El primer anfibio marino del que tenemos noticia vivió hace 237 millones de años y se comportaba como un tiburón alfombra. Se llama Gerrothorax maritimus y acaba de salir a la luz en un estudio publicado en Nature Ecology & Evolution, según recoge la Agencia SINC.
Cómo se las apañaba para vivir donde ningún anfibio aguanta
Hoy ninguna de las más de 8.000 especies de anfibios que existen vive en el mar. Y no es por falta de ganas: su piel es tan permeable que el agua salada le absorbe la del cuerpo. Cualquier excursión a la orilla acaba en recuperación obligatoria en agua dulce. Le pasa hasta a la rana cangrejera del sudeste asiático, que pierde peso en los manglares y tiene que volver a casa a rehidratarse.
Este bicho lo resolvió con ingeniería de bajo coste. Medía unos 75 centímetros, tenía el cuerpo plano y una coraza de hueso le cubría de arriba abajo. La armadura hacía dos cosas a la vez: frenaba la pérdida de agua por la piel y le servía de lastre para no despegarse del fondo. Ahí esperaba al acecho, inmóvil, hasta que pasaba una presa y la succionaba. Tal cual hace hoy el wobbegong, un tiburón alfombra que se camufla y aspira.
La otra mitad del truco eran las branquias. Bebía agua de mar por la boca y expulsaba la sal por ahí, como un pez marino de manual. Eso le permitía no subir nunca a respirar. Resultado: probablemente nunca vio la luz del sol, según explica Ryosuke Motani, coautor del trabajo y profesor en la Universidad de California en Davis.
Y aquí llega lo bonito. No hubo una evolución heroica ni un plan maestro. Había un anfibio de agua dulce que, de casualidad, ya llevaba la coraza puesta. Esa misma coraza que en principio le protegía de los depredadores resultó ser el pasaporte al océano abierto. Pura chiripa evolutiva.
La naturaleza no diseñó un pez nuevo: recicló un anfibio blindado y le cambió el agua dulce por el mar abierto.
Los dedos que delatan que este anfibio no llegó flotando
Los dos esqueletos casi completos aparecieron en Guanling, en la provincia china de Guizhou, y los sacaron unos agricultores en 2004. Estaban enterrados a 30 kilómetros de las islas más cercanas, que se dice pronto. Y conservaban los dedos, que es justo lo primero que se pierde cuando un cadáver va dando tumbos por el mar.
Hay más pruebas. Los isótopos de estroncio de sus huesos coinciden con los del agua de mar de la época y no con los de las rocas que los rodean. Traducido: el animal vivía justo donde quedó enterrado, no en una playa de la que hubiera salido arrastrado.
En la misma capa de roca apareció un Guizhouichthyosaurus. O sea que este anfibio de 75 centímetros compartía mar con ictiosaurios de hasta seis metros. Con coraza y todo, no quiero ni imaginarme el barrio.
¿Podrían los anfibios de hoy volver al mar?
La respuesta corta es no, o casi. Motani lo tiene claro y lo dice sin rodeos: probablemente no. Rodrigo Soler-Gijón, paleontólogo del Museo de Historia Natural de Berlín, matiza que los anfibios actuales conservan las enzimas para producir urea, que es la clave para aguantar la sal, y que tienen potencial para meterse en aguas salobres. El mar abierto es otra película.
Ya hubo intentos, eso sí. El estudio cita a Iberospondylus schultzei, un anfibio de hace unos 300 millones de años que apareció en Puertollano (Ciudad Real) y que se quedó en marismas y estuarios. También los hubo en Svalbard. Pero nadie con estas características documentado mar adentro. Y ojo con lo que falta: sin tejidos blandos conservados, cómo regulaba la sal y cómo se reproducía sigue siendo hipótesis. Tampoco hay certeza de si la coraza llevaba escudos córneos como los de las tortugas.
Mi lectura es que estamos ante un experimento natural que funcionó una vez, en un lugar concreto, y no volvió a repetirse. Del género Gerrothorax ya sabíamos cosas, pero nadie esperaba que uno de sus miembros hubiera dado el salto al océano. La vida prueba cosas raras. A veces salen bien durante unos cuantos millones de años.
🧠 Para soltarlo en la cena
Un anfibio se hizo marino con branquias, coraza y suerte.




