Síndrome de Couvade: por qué el padre también siente el embarazo

El síndrome de Couvade provoca náuseas, fatiga y dolores en la pareja que no gesta, con prevalencias que en algunos estudios superan el 50%. No figura en los manuales diagnósticos y su origen se debate entre la empatía, el estrés y los cambios hormonales.

Hay hombres que, en la duodécima semana de embarazo de su pareja, despiertan con náuseas. Otros arrastran una fatiga que no guarda relación con las horas de trabajo, notan un entumecimento extraño en los brazos, sienten la piel del pecho y de los brazos más sensible al roce o cargan con un malestar difuso, difícil de nombrar, que atribuyen al estrés. Ninguno de ellos está embarazado. Ninguno va a estarlo. Y, sin embargo, presentan uno por uno los síntomas que cualquier manual de obstetricia asocia a la gestación: náuseas, cansancio extremo, dolor de espalda, molestias dentales, cambios de humor, antojos y aumento de peso.

La lista no describe únicamente a una mujer embarazada. Describe también a su pareja: a la persona que duerme a su lado, que la acompaña a las ecografías, que sostiene la bolsa de agua caliente y que, sin gestar nada, empieza a comportarse y a sentirse como si gestara. El fenómeno tiene nombre desde hace más de siglo y medio —síndrome de Couvade— aunque apenas haya cruzado las puertas de las consultas. «La mejor manera de describirlo es embarazo por empatía», dice Catherine Caponero, obstetra-ginecóloga de la Clínica Cleveland, en Ohio. «Básicamente, se da cuando uno de los miembros de la pareja experimenta síntomas de embarazo a pesar de no estar biológicamente en cinta».

Embarazo por empatía

Caponero ha visto casos en su práctica y los describe con la cautela de quien sabe que la literatura científica disponible es escasa. El cuadro afecta a futuros padres, a parejas del mismo sexo y también a futuras abuelas que conviven con la persona embarazada y participan de forma activa en sus cuidados. Los síntomas abarcan desde las náuseas y la fatiga hasta los dolores de espalda y los dentales, pasando por los cambios de humor, los antojos y el aumento de peso. Su calendario imita al de un embarazo físico: arrancan casi al mismo tiempo, alcanzan su punto máximo durante el primer y el tercer trimestre y se apagan en el posparto, cuando el bebé ya está fuera y la atención de la casa entera se vuelca en él.

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La expresión «embarazo por empatía» resume bien la intuición, pero deja fuera una parte incómoda del asunto. No todos los que lo padecen son padres, no todos conviven con la gestante y no todos los síntomas se parecen a los del embarazo que tienen delante. Hay quien desarrolla molestias dentales sin haber pisado el dentista en años, quien engorda sin cambiar de dieta y quien se levanta cada mañana con un malestar que ninguna analítica explica. El cuerpo, sencillamente, se comporta como si tuviera una tarea que no le corresponde.

Una prevalencia que nadie sabe medir

Cuando una afección tiene una definición imprecisa, las cifras se dispersan. Es lo que ocurre con el síndrome de Couvade, cuyas estimaciones de prevalencia varían de forma drástica según dónde se pregunte y cómo se formule la pregunta. En un estudio realizado en Estados Unidos, hasta el 52% de los padres afirmaron haber experimentado algunos de sus síntomas durante el embarazo de sus parejas. Las cifras recogidas en Jordania (59%) y Tailandia (61%) resultaron similares. En Polonia y en China, siete de cada diez futuros padres declararon haber notado alguno de esos mismos síntomas. En el otro extremo, la prevalencia podría rondar el 20% en Suecia y el 35% en Rusia.

síntomas del síndrome de Couvade

La horquilla, que va de uno de cada cinco a siete de cada diez, no dice tanto del fenómeno como del instrumento con el que se mide. Los cuestionarios preguntan a los hombres por su propia experiencia, sin criterios clínicos unificados ni exploraciones que confirmen lo que describen. Nadie ha establecido cuántas náuseas hacen falta para hablar de Couvade, ni si un dolor de espalda aislado cuenta igual que un cuadro completo con antojos, insomnio y cambios de humor. Sin umbral, cualquier recuento es una aproximación. Y sin embargo, incluso la estimación más conservadora deja el fenómeno muy por encima de lo que sugiere su ausencia en los libros.

Un síndrome sin casilla en los manuales

A pesar de esas cifras, el síndrome de Couvade no está clasificado oficialmente como un trastorno médico. Ni la Clasificación Internacional de Enfermedades ni el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, las dos herramientas de referencia que manejan los clínicos de medio mundo, le reservan una entrada. Pocos libros de texto de medicina lo mencionan. «Creo que aprendí una frase al respecto en la facultad de medicina», reconoce Caponero. «Incluso entre nuestros recursos como clínicos, no hay mucha información».

