29 de marzo de 1956, han pasado exactamente setenta años desde aquel Jueves Santo que arrancó con total normalidad en Villa Giralda, el recinto de la Familia Real en Estoril, pero que terminaría de la peor manera. El exilio portugués ofrecía una calma rutinaria que colapsó al caer la noche. Aquella fecha dejó una herida abierta en la historia de la monarquía española y, sobre todo, para Juan Carlos I.
Un simple juego de adolescentes terminó de la peor manera con la vida de Alfonso de Borbón. El hijo menor del conde de Barcelona y María de las Mercedes cayó fulminado de un disparo. Tenía 14 años, era el ojo derecho de su padre y un apasionado del mar que planeaba ingresar en la Escuela Naval Militar de Marín el año siguiente. La historia de un accidente envuelto en silencios que lo cambió absolutamente todo.
La fatídica tarde que marcó el destino de Juan Carlos I

La lluvia obligó a los Borbones a cancelar sus planes en el exterior y recluirse pronto en su residencia. Antes de la tormenta, el día había sido festivo y alegre. El benjamín venía de ganar la semifinal de un torneo en el Club de Golf de Estoril. El propio Juan Carlos I ha roto su mutismo décadas después en su reciente libro de memorias 'Reconciliación' para relatar aquellas horas previas. "Toda la familia estaba reunida en Estoril para la Semana Santa de 1956. Volvíamos de jugar un partido de golf después de una misa vespertina. Él era un excelente golfista."
Todo parecía estar bajo control en el domicilio hasta que los dos hermanos subieron al tercer piso. "Mientras esperábamos la cena, subimos a la sala de juegos", añade el exjefe de Estado. Juan Carlos I, que por entonces ya era cadete en la Academia Militar de Zaragoza, había llevado a Portugal un pequeño revólver Long Automatic Star de calibre 22. Días antes, don Juan los había sorprendido disparando a las farolas y les había prohibido tocar las armas. Desobedecieron la orden paterna con consecuencias devastadoras.
La tragedia se consumó en cuestión de segundos
Juan Carlos I ha detallado el momento exacto en que la vida de su hermano se apagó frente a sus propios ojos. "Nos divertíamos jugando con una pistola de calibre 22 que un amigo, teniente, me había dado en España. Habíamos sacado el cargador. Ni por un momento imaginamos que había quedado una bala en la recámara. Un disparo saltó por los aires, la bala rebotó y alcanzó a mi hermano en la frente. Murió en brazos de nuestro padre. Hubo un antes y un después de aquello". El impacto le destrozó la zona nasal.
El ruido del disparo alertó de inmediato a los padres. Al ver la sangre, doña María de las Mercedes entró en shock. "Aquel día se me paró la vida", confesaría años después a una amiga íntima, según Infobae, atormentada por haberles dado permiso para jugar arriba. Don Juan intentaba taponar la hemorragia a la desesperada mientras el doctor José Loureiro acudía a la llamada de auxilio solo para certificar la muerte. Completamente desencajado, el conde de Barcelona arrancó una bandera de España del mástil, cubrió el cuerpo de su hijo y clavó la mirada en su primogénito. Le gritó fuera de sí: "Júrame que no ha sido a propósito". Otras crónicas recogen el desgarrador ruego con una ligera variación: "¡Júrame que no lo hiciste a propósito!". No hubo respuesta. Consumido por la rabia, el padre agarró su Bentley negro, condujo hasta el mar y arrojó la pistola al agua. "No quiero verla nunca más", sentenció.
El cerrojazo informativo y las versiones oficiales del régimen

La dictadura de António de Oliveira Salazar en Portugal no permitió autopsias ni indagaciones policiales. Todo quedó sepultado bajo el relato dictado por la embajada española en Lisboa. Rápidamente se redactó un texto para calmar a la opinión pública internacional y tapar el escándalo. "Estando el infante don Alfonso de Borbón limpiando una pistola de salón con su hermano, la pistola se disparó, alcanzándole en la región frontal, falleciendo a los pocos minutos. El accidente sucedió a las veinte horas y treinta minutos al regresar de los oficios del Jueves Santo, donde había recibido la sagrada comunión".
Hubo otra variante de la comunicación que circuló esos días exculpando de toda culpa al hermano mayor. "Mientras Su Alteza el infante Alfonso limpiaba un revólver aquella noche con su hermano, se disparó un tiro que le alcanzó en la frente y le mató en pocos minutos. El accidente se produjo a las 20:30 horas, después de que el infante volviera del servicio religioso del Jueves Santo, en el transcurso del cual había recibido la santa comunión". El sábado 31 de marzo enterraron al infante Alfonso en el cementerio de Cascais. Echaron varias bolsas de tierra de Almendralejo sobre el féretro. La aristocracia cerró filas para proteger la sucesión. Torcuato Luca de Tena, director del diario ABC y presente aquel día, lo resumió años después: "Los nobles de España, monárquicos de corazón, callaron en torno al misterio", relató el periodista.
