6 objetos cotidianos de casa que caducan y sigues usando sin saberlo

Caducar es una palabra que asociamos a la nevera y al botiquín, a la fecha impresa en la tapa del yogur o en la caja del ibuprofeno. Pero buena parte de lo que usamos a diario tiene también una vida útil, solo que rara vez aparece en un lugar visible. El ejemplo más claro es el de los cosméticos: la normativa europea obliga a marcar el PAO, el símbolo del tarro abierto con un número y una M, en aquellos cuya duración mínima supera los 30 meses. Casi nadie repara en ese código.

Esta lista mezcla a propósito tipos de caducidad muy distintos: hay obligaciones legales, recomendaciones de fabricante, consejos de higiene avalados por dermatólogos y umbrales de desgaste que proceden de estudios, pero que no son fronteras exactas. Los 600-800 kilómetros de las zapatillas arrastran el rastro de un trabajo de 1985 y hoy funcionan más como convención que como ciencia. Casi nunca la señal salta a la vista: la suela parece intacta, el cepillo luce limpio y el bote de protector solar sigue oliendo igual.

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Las sartenes de teflón rayadas: liberan microplásticos y pierden toda la capa antiadherente

Foto de Bioscience Image Library by Fayette Reynolds en Unsplash

Ese rayón que llevas meses mirando con indulgencia no es una mancha estética: es la punta del iceberg. El recubrimiento antiadherente es politetrafluoroetileno (PTFE), un fluoropolímero que pertenece a la familia de los PFAS, los llamados "químicos perpetuos". Un estudio de las universidades de Newcastle y Flinders, publicado en 2022 en Science of The Total Environment, midió qué ocurre cuando una espátula metálica roza la superficie: un solo arañazo puede liberar unas 9.100 partículas de micro y nanoplástico, y un recubrimiento ya roto hasta 2,3 millones en apenas 30 segundos de cocinado simulado. La misma investigación comprobó que las sartenes viejas sueltan más partículas, y más grandes, que las nuevas, incluso usando utensilios de madera. Lo inquietante es que esas partículas son invisibles y acaban en la comida.

El segundo problema no se ve en el dibujo del rayón, sino en el calor. El PTFE se degrada de forma notable por encima de los 260 °C, una temperatura que una sartén vacía al fuego alto alcanza en pocos minutos; a partir de ahí libera vapores asociados a la "gripe del teflón" y a la muerte de aves domésticas, sensibles centinelas de esos humos. Al mismo tiempo, cada capa que se pierde arruina justo lo que pagaste: la antiadherencia. Por eso las recomendaciones médicas insisten en desechar cualquier sartén con grietas o desconchones visibles en cuanto aparecen, sin esperar a amortizarla. Usar madera o silicona y cocinar a fuego medio ralentiza el desgaste, pero no lo detiene; sustituir por acero inoxidable, hierro fundido o cerámica sin fluoropolímeros sí lo elimina. Las normas que empiezan a vetar los PFAS en cosmética o textil siguen dejando fuera, de momento, la cocina.

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