Naturaleza furiosa: los desastres naturales más devastadores

Del Vesubio del año 79 al Índico de 2004, seis catástrofes que redefinieron la relación entre las sociedades y el riesgo. La mayoría de las víctimas no las causó el fenómeno, sino la forma de habitar su entorno.

El 1 de septiembre de 1923, poco antes del mediodía, la tierra se quebró bajo Tokio. En miles de cocinas se encendían los fogones para el almuerzo; en la calle, la gente hacía la compra. El temblor duró menos de un minuto y bastó para tumbar las casas de madera, romper las conducciones de gas y prender fuego a una ciudad construida casi entera con material combustible. El incendio tardó tres días en apagarse y mató a mucha más gente que el propio seísmo. En un descampado del barrio de Honjo, decenas de miles de personas que habían abandonado sus casas murieron atrapadas por un remolino de fuego.

Ese es el patrón que se repite en los grandes desastres de la historia: el fenómeno natural es solo el primer acto. Lo que viene después —el fuego, el agua, el hambre, la tardanza del socorro, la calidad de los materiales con los que estaba hecha la ciudad— decide casi siempre el balance final. Y en ese reparto de responsabilidades la naturaleza lleva siglos con la misma ventaja: no se le puede pedir cuentas.

Las seis catástrofes que siguen —la erupción del Vesubio, el terremoto de Tangshan, el tsunami del Índico, el seísmo de Puerto Príncipe, el huracán Katrina y el gran terremoto de Kanto— comparten esa estructura en tres tiempos: el golpe, la respuesta de la naturaleza y la reacción humana, que casi nunca está a la altura. Ninguna lista de este tipo es neutra. Según se cuente el número de muertos, la destrucción material o la duración del colapso, el orden cambia, y hay catástrofes que desbancarían a varias de estas seis: el ciclón Bhola, que en noviembre de 1970 arrasó el delta del Ganges y dejó entre trescientas mil y quinientas mil víctimas, es el ejemplo más incómodo.

Publicidad

El desastre empieza en el suelo

La maquinaria que produce estos fenómenos tiene dos motores. El primero es la tectónica: las placas de la corteza terrestre se desplazan, chocan y se hunden unas bajo otras, y en ese roce acumulan una energía que se libera de golpe en forma de terremoto. Cuando el desgarro ocurre bajo el mar, el movimiento del fondo levanta una columna de agua entera que se convierte en tsunami. El segundo motor es la atmósfera: la colisión de masas de aire, los gradientes de temperatura y la humedad disponible alimentan huracanes, tornados e inundaciones.

Pero un temblor de magnitud 7 no produce por sí mismo un desastre. Lo produce un temblor de magnitud 7 bajo edificios levantados sin normas, en una ciudad con servicios básicos precarios, con un Estado que tarda días en llegar y con una población a la que nadie ha explicado qué hacer en los primeros treinta segundos. La Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres sostiene desde hace décadas la misma tesis: no hay desastres naturales, sino fenómenos naturales sobre sociedades expuestas. La fórmula suena a consigna de manual, pero es la clave de todo lo que viene después.

El Vesubio, año 79: dos ciudades bajo la ceniza

desastres naturales más devastadores de la historia

En el año 79 de nuestra era, el Vesubio despertó sobre la provincia romana de Campania. La montaña llevaba siglos sin dar señales y sus laderas estaban cubiertas de viñedos. Los temblores de los días previos se interpretaron como una molestia del terreno, no como un aviso. La erupción lanzó una columna de ceniza, piedra pómez y gas que acabó desplomándose sobre las ciudades en varias oleadas sucesivas.

Pompeya quedó sepultada bajo metros de ceniza y pómez. Herculano, más cerca del cráter, fue barrida por flujos piroclásticos que la cubrieron con un manto compacto y la sellaron durante siglos. Lo que sabemos de aquellas horas se lo debemos, sobre todo, a las dos cartas que Plinio el Joven escribió a Tácito años después: sigue siendo el relato más detallado que conserva la Antigüedad sobre el día en que una montaña se comió dos ciudades.

