El ‘Cinexin’, el proyector de juguete que nos hizo directores de cine por un día (y la tragedia de cuando la película se quemaba)

El inconfundible sonido de su manivela era la banda sonora que anunciaba el comienzo de la magia en la oscuridad. Aquel proyector de juguete nos convirtió en los reyes de la casa, capaces de montar una sesión de cine en cualquier pared.

El primer encuentro con un Cinexin era un momento que se grababa a fuego en la memoria de cualquier niño de los setenta y ochenta. Aquel aparato, casi siempre de un naranja intenso que parecía gritar «diversión», prometía una proeza increíble: transformar la pared de tu dormitorio en una pantalla de cine. ¿La condición? que la habitación debía sumirse en una oscuridad casi total para que la magia funcionara, un pequeño peaje para el espectáculo que estaba a punto de comenzar con este proyector infantil.

La expectación crecía mientras se desenrollaba la pequeña película y se insertaba con manos torpes pero decididas en las guías del aparato. Era un ritual que requería concentración y que nos hacía sentir importantes, casi profesionales del celuloide. Al girar la manivela, no solo se movía la cinta, sino que se desataba una experiencia audiovisual que nos convertía en directores de nuestra propia sesión de cine en casa, un recuerdo imborrable para toda una generación.

¿RECUERDAS EL SONIDO DE LA MANIVELA?

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Pocos sonidos de la infancia son tan reconocibles como el traqueteo rítmico del Cinexin al girar su manivela. Era una melodía mecánica, un metrónomo que marcaba el tempo de las aventuras de nuestros héroes animados en la pared. Aquel ruido no era un fallo, que era la banda sonora que precedía al milagro de la imagen en movimiento, y cada giro nos hacía partícipes activos del espectáculo, no meros espectadores pasivos frente a una pantalla de televisión.

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El haz de luz que salía del objetivo era otro de los protagonistas de esta función casera. Cortaba la penumbra del cuarto como un sable láser, lleno de motas de polvo que danzaban como estrellas en una galaxia lejana. Antes de que la imagen se enfocara en la pared, ya estábamos hipnotizados por ese torrente de luz, porque ese rayo luminoso era la prueba tangible de que la fantasía estaba a punto de materializarse, y nuestro proyector de juguete era el portal.

UN CATÁLOGO DE SUEÑOS EN 8 MILÍMETROS

Las películas venían en unas características cajitas de plástico, normalmente amarillas, que guardábamos como si fueran joyas. El catálogo del Cinexin estaba plagado de estrellas de la animación: Popeye, Tom y Jerry, La Pantera Rosa o los personajes de Disney protagonizaban estas breves historias mudas. Aunque eran cortas y se repetían en bucle, que aquella colección de cintas era nuestra primera filmoteca personal y cada nueva adquisición se celebraba como un gran acontecimiento, ampliando nuestro repertorio para las sesiones de cine infantil.

El hecho de que las proyecciones fueran mudas, lejos de ser un inconveniente, espoleaba nuestra creatividad. Nosotros poníamos las voces, los efectos de sonido y hasta la música de fondo, convirtiendo cada visionado en una representación única. Aquel silencio en la película del Cinexin, que obligaba a nuestra imaginación a rellenar los huecos narrativos y sonoros de la historia, nos convertía en co-creadores de lo que veíamos, haciendo de este juguete cinematográfico una herramienta increíblemente participativa.

LA PARED BLANCA: NUESTRO PRIMER LIENZO CINEMATOGRÁFICO

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La búsqueda de la superficie ideal era parte del juego. Una pared lisa y blanca era el Grial, pero a falta de ella, el dorso de una puerta, una sábana colgada con pinzas o incluso el techo servían como pantalla improvisada para nuestro Cinexin. Lo fundamental era conseguir el máximo contraste, que la pared del dormitorio se transformaba en un espacio sagrado dedicado al séptimo arte, un lienzo en blanco donde proyectar nuestras ilusiones infantiles y disfrutar de nuestro pequeño cine en casa para niños.

El momento de la proyección era un evento social a pequeña escala. Invitar a hermanos, primos o amigos a la habitación a oscuras para compartir una película del Cinexin era un acto de generosidad y, por qué no decirlo, de cierto poder. El dueño del proyector de Exin era el operador, el que controlaba la velocidad y el enfoque, que la experiencia de ver cine se convertía en un acto comunitario que fortalecía amistades y creaba recuerdos compartidos, algo más que el simple hecho de jugar solo.

LA TRAGEDIA DEL FOTOGRAMA QUEMADO: UN DRAMA INFANTIL

Todos caímos en la misma tentación. Querías detener la acción en un fotograma especialmente divertido o emocionante para observarlo con detalle. Dejabas de girar la manivela del Cinexin apenas unos segundos, pero era tiempo suficiente para que la bombilla hiciera su trabajo. De repente, que un inconfundible olor a plástico quemado inundaba la habitación y una burbuja oscura aparecía en la imagen proyectada, certificando el desastre y rompiendo el corazón de un niño.

El daño era irreparable. Un agujero negro se había formado en mitad de tu personaje favorito, dejando una marca para siempre en la película y en tu memoria. Cada vez que la cinta volvía a pasar por ese punto, la imagen saltaba bruscamente, recordándote tu imprudencia. Aquel fotograma derretido de nuestro aparato proyector, que era nuestra primera lección sobre la fragilidad de las cosas y las consecuencias de detener el tiempo, aunque fuera por un instante, para admirar la belleza.

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¿POR QUÉ EL CINEXIN SIGUE VIVO EN NUESTRA MEMORIA?

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El Cinexin no era solo un juguete, era una puerta de entrada a la narración de historias, una herramienta que nos enseñó los fundamentos básicos del cine mucho antes de que supiéramos lo que era un plano o un montaje. En un mundo sin plataformas de streaming ni acceso instantáneo a contenido, que este mini-cine nos otorgaba el poder de decidir qué ver, cuándo verlo y cómo verlo, fomentando una creatividad y una autonomía que los juguetes modernos rara vez consiguen.

Quizás su recuerdo perdura con tanta fuerza porque representaba una forma de ocio tangible, activa y compartida. Exigía un ritual, un esfuerzo y una participación que lo hacían especial, convirtiendo una simple proyección de dibujos animados en un acontecimiento memorable. El querido Cinexin pervive en nuestra memoria no por lo que era, sino por lo que nos hizo sentir: que nos demostró que con un poco de oscuridad, una pared blanca y una manivela podíamos ser dueños de nuestra propia fábrica de sueños.

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