Caducar es una palabra que asociamos a la nevera y al botiquín, a la fecha impresa en la tapa del yogur o en la caja del ibuprofeno. Pero buena parte de lo que usamos a diario tiene también una vida útil, solo que rara vez aparece en un lugar visible. El ejemplo más claro es el de los cosméticos: la normativa europea obliga a marcar el PAO, el símbolo del tarro abierto con un número y una M, en aquellos cuya duración mínima supera los 30 meses. Casi nadie repara en ese código.
Esta lista mezcla a propósito tipos de caducidad muy distintos: hay obligaciones legales, recomendaciones de fabricante, consejos de higiene avalados por dermatólogos y umbrales de desgaste que proceden de estudios, pero que no son fronteras exactas. Los 600-800 kilómetros de las zapatillas arrastran el rastro de un trabajo de 1985 y hoy funcionan más como convención que como ciencia. Casi nunca la señal salta a la vista: la suela parece intacta, el cepillo luce limpio y el bote de protector solar sigue oliendo igual.
5Las esponjas de baño sintéticas: caducan a las 3-4 semanas
Una esponja de malla sintética no es solo un accesorio de higiene: es un ecosistema. Su estructura de capas y bucles retiene células muertas de la piel, restos de gel y de jabón, y luego se queda colgada en el rincón más cálido y húmedo de la casa, donde apenas termina de secarse entre una ducha y la siguiente. Ese cóctel es el caldo de cultivo perfecto para microorganismos: los análisis microbiológicos han identificado en estos utensilios Staphylococcus aureus, Pseudomonas aeruginosa, Escherichia coli, Klebsiella o Acinetobacter, además de hongos y levaduras como Candida. Buena parte de esa colonización forma biofilm, una película viscosa que el jabón no elimina y que delata ese olor a humedad que no se va. El resultado es que, al frotar, la esponja devuelve a la piel parte de lo que acaba de retirar.
Sobre la caducidad, las referencias no son unánimes: la Cleveland Clinic sitúa el recambio de las esponjas de plástico en torno a los dos meses si se cuidan a diario, y reserva las tres o cuatro semanas para las lufas naturales. La horquilla de 3-4 semanas es, por tanto, un criterio prudente que muchos divulgadores aplican también al plástico, y la señal definitiva no es el calendario sino el aspecto: si huele a rancio, muestra manchas negras, verdes o rosadas o una textura pegajosa, ya es tarde. Para estirar su vida útil conviene aclararla hasta que el agua salga limpia, escurrirla y colgarla fuera de la ducha, en un lugar ventilado, y desinfectarla una vez por semana con un remojo de 5 a 10 minutos en vinagre blanco diluido o cinco minutos en lejía muy diluida. La Academia Española de Dermatología y Venereología recuerda que prescindir de ella y lavarse solo con las manos erosiona menos la piel.
