Machado quiere ser Betancourt

- La líder opositora promete convertir a Venezuela en el mejor socio de Washington. Hay un venezolano que ya lo ha conseguido, por la vía de los contratos y no de los discursos.

María Corina Machado reapareció este jueves en Caracas, en el Aula Magna de la UCAB, con un mensaje dirigido menos a los venezolanos que a la Casa Blanca. Agradeció a Donald Trump la captura de Nicolás Maduro y prometió que, si gobierna, Venezuela será "el mayor aliado que Estados Unidos jamás ha tenido en la región".

Es una promesa legítima, y seguramente sincera. Pero llega con un problema de calendario: esa alianza ya existe. Y no la ha firmado un partido político, sino un empresario.

Desde el 31 de agosto, la Casa Blanca y North American Blue Energy Partners (NABEP), la compañía que dirige Alejandro Betancourt, tienen cerrado el acuerdo que Trump presentó como el mayor de la historia del petróleo: 25 años, 17 campos y el respaldo del Pentágono. Mientras la oposición discute fechas electorales, el vínculo que de verdad sostiene una alianza ya tiene nombre, contrato y plazos.

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Conviene decirlo sin rodeos, porque en España todavía cuesta entenderlo: en la Venezuela que deja atrás a Maduro, la política va detrás de la economía. Machado pide renovar el TSJ y el CNE para votar en 2027. La pregunta incómoda es quién llega antes a ser el socio de Estados Unidos: quién lo promete desde un atril o quién ya lo ha convertido en producción.

Europa conoce bien esta figura. Calouste Gulbenkian, el "señor Cinco por Ciento", tendió puentes entre imperios, petroleras y gobiernos que no se hablaban, y acabó llegando a Lisboa, una de las grandes fundaciones del continente. Enrico Mattei hizo de ENI la palanca con la que Italia se sentó en la mesa energética de las potencias. Juan March, con todas sus aristas, entendió antes que nadie que los Estados necesitan a alguien capaz de mover capital cuando la diplomacia se atasca. Ninguno fue un santo de altar. Los tres fueron imprescindibles en su momento.

Betancourt encaja en ese molde mejor de lo que admiten sus detractores. Sus críticos le recuerdan su pasado y las investigaciones abiertas en Europa. Washington, que conoce ese expediente mejor que nadie, ha decidido que lo necesita. Esa decisión, por sí sola, dice mucho.

Nada de esto resta mérito a Machado. Su regreso tras diez meses de exilio, sin garantías de seguridad, es un acto de coraje, y la transición necesita su legitimidad. Pero un país no se convierte en el gran aliado de Estados Unidos por proclamarlo. Lo hace cuando hay contratos que cumplir, empleos que crear y crudo que exportar. Esa parte de la alianza ya está en marcha.

Si Machado gobierna algún día, heredará una relación con Washington que otros ya han empezado a construir. Lo inteligente sería no verlos como rivales, sino como dos piezas de lo mismo: ella, la legitimidad democrática; él, la arquitectura económica. Venezuela necesita las dos. Y Estados Unidos, que ya ha elegido socio en la segunda, lo sabe.