Lo que hace de Pompeya un lugar único en el mundo no es la erupción, sino la manera en que la erupción detuvo el tiempo. Las excavaciones, iniciadas de forma sistemática a mediados del siglo XVIII, devolvieron panes carbonizados en los hornos, grafitis en las paredes, letrinas, mostradores. En la década de 1860, el arqueólogo Giuseppe Fiorelli ideó un procedimiento que todavía parece un truco de magia: cuando el cuerpo de una víctima se descomponía dentro del sedimento endurecido, dejaba un hueco con su forma exacta; Fiorelli ordenó verter yeso en esos huecos y esperar. De los moldes salieron cuerpos.

Herculano, excavada mucho más tarde y todavía a medias, ha devuelto muebles de madera carbonizada, alimentos y un centenar largo de esqueletos apiñados en los antiguos almacenes del puerto, donde un grupo de vecinos quedó atrapado cuando intentaba huir por mar. El volcán sigue allí, a poco más de veinte kilómetros de Nápoles, y su última erupción data de 1944. Alrededor de la montaña, la Protección Civil italiana mantiene delimitada una zona roja en la que viven cientos de miles de personas. La lección que Pompeya repite desde hace dos mil años es incómoda: la naturaleza avisa, pero la memoria de los pueblos es más corta que la calma de los volcanes.

Tangshan, 1976: la ciudad que se despertó bajo los escombros

En la madrugada del 28 de julio de 1976, la ciudad industrial de Tangshan, en la provincia china de Hebei, se partió en dos. El terremoto, de magnitud entre 7,5 y 7,6, sorprendió a los vecinos durmiendo. Las viviendas eran de ladrillo sin refuerzo, del tipo que se desmorona en cuanto la estructura pierde una pared; en cuestión de segundos, una ciudad de más de un millón de habitantes se convirtió en un montón de escombros y polvo.

Publicidad

Las réplicas que siguieron y la falta de medios inmediatos para el rescate y el socorro multiplicaron el desastre. Las cifras de víctimas nunca se han estabilizado del todo: las autoridades chinas hablaron en su momento de un cuarto de millón de muertos, y buena parte de la literatura posterior considera esa estimación conservadora. Lo que no admite discusión es la escala. Cientos de miles de personas se quedaron sin agua, sin hospitales y sin rutas de acceso en una sola noche.

Hubo quien propuso levantar una ciudad nueva varios kilómetros al este. Se impuso la reconstrucción sobre el mismo solar, y Tangshan volvió a ser lo que era: sigue siendo uno de los grandes centros siderúrgicos del país. Aquella reconstrucción se convirtió también en un argumento recurrente de los ingenieros sísmicos. Una ciudad mal construida puede matar dos veces, la primera cuando cae y la segunda cuando se levanta igual que estaba.

El Índico, 2004: media hora sin alarma

A las 7.58 de la mañana del 26 de diciembre de 2004, hora local de Indonesia, el fondo del océano se desgarró frente a la costa noroeste de Sumatra. El movimiento duró varios minutos y rompió más de mil kilómetros de falla. Los sismógrafos de medio mundo registraron una sacudida que los servicios geológicos acabarían situando por encima de 9,1: una de las mayores jamás medidas con instrumentos.

En mar abierto, la ola que generó no era una pared de agua, sino una ondulación de decenas de centímetros que avanzaba a la velocidad de un avión de pasajeros. Al llegar a la costa, toda esa energía se comprimía en pocos metros. En algunos tramos de la costa de Aceh el agua se internó kilómetros tierra adentro y superó los treinta metros de altura; en otros puntos, simplemente subió durante minutos sin que nadie supiera interpretar la retirada previa del mar.

El Pacífico disponía de un sistema internacional de alerta de tsunamis desde mediados de la década de 1960. El Índico no tenía nada: ni boyas, ni mareógrafos conectados, ni protocolos de aviso entre países que nunca habían compartido ese riesgo. La ola llegó a las costas de Indonesia y Tailandia en cuestión de minutos, a Sri Lanka y la India con un par de horas de diferencia y a la costa de África oriental siete horas después, donde mató a varios centenares de personas en Somalia. Afectó a catorce países y dejó alrededor de 230.000 muertos.

