La ley de dependencia apuesta por los cuidados en casa y las trabajadoras de ayuda a domicilio reclaman más recursos. Sin más personal ni mejores condiciones, advierten, el cambio de modelo se queda a medias.
Ángel tiene 96 años y Josefina, 95. Viven en Torrefarrera, un municipio de Lleida. Se conocieron, según recuerda ella, en un baile del pueblo hace más de 70 años, cuando él llegó joven desde Murcia para trabajar en el campo. Se casaron, hicieron amigos y no tuvieron hijos. Su vida ha transcurrido siempre entre las paredes de casa.
En 2020, durante la pandemia, Ángel se rompió el fémur y lo llevaron a una residencia. El hombre risueño y movido que había sido se fue apagando: apenas hablaba y dejó de caminar. Los servicios sociales del pueblo decidieron devolverlo a su casa, con un grado tres de dependencia, el más alto, y con una trabajadora que acude dos veces al día.
Nora, esa trabajadora, ayuda cada mañana a Ángel a levantarse de la cama. Josefina lo resume sentada en su butaca: «No le gustó nada la residencia. Mientras podamos aguantar, estaremos en casa, el jefe no quiere volver a ir ahí».
Su caso ilustra el nuevo rumbo del sistema: la atención en el domicilio gana peso frente a las residencias. Es lo que prefieren la mayoría de las personas mayores y es el eje de la reforma de la dependencia. Pero esa prioridad tropieza con una realidad incómoda: faltan manos, horas y condiciones laborales.
¿Qué ha cambiado con la reforma de la dependencia?
El nuevo enfoque coloca el cuidado en casa como primera opción. El objetivo es que quien lo necesite pueda quedarse en su entorno en lugar de ingresar en un centro. El cambio llega con una factura pendiente: el servicio de ayuda a domicilio necesita más recursos para absorber el aumento de la demanda.
El nuevo modelo se juega en los domicilios: la atención en casa gana terreno mientras el servicio que la hace posible pide más medios.
Las trabajadoras del servicio de ayuda a domicilio han llevado sus protestas a la calle. Reclaman plantillas suficientes, contratos estables y reconocimiento profesional para una labor que incluye asear, vestir, dar de comer, o acompañar a personas con dependencia. Su trabajo, dicen, sostiene el sistema por abajo.
¿A quién afecta y cómo?
El primer afectado es la persona dependiente, que gana calidad de vida si permanece en su casa, pero pierde si el servicio no llega con la intensidad que necesita. El grado tres implica ayuda varias veces al día para actividades básicas como levantarse, asearse o comer.
La segunda pata son las familias. La atención en casa evita el desarraigo y mantiene rutinas y vínculos, pero también traslada una carga enorme al entorno. Sin un servicio público sólido, el cuidado acaba recayendo en las mujeres de la familia, advierten las trabajadoras. Hijas, nueras y vecinas cubren los huecos que deja el servicio.
Los ayuntamientos y las comunidades autónomas completan el mapa: gestionan la ayuda a domicilio y las prestaciones. La reforma obliga a reorganizar recursos, plantillas y horarios en un servicio que, según el sector, ya arrastraba problemas de cobertura y de listas de espera.
Dos décadas de sistema y un reto pendiente
El sistema de atención a la dependencia se puso en marcha con la Ley 39/2006. La norma creó el SAAD, el conjunto de prestaciones y servicios públicos para quienes no pueden valerse por sí mismos, que coordina el IMSERSO. Desde entonces, la casa ha sido la opción preferida por los usuarios, según las entidades del sector, aunque el desarrollo del sistema ha ido por detrás de las necesidades.
La pandemia marcó un antes y un después. El caso de Ángel, que entró en una residencia en 2020 y regresó a su casa, refleja un giro que ahora se consolida en la norma. El sector defiende que el domicilio responde mejor a lo que quieren los mayores, pero exige una red de profesionales que hoy no está garantizada.
Sobre la mesa quedan varios frentes: la financiación del sistema, el reconocimiento profesional de las trabajadoras y los tiempos de valoración de los grados. Un expediente que se retrasa es tiempo que la familia cubre sola.
Lo que viene ahora depende de cómo se despliegue la reforma en cada territorio. Las trabajadoras piden recursos antes que cambios sobre el papel. Sin ellos, la casa seguirá siendo la opción deseada, pero no siempre la posible.
📌 El foco social: las claves
- 🔎 Qué es lo importante: La reforma prioriza el cuidado en casa y el servicio de ayuda a domicilio pide más medios.
- 👥 Quiénes son los afectados: Personas mayores y dependientes, sus familias y las trabajadoras del servicio domiciliario.
- ➡️ Qué consecuencias puede traer: Más demanda de ayuda en casa y el riesgo de que la atención dependa de la plantilla disponible.




