La amenaza de Rusia contra la OTAN ya tiene informes de inteligencia de varios países que advierten de un posible ataque en cuestión de meses. Lo dicen primeros ministros y presidentes con nombre y apellidos, no un foro cualquiera.
La idea que sobrevuela esas advertencias es que Moscú podría golpear territorio aliado con drones o misiles, presentarlo como un accidente y medir cuánto tarda la Alianza en reaccionar. En juego está el artículo 5, la cláusula que convierte un ataque contra uno en un ataque contra todos.
El primero en dar la voz de alarma fue el primer ministro polaco, Donald Tusk. Según los análisis de los servicios secretos de Polonia, Rusia podría lanzar drones o misiles contra territorio de la OTAN en los próximos meses. El relato oficial, como decimos, sería el de un accidente sin motivo para responder.
Poco después, el presidente francés, Emmanuel Macron, calificó la amenaza de “fundada y bien documentada” y anunció un plan para blindar infraestructuras críticas y la base industrial y tecnológica de defensa frente a drones y ciberataques.
Los informes no describen una invasión a gran escala, sino golpes pequeños y negables pensados para tantear la respuesta aliada
La OTAN respondió por boca de su máximo responsable militar, el almirante Giuseppe Cavo Dragone, quien ha asegurado que la Alianza está preparada y sabe cómo actuar ante un ataque. Su mensaje es que Rusia busca socavar la unidad aliada, pero no lo está consiguiendo.
No todos empujan en la misma dirección, puesto que, el director del servicio de seguridad checo, Michal Koudelka, apuntó a una incursión limitada o a una campaña de influencia. Estonia, en cambio, pidió calma a través de su secretario general de Exteriores, Jonatan Vseviov.
Las consecuencias de un supuesto ataque de Rusia
Sea como fuere, cuando la OTAN habla de poner a prueba la Alianza, habla de decisiones que se toman en horas y arrastran a países enteros. España es miembro de pleno derecho y está cubierta por el paraguas del artículo 5, igual que Polonia o Estonia.
La tensión se nota en dos sitios. Uno es el gasto público: cada punto de PIB que se desvía a defensa es un punto que no va a otra partida. El otro es la energía: Europa ya comprobó en 2022 cómo una escalada en el este dispara el precio del gas.

Y luego está la pregunta incómoda: ¿reaccionaría la OTAN ante un ataque que Moscú presente como un simple error? Esa duda es lo que busca explotar la guerra híbrida, una mezcla de sabotajes, ciberataques y desinformación.
Lo que tenemos que tener claro es que esto no empieza de cero. El punto de inflexión llegó con un ataque fallido con dron contra el aeropuerto de Leipzig, que Alemania atribuyó al “patrón establecido de las operaciones híbridas rusas en Europa”. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo llamaron “nueva escalada” en territorio de la UE.
Rusia negó tener pruebas y el intercambio de gestos fue a más, con Moscú cerrando el consulado alemán en San Petersburgo y varios centros del Instituto Goethe, y Berlín clausuró el consulado ruso en Bonn. El ejército alemán ha simulado un ataque contra Lituania y calcula que podrían registrarse hasta 1.000 soldados heridos diarios, según los datos publicados por Bloomberg.
En el lado opuesto está Eslovaquia. Su primer ministro, Robert Fico, uno de los dirigentes más cercanos a Moscú, atribuye la tensión a “la retórica militar de Occidente” y avisa de que no aceptará que soldados eslovacos participen en “ninguna aventura militar”. Mientras unos servicios secretos ven riesgo real, otros gobiernos creen que el miedo es parte del juego del Kremlin.
Lo que viene depende de dos factores clave. Uno es el invierno, que tensa la energía y las cuentas públicas. El otro es Ucrania, cuyos avances dentro de Rusia empujan a Putin a subir el pulso. De momento, nos mantenemos pendientes de los movimientos de la OTAN en el flanco este y cualquier nuevo incidente aéreo que pudiera ocurrir en las próximas semanas.