De aquel desastre nació una infraestructura que antes se consideraba un lujo. La Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la Unesco coordinó un sistema de alerta para el Índico, con boyas, mareógrafos y protocolos de aviso a las poblaciones costeras, que empezó a funcionar en 2006. La lección se resume en una paradoja: la ciencia sí podía prever aquel tsunami; lo que no existía era la tubería para hacerle llegar el mensaje a quien tenía que correr.

Puerto Príncipe, 2010: el suelo encontró un Estado frágil

desastres naturales más devastadores de la historia

El 12 de enero de 2010, a última hora de la tarde, Haití tembló durante menos de un minuto. La magnitud era de 7,0, un terremoto que en otras coordenadas habría sido grave sin ser catastrófico. Pero el epicentro se situó a pocos kilómetros de Puerto Príncipe y el hipocentro era muy superficial, de modo que la energía llegó a la superficie casi sin diluirse. En la capital se plegaron el palacio presidencial, la catedral, los hospitales, las escuelas y la sede de la misión de Naciones Unidas.

Haití era, y sigue siendo, el país más pobre del hemisferio occidental. La mayoría de sus edificios se había levantado sin normas técnicas ni supervisión, con hormigón de calidad desigual y hierro insuficiente. La catastrofe no fue solo geológica: fue la suma de un suelo que se movió y de una sociedad a la que se le habían negado durante décadas los medios para prepararse. Más de doscientas mil personas murieron.

La comunidad internacional reaccionó con una avalancha de ayuda que los aeropuertos, los puertos y las carreteras del país no podían absorber. Retirar los escombros llevó años. Reconstruir las viviendas, más. Restaurar los medios de vida de una población que vivía sobre todo de la economía informal ha sido, según todos los balances posteriores, la parte más difícil: la ayuda llega en camiones, pero la recuperación depende de instituciones que el terremoto también destruyó.

Publicidad

Katrina, 2005: los diques y el mapa de la desigualdad

El 29 de agosto de 2005, el huracán Katrina tocó tierra en la costa del golfo de México. Llegó debilitado respecto a los días anteriores, pero con una marea y una lluvia suficientes para someter a Nueva Orleans, una ciudad construida en buena parte por debajo del nivel del mar. Lo que hundió la ciudad no fue el viento sino el agua: el sistema federal de diques y estaciones de bombeo falló en decenas de puntos y cerca del ochenta por ciento del casco urbano quedó inundado.

Murieron cerca de mil ochocientas personas. La respuesta pública —federal, estatal y local— fue lenta, descoordinada y visiblemente incapaz: hubo vecinos en los tejados durante días, ancianos en residencias sin luz ni agua, autobuses que no llegaron. El huracán había sido anunciado con precisión y aun así el desastre fue enorme, lo que demuestra que el aviso meteorológico, por sí solo, no salva vidas.

Después llegó el diagnóstico que transformó el debate. Los barrios más castigados eran los más pobres y los de mayoría negra, muchos de ellos en terrenos bajos que llevaban décadas siendo los primeros en inundarse. Katrina puso sobre la mesa una evidencia que la estadística de víctimas ocultaba: el riesgo no se reparte por igual, sino que sigue la misma línea que la renta, la vivienda y el color de la piel. La discusión sobre quién puede permitirse evacuar, quién tiene coche y quién tiene a dónde ir dejó de ser un tema académico.

Kanto, 1923: la tormenta de fuego

desastres naturales más devastadores de la historia

A primera hora de la tarde del 1 de septiembre de 1923, la falla que atraviesa la llanura de Kanto cedió con una magnitud cercana a 7,9. Tokio y Yokohama, las dos grandes ciudades de la región, se derrumbaron en parte. Pero lo que convirtió aquello en una hecatombe fue la coincidencia de tres factores: la hora, el material y el viento. La sacudida llegó cuando miles de cocinas estaban encendidas; las casas eran de madera y papel; y los incendios convergieron en una tormenta de fuego que avanzó sin que nadie pudiera detenerla.