Ronald Levant, profesor emérito de psicología de la Universidad de Akron, en Ohio, constata la paradoja: un cuadro sorprendentemente frecuente y, al mismo tiempo, apenas estudiado. La ausencia de clasificación tiene consecuencias prácticas. Sin un código que lo nombre, el fenómeno no entra en las estadísticas hospitalarias, no genera protocolos de derivación y rara vez aparece en la formación de quienes atienden a las parejas embarazadas. Un hombre que llega a la consulta con náuseas y fatiga mientras su pareja espera un bebé puede salir de allí con un diagnóstico de estrés, con un ansiolítico o con nada. El síntoma existe; la casilla, no.

«Su mecanismo no se comprende bien», admite Daniel Singley, psicólogo y director del Centro para la Excelencia Masculina, en San Diego. «Quizás sea una forma de intentar sublimar y lidiar con problemas emocionales, quizás haya una base neurobiológica. No creo que se sepa». Levant apunta en la misma dirección y subraya que la mayoría de los investigadores coincide en calificarlo de multifactorial: una mezcla de componentes biológicos y psicológicos que se activan a la vez y en la que resulta difícil separar la causa del efecto.

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De Tylor a los rituales vascos

La palabra «couvade» procede del verbo francés couver, que significa incubar o criar. El antropólogo inglés Edward Burnett Tylor popularizó el término en 1865 para describir una escena peculiar que presenció durante un viaje por el País Vasco: campesinos acostados en la cama junto a sus recién nacidos. La expresión, según Richard Powis, antropólogo médico de la Universidad del Sur de Florida, tenía entonces un propósito burlón: ridiculizar a unos hombres que se comportaban como mujeres. «Se trata de la idea generalizada de que los hombres se comportan como mujeres», explica Powis.

La práctica, sin embargo, es muy anterior al término. Se remonta al año 50 a. C., cuando los futuros padres de Córcega, Chipre e Iberia se acostaban en el lecho y expresaban dolores de parto o imitaban aspectos del alumbramiento, a veces vistiendo la ropa de su pareja. Después, los antropólogos describieron rituales semejantes entre grupos de las Indias Occidentales, Sudamérica y Asia Oriental. Tylor los interpretó en 1889 como ceremonias de adopción: «entre ciertas tribus, la couvade es la forma legal mediante la cual el padre reconoce a un hijo como suyo», escribió. En otros casos, se creía que el padre desviaba hacia sí la atención de los espíritus malignos que acechaban a la madre.

síntomas del síndrome de Couvade

Para los académicos victorianos, en su mayoría hombres adinerados que observaban costumbres ajenas, la couvade era un conjunto intencionado de rituales con los que los padres primerizos de lugares exóticos protegían a su pareja y al feto. Cuando la mirada se giró hacia las sociedades industrializadas de mediados y finales del siglo XX, el matiz cambió por completo: lo que había sido un rito pasó a leerse como una patología psicológica, una experiencia involuntaria con bases biológicas y psicosomáticas. Sigmund Freud, la antropóloga Mary Douglas y otros autores propusieron entonces teorías psicoanalíticas diversas. Una de ellas sostenía que los hombres imitaban el embarazo a propósito para robarle atención a su pareja; otra atribuía los síntomas a una envidia subconsciente en la que el feto aparecía como un rival que competía por el afecto de la madre.

El estrés de convertirse en padre

La lectura psicoanalítica ha dejado paso a una explicación menos tortuosa y más pegada al suelo. Convertirse en padre es, para quien no gesta, una sacudida de identidad de primer orden. «Tener un bebé es uno de los hitos más importantes del desarrollo en la vida adulta», señala el psicólogo clínico Kevin Gruenberg, fundador de la organización sin ánimo de lucro Love, Dad, en California. «A veces puede resultar muy estresante y abrumador, por lo que el síndrome de Couvade podría ser una forma de reflejar esta gran transformación».

Los números acompañan esa idea. Alrededor de uno de cada diez padres primerizos desarrolla depresión prenatal o posparto; hasta un 18% de los hombres refiere niveles altos de ansiedad durante ese periodo y un 7% presenta síntomas compatibles con el trastorno de estrés postraumático. Los estudios muestran además un efecto de contagio: cuando una madre primeriza sufre depresión posparto, su pareja tiene al menos el doble de probabilidades de desarrollarla también. El posparto añade sus propias tensiones —la falta de sueño, la exigencia continua del cuidado de un recién nacido— y obliga a reordenar cuestiones que nadie había puesto sobre la mesa hasta entonces.

