6 objetos cotidianos de casa que caducan y sigues usando sin saberlo

Caducar es una palabra que asociamos a la nevera y al botiquín, a la fecha impresa en la tapa del yogur o en la caja del ibuprofeno. Pero buena parte de lo que usamos a diario tiene también una vida útil, solo que rara vez aparece en un lugar visible. El ejemplo más claro es el de los cosméticos: la normativa europea obliga a marcar el PAO, el símbolo del tarro abierto con un número y una M, en aquellos cuya duración mínima supera los 30 meses. Casi nadie repara en ese código.

Esta lista mezcla a propósito tipos de caducidad muy distintos: hay obligaciones legales, recomendaciones de fabricante, consejos de higiene avalados por dermatólogos y umbrales de desgaste que proceden de estudios, pero que no son fronteras exactas. Los 600-800 kilómetros de las zapatillas arrastran el rastro de un trabajo de 1985 y hoy funcionan más como convención que como ciencia. Casi nunca la señal salta a la vista: la suela parece intacta, el cepillo luce limpio y el bote de protector solar sigue oliendo igual.

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La almohada: caduca a los 2 años por acumulación de ácaros, piel muerta y pérdida de soporte cervical

Four views of a human skeleton
Foto de Aakash Dhage en Unsplash

La almohada pasa desapercibida porque nadie levanta la vista del relleno: debajo de la funda, el interior se convierte noche tras noche en un soporte cálido y húmedo donde el sudor, la saliva y la grasa de la piel y el pelo van penetrando el tejido. Ese cóctel alimenta a los ácaros del polvo, que se nutren de las células muertas que desprendemos al dormir, y también a hongos y bacterias. Un trabajo de la Universidad de Manchester detectó millones de esporas fúngicas —entre ellas Aspergillus fumigatus— en almohadas usadas más de año y medio, un hallazgo que los investigadores vincularon con asma y sinusitis. Distintos análisis sitúan en torno al 10-15 % del peso de una almohada con dos años, y hasta un tercio según otras estimaciones, la mezcla acumulada de ácaros, piel muerta, moho y microorganismos. En personas alérgicas, el síntoma típico son los estornudos al despertar, la congestión nasal y el picor de ojos.

El otro problema no se ve, pero se nota en el cuello. Cada noche el peso de la cabeza comprime el relleno y, a fuerza de repetirse, la almohada pierde altura y firmeza hasta dejar de sostener la alineación entre cabeza, cuello y columna. De ahí el dolor cervical matutino, la rigidez de hombros y los microdespertares que impiden llegar al sueño profundo, con la sensación de haber dormido ocho horas sin descansar. Para comprobar si ya ha caducado existe una prueba casera: doblarla por la mitad y ver si recupera su forma; si se queda aplastada, ha agotado su vida útil. La Fundación Nacional del Sueño sitúa el recambio en torno a los dos años, aunque el margen depende del material: el poliéster puede durar apenas un año, mientras que el látex aguanta hasta tres o cuatro.

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