En el descampado del barrio de Honjo, donde se habían refugiado decenas de miles de personas con sus enseres, el fuego se convirtió en un vórtice que arrastraba cuanto encontraba. Allí murieron alrededor de 38.000 personas en una sola tarde. A lo largo de la costa, el seísmo generó además tsunamis que arrasaron varias poblaciones. El balance total, unas 105.000 víctimas, lo convirtió en el desastre más mortífero de la historia de Japón, y la mayoría de esas muertes no las causó el temblor, sino el fuego.

La reconstrucción de Tokio se convirtió en un laboratorio de urbanismo: se planificaron avenidas anchas y parques como cortafuegos y se impusieron normas de edificación que cambiaron el perfil de la ciudad. Los damnificados se alojaron en barracones durante años. El país convirtió la fecha en una jornada anual de simulacros sísmicos, una costumbre que ha sobrevivido a todas las reconstrucciones posteriores.

Lo que se puede predecir y lo que no

Cuando se pregunta cuándo ocurrirá el próximo gran desastre, la respuesta honesta es que depende del tipo de fenómeno. Nadie sabe predecir un terremoto con fecha: la física de las fallas no permite anticipar el momento exacto del desgarro, y décadas de intentos —desde la observación del comportamiento animal hasta la medición de microtemblores— no han producido un método fiable. Lo que la sismología sí ofrece son probabilidades a largo plazo: la probabilidad de que una falla concreta se rompa en los próximos treinta años, que es la base de los códigos de construcción y de las primas de seguro.

Los tsunamis, en cambio, admiten alerta casi inmediata: una vez localizados el epicentro y la magnitud, los modelos calculan el tiempo de viaje de la ola y permiten avisar a las costas con minutos u horas de margen. Los huracanes se siguen con días de antelación y sus trayectorias se han vuelto notablemente precisas. Las inundaciones y las sequías, con menos exactitud, también se ven venir.

El punto débil está siempre en el último tramo. Un aviso que no llega, que llega en un idioma que la población no entiende o que llega a alguien que no puede moverse no sirve de nada. La diferencia entre un terremoto y una catástrofe se juega en ese intervalo mínimo: los segundos que tarda alguien en agacharse bajo una mesa, los minutos que tarda una sirena en sonar en una playa, las horas que tarda una carretera en abrirse.

Las lecciones que cuestan vidas

De las seis historias anteriores se pueden extraer tres conclusiones que no dependen de la geología. La primera es que las normas de construcción son la tecnología de salvamento más barata que existe: reforzar un edificio cuesta una fracción de lo que cuesta montar un hospital de campaña, y sin embargo las normas se relajan en cuanto aprieta el presupuesto. La segunda es que la alerta temprana funciona, pero solo si se ensaya; un sistema que nadie ha probado es un adorno. La tercera es que la vulnerabilidad es social antes que física: los mismos vientos y las mismas olas matan a más gente en los barrios pobres, y no por casualidad.

La cuarta lección, más incómoda, es que la memoria se gasta. Pompeya se convirtió en un yacimiento arqueológico y sus alrededores volvieron a poblarse; Nueva Orleans sigue viviendo por debajo del nivel del mar; en las costas del Índico se construye sobre la línea que alcanzó el agua. No es irracional: es humano. El riesgo se olvida en cuanto pasan dos generaciones sin que ocurra nada.

Las ciudades que se levantan sobre fallas activas, en deltas que se hunden o en llanuras que un día fueron lecho de río son la siguiente entrada de cualquier lista como esta, y no porque la naturaleza haya decidido vengarse, sino porque la exposición ha crecido: hay más gente, más infraestructura y más valor acumulado en los mismos lugares peligrosos. La pregunta que dejan abierta el Vesubio, Tangshan, el Índico, Puerto Príncipe, Nueva Orleans y Tokio no es cuándo llegará el próximo golpe. Es cuánto de lo aprendido seguirá en pie cuando llegue.