«También hay diferentes aspectos relacionados con la identidad sexual, la intimidad física o la logística familiar», añade Singley, que atiende en consulta a hombres en plena transición. «Veo a muchos padres que acuden y hablan de aspectos de su experiencia, como los celos hacia un recién nacido, el duelo por la vida que tenían antes o tener que compartir a su pareja».

La empatía como explicación

Frente al relato de la rivalidad y los celos, otra hipótesis gana peso: la de un cuerpo que se adelanta a prestar ayuda. Algunos expertos sugieren que los futuros padres experimentan de forma involuntaria síntomas parecidos a los del embarazo como una manifestación profunda y subconsciente de empatía hacia quien sí lo está viviendo en carne propia. Sería el reflejo de «la profunda implicación emocional y la identificación con la pareja embarazada», en palabras de Levant. Y, con frecuencia, va acompañado de gestos deliberados de apoyo. Si la futura madre desarrolla una aversión repentina a la vista y al olor de la carne, su pareja puede optar por hacerse vegetariana. Si ella reduce su actividad física para descansar más en el sofá, él hace lo mismo para hacerle compañía.

Powis lleva esa lógica hasta el límite y propone una definición deliberadamente amplia: la couvade es cualquier cosa que alguien hace durante el embarazo o el posparto para contribuir al cuidado de la mujer embarazada. Bajo ese prisma, el fenómeno pierde su condición de rareza clínica y se convierte en la materia ordinaria de la convivencia.

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«Cuando lo llamamos síndrome, lo patologizamos. Pero no tiene nada de malo ni de particularmente único. Es simplemente empatía humana».

síntomas del síndrome de Couvade

Hormonas y materia gris

Que la empatía explique parte del cuadro no significa que el cuerpo no tenga nada que decir. En una de las investigaciones más extensas realizadas hasta la fecha, Robin Edelstein, psicóloga de la Universidad de Michigan, siguió los cambios hormonales de parejas primerizas, tanto heterosexuales como homosexuales, a lo largo del embarazo. Las mujeres embarazadas mostraban grandes aumentos prenatales de cortisol, progesterona, estradiol y testosterona. Los hombres, en cambio, registraban descensos notables en las dos últimas.

«. Al ser encuestados a los tres y a los seis meses del parto, los padres que habían mostrado mayores descensos prenatales declararon contribuir más a las tareas domésticas y al cuidado del bebé, algo que sus parejas confirmaron por separado. «Los cambios hormonales parecen ser lo primero, lo que predice una mayor inversión», sostiene la investigadora.

Ese descenso hormonal podría explicar algunos síntomas de la couvade. Los niveles bajos de testosterona y de estradiol se asocian al aumento de peso en los hombres, y el segundo se ha relacionado también con la depresión. Lo que sigue sin conocerse es el desencadenante: qué señal, qué gesto, qué momento del embarazo pone en marcha el mecanismo. La investigación neurológica apunta en la misma dirección. Un estudio publicado en 2024 reveló que el volumen de materia gris se reduce en los padres después del parto, igual que en las madres, en un proceso de poda sináptica que potencia las áreas cerebrales dedicadas a interpretar las señales del bebé, al vínculo afectivo y al cuidado. Los hombres con mayores reducciones dijeron pasar más tiempo con sus recién nacidos y sentir un vínculo más fuerte, lo que sugiere una adaptación lograda.

El padre no es un espejo

Con todos esos factores sobre la mesa, Singley rechaza la idea más extendida: que el síndrome de Couvade sea un simple reflejo, consciente o no, de los síntomas de la pareja embarazada. «Es una forma bastante tradicional de ver la experiencia de la paternidad», advierte. Quien espera un hijo sin gestarlo, argumenta, no se limita a imitar lo que ve: atraviesa sus propios ajustes psicológicos, sociales, neurológicos, endocrinos e interpersonales. «Porque es una persona independiente», remata.

Esa frase reordena todo lo anterior. El hombre con náuseas en el tercer mes no es un actor secundario copiando el papel de la protagonista, ni un enfermo con una patología sin clasificar, ni un rito antropológico mal interpretado por un viajero victoriano. Es alguien cuyo cuerpo y cuya cabeza han decidido, a su manera y sin pedir permiso, que el embarazo también va con él. La ciencia aún no sabe medirlo con precisión, no ha encontrado su casilla en los manuales y discute si el origen está en las hormonas, en el estrés o en una mezcla de ambos. Mientras tanto, los síntomas siguen apareciendo en silencio, cada mañana, en hombres que no esperaban sentirse embarazados.

«En definitiva, de lo que hablamos es de cómo las personas se cuidan entre ellas y qué sucede cuando lo hacen», concluye Powis. Puede que ahí, en ese gesto cotidiano y sin nombre clínico, esté la explicación más antigua y la más difícil de medir.