Pese a la muralla de encubrimiento, las costuras del relato oficial reventaron muy pronto. El semanario italiano Settimo Giorno apuntó directamente a que el arma estaba en las manos del joven cadete de 18 años. El tío de los muchachos, don Jaime de Borbón, exigió una investigación judicial formal para aclarar los hechos y escribió a su secretario unas líneas demoledoras. "Mi querido Ramón: Varios amigos me han confirmado últimamente que fue mi sobrino Juan Carlos quien mató accidentalmente a su hermano Alfonso", dejó plasmado por escrito. Las evidencias técnicas tampoco cuadraban con la teoría del rebote fortuito contra la pared. La periodista Pilar Eyre, tras consultar a diversos expertos armeros, sostuvo que un tiro de calibre 22 solo causa semejantes estragos anatómicos si se efectúa a bocajarro.
La propia madre de la víctima, doña Mercedes, le confesaría a su modista Josefina Carolo lo que ella realmente creía que había pasado en la sala de juegos. "Probablemente Juanito apuntó en broma sin saber que el arma estaba cargada", deslizó resignada. Las habladurías nunca cesaron en los círculos monárquicos europeos. El príncipe Víctor Manuel de Saboya, vecino en Estoril por aquel entonces, afirmó en un documental reciente que el tiro atravesó la madera "a través de un armario" durante un forcejeo "cien por cien accidental". Mucho más descarnada fue la aportación de Corinna Larsen. La empresaria relató en su podcast lo que supuestamente le confesó el emérito en la intimidad en el año 2006. "Estaban jugando un juego estúpido, pero en cualquier caso él (Juan Carlos I) cargó el arma. En el fondo de su alma y de su cabeza él siente una gran culpa y sufre pesadillas por eso", reveló.
Luca de Tena elaboró un perfil psicológico perfecto sobre ambos. "(Alfonso) Era amigo de pescadores, caddies y taxistas. Era el travieso, el bondadoso, el más humano de la familia. Su hermano y él se adoraban, aun siendo dos polos opuestos. Nacido uno para el ejercicio del poder y el otro para el ejercicio de la cordialidad. Mentalmente, don Alfonso era como su abuelo, Alfonso XIII: simpatía y responsabilidad", analizó el escritor.
Juan Carlos I guardó un hermetismo sepulcral sobre este trágico episodio durante prácticamente todo su reinado institucional. Solo en 1992 ordenó repatriar los restos de su hermano al Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial. Hubo que esperar al declive de su vida para que por fin verbalizara el trauma. En sus memorias, Juan Carlos I admite con amargura que el suceso "ensombreció este período inocente y alegre de mi vida. Un drama que me marcó para siempre". Y va un paso más allá al mostrar su inmensa vulnerabilidad. "Echo de menos a mi hermano, me gustaría poder tenerle a mi lado, poder hablar con él. Perdí a un amigo, a un confidente. Dejó un vacío enorme. Sin su muerte, mi vida hubiera sido menos sombría, menos desdichada. Llevo fotos suyas que me acompañan a todas partes. El 3 de octubre, día de su cumpleaños, sigue siendo para mí una fecha inolvidable", confiesa Juan Carlos I.
Frente a las cámaras del cineasta Miguel Courtois, Juan Carlos I ha dicho que: "Ahora lo echo mucho de menos. No tenerlo a mi lado. No poder hablar con él. Estábamos muy unidos, yo lo quería mucho, y él me quería mucho a mí. Él era muy simpático".
La verdad sobre el accidente de Juan Carlos I según el testigo directo
Antonio Eraso no habla desde la suposición, sino desde el recuerdo de quien vivió el drama a escasos metros. Vecino de Villa Giralda y compañero inseparable de Alfonso, compartió con él sus últimas horas de vida jugando al golf y asistiendo a los oficios religiosos. Su intervención actual nace de una necesidad moral frente a lo que considera "falsedades" vertidas por historiadores y curiosos. El testigo es tajante al explicar el suceso: “Don Alfonso cometió una imprudencia propia de su edad al cruzar la línea de tiro al blanco sin darse cuenta de que se estaba disparando a ese mismo blanco”. Esta versión desmiente el relato de que el arma se disparó mientras la limpiaban, una "mentira" oficial creada en su día para proteger a la institución.
La fatalidad se cebó con los Borbón de una forma estadística casi imposible. Según relata Eraso, el médico de la familia, el doctor Loureiro, le explicó en el mismo lugar de los hechos que fue “un rebote de bala a la nariz”. El proyectil, tras chocar con un obstáculo, cambió su trayectoria con una puntería macabra. "Se unió la mala suerte, enorme mala suerte", insiste el amigo del infante según El Debate, quien llegó a la residencia apenas media hora después de la detonación y liberó de culpas a Juan Carlos I.



