para eventos en directo, en un juicio antimonopolio de gran repercusión en el que declararon decenas de testigos.
La demanda, presentada por el Departamento de Justicia y decenas de fiscales generales estatales en 2024, alegaba que Live Nation monopolizaba la industria al controlar la venta de entradas, la contratación de conciertos, los recintos y las promociones, incurriendo en conducta anticompetitiva que provocaba que los fans pagaran tarifas más altas. En España, ese debate jurídico queda lejos, pero la realidad cotidiana que describe es exactamente la que viven los usuarios cada vez que Ticketmaster falla.
Este miércoles 24 hay segundo concierto de Linkin Park en el Auditorio Miguel Ríos. Miles de personas volverán a hacer cola con el sol apretando, esta vez esperando que la única notificación que llegue a su móvil no sea otro correo equivocado.



