El Estadio de La Cartuja, ubicado en la ciudad de Sevilla, se vistió de gala para albergar la esperada final de la Copa del Rey de Fútbol. Sobre el césped, dos históricos del fútbol español, el Atlético de Madrid y la Real Sociedad, se disputaron por alzar el ansiado título ante miles de aficionados y Felipe VI estuvo allí.
En el palco de honor, la figura central indiscutiblemente es el monarca, quien tendría el deber institucional de presidir el encuentro. Este compromiso oficial llega justo después de su reciente viaje a Dinamarca, donde acudió para estar presente en la confirmación de su ahijado Vincent. De vuelta en España, asume su tradicional papel en esta competición, que culmina con el instante en el que entregará el trofeo al conjunto vencedor.
Sin embargo, esta edición no es un partido más para el Jefe del Estado. Existe un factor determinante que añade una dosis extra de presión a su asistencia, obligando a analizar su comportamiento con lupa. El reto va mucho más allá de presenciar un espectáculo deportivo de primer nivel, adentrándose en el terreno del protocolo y la contención emocional. Para entender este escenario, María José Gómez Verdú, destacada experta en protocolo y etiqueta, y autora del libro ‘Protocolo POP’ ha dado algunos detalles a la revista Lecturas.
La exigente neutralidad de Felipe VI ante un partido de alta tensión
Comprender la labor del monarca en un estadio de fútbol requiere separar su figura de la de un aficionado tradicional. Al iniciar su evaluación sobre la situación, Gómez Verdú señala el complejo escenario que se iba a vivir en Sevilla. Según la especialista, “La asistencia del rey Felipe VI a la final de la Copa del Rey en Sevilla, en la que se enfrentarán el Atlético de Madrid y la Real Sociedad, plantea un interesante ejercicio de equilibrio entre la cercanía emocional y la neutralidad institucional que exige su papel como Jefe del Estado”.
Los recintos deportivos presentan características únicas que los diferencian drásticamente de las recepciones formales o los actos institucionales a los que la realeza está acostumbrada. En una final, el ambiente es vibrante, ruidoso y altamente impredecible. La experta subraya este contraste afirmando que “A diferencia de otros actos oficiales de carácter solemne, los eventos deportivos, y en particular el fútbol, se desarrollan en un entorno donde predominan la espontaneidad, la pasión y la identificación con unos colores”.
Ante un entorno donde la alegría desbordada de una grada contrasta con la decepción de la otra, el papel institucional debe mantenerse inquebrantable. El monarca se convertía en el epicentro de las miradas, y su capacidad para no dejarse arrastrar por el fervor colectivo resulta fundamental para preservar el prestigio de la Corona.
El control absoluto sobre la conocida afinidad del monarca
Uno de los aspectos más comentados en la previa de este encuentro es la simpatía que el monarca siente por uno de los clubes finalistas. Su predilección por el Atlético de Madrid es un dato de dominio público, lo que eleva el grado de dificultad de su papel este sábado en La Cartuja. Sobre esta particularidad, Gómez Verdú detalla que “Este contexto obliga al monarca a gestionar cuidadosamente su comportamiento, especialmente cuando existe un conocimiento público de su afinidad personal con uno de los equipos participantes”.
Felipe VI se enfrentó a la difícil tarea de presenciar las jugadas de su equipo sin evidenciar ningún tipo de preferencia. La línea que separa al seguidor del Jefe de Estado debe ser gruesa y completamente visible para todos los espectadores. Al respecto, la autora recalca que “desde el punto de vista del protocolo, el Rey debe proyectar una imagen de neutralidad activa. Esto implica mostrar interés y respeto por el espectáculo deportivo sin evidenciar preferencias explícitas”.
Por lo tanto, la actitud esperada es la de un observador imparcial, atento y respetuoso con ambas entidades deportivas. La neutralidad activa no significa apatía ni aburrimiento, sino una participación medida que demuestre apoyo al deporte en sí mismo, dejando a un lado cualquier sesgo personal.
La comunicación no verbal bajo el estricto escrutinio público
Durante los noventa minutos de juego, o incluso más si hay prórroga, cada movimiento de Felipe VI es analizado por las cámaras de televisión y los medios de comunicación. En este sentido, el lenguaje corporal habla mucho más alto que las palabras. La experta en protocolo enfatiza este punto indicando que “los gestos, en este sentido, adquieren una relevancia clave: aplausos medidos ante las buenas jugadas de ambos equipos, una actitud atenta y respetuosa durante todo el encuentro y una expresión contenida ante los momentos decisivos del partido, como los goles”.
Cualquier reacción que se salga del guion establecido podría generar polémica. Por ello, Gómez Verdú advierte que el palco de honor no es lugar para “celebraciones efusivas o gestos de decepción excesiva, que podrían interpretarse como una toma de partido incompatible con su rol institucional”.
La contención debe ser absoluta. “En cuanto a la comunicación no verbal, la moderación es esencial. El Rey puede sonreír, asentir o comentar discretamente con las autoridades que le acompañen, pero siempre evitando cualquier comportamiento que lo identifique claramente con una de las aficiones presentes en el estadio. Su figura representa a todos los españoles, no a un club concreto", concluye.



