Olvidos a partir de los 60: cuándo es normal y cuándo hay que preocuparse de verdad

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La paradoja de quien no se da cuenta: por qué la queja propia tranquiliza y la del familiar alarma

Un hombre mayor y su nieta mantienen una conversación sincera mientras toman café en interiores.

La queja propia tranquiliza más de lo que parece. Un trabajo clásico publicado en Neurology en 2000 (Carr y colaboradores) comprobó que los problemas de memoria referidos por el propio paciente no correlacionaban con su rendimiento en pruebas cognitivas ni anticipaban un diagnóstico posterior de alzhéimer, mientras que los mismos síntomas descritos por un familiar sí distinguían a las personas sanas de las que ya tenían demencia y predecían el diagnóstico futuro. La razón es que quien se queja suele hacerlo desde el malestar emocional: la queja subjetiva se asocia a rasgos ansioso-depresivos y a la tendencia a leer fallos banales como señales catastróficas, no a un deterioro medible. Y se queja mucha gente: alrededor de la mitad de los mayores de 50 años y dos tercios de los que pasan de 75. En ese contexto, lamentarse de la propia memoria es casi lo esperable a esa edad, no la excepción.

Cuando la alarma viene del familiar y el interesado resta importancia, la sospecha cambia de signo, porque puede estar instalándose una anosognosia: la incapacidad de reconocer el propio déficit. Un metaanálisis publicado en Ageing Research Reviews en 2022 calculó que las quejas corroboradas por un informante elevan un 38 % el riesgo de progresar a deterioro cognitivo leve o demencia, frente al 27 % cuando solo las refiere el sujeto. En una cohorte de alzhéimer hereditario, la pérdida de conciencia del problema se detectó unos seis años antes del diagnóstico. Y en casi 7.000 personas evaluadas en una clínica de memoria latinoamericana, los familiares puntuaron más olvidos que los propios pacientes en los casos leves y graves, mientras que en los controles sanos ocurría lo contrario. Por eso es el entorno, y no el paciente, quien suele empujar a consultar; conviene escucharle sin convertirlo en oráculo, porque su informe también admite sesgos de convivencia, carga o tensión familiar.

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