Fenómenos naturales vistos desde el espacio: la Tierra en alerta

De la columna de ceniza que un astronauta avistó a las tres de la madrugada hasta la primera fotografía completa de la Tierra, la órbita se ha convertido en un observatorio privilegiado. La Estación Espacial Internacional orbita a unos 400 kilómetros de altura.

Eran las tres de la madrugada, hora de Alaska, del 23 de mayo de 2006. A bordo de la Estación Espacial Internacional, el ingeniero de vuelo Jeff Williams tenía ante los ojos un punto del planeta que, en ese instante, nadie más estaba mirando: el volcán Cleveland, en las islas Aleutianas, acababa de empezar a expulsar una nube de gas. Williams descolgó el teléfono y llamó al Observatorio Vulcanológico de Alaska para avisar de lo que veía. Poco después, cuando la actividad ya resultaba evidente, tomó una fotografía en la que la columna de ceniza se desplaza hacia el suroeste desde la cima. El episodio fue breve —dos horas más tarde la nube se había desprendido por completo del volcán—, pero quedó registrado desde un punto de vista que ningún ser humano había ocupado antes: el de quien contempla la Tierra desde fuera.

La escena condensa una paradoja que atraviesa toda la historia de la exploración espacial. Los desastres naturales —inundaciones, huracanes, erupciones, incendios— dan forma al planeta ante la mirada impotente de quien los sufre en tierra. Sin embargo, a unos cuatrocientos kilómetros de altura, esos mismos fenómenos se convierten en un espectáculo de otra naturaleza: inmenso, silencioso, casi abstracto. Los satélites y los astronautas ofrecen la posibilidad de contemplar lo que abajo es catástrofe desde un balcón privilegiado y, de paso, de medirlo, anticiparlo y comprenderlo.

La Tierra es un planeta en cambio constante, y lo es por definición. Desde el núcleo hasta la atmósfera, los procesos que se llevan a cabo responden a impulsos naturales: el movimiento de las placas tectónicas, los cambios en la presión atmosférica, el choque del viento solar contra el escudo magnético. Cuando ocurren, esos fenómenos ocupan las portadas del mundo entero, y el ser humano asiste a ellos con la certeza de que no puede controlarlos. Lo que sí puede hacer es mirarlos desde arriba. Los astronautas de la Estación Espacial Internacional son los primeros en disfrutar de esas vistas; detrás van los científicos que gobiernan los observatorios y los satélites de teledetección. De esa doble mirada, la del testigo y la del técnico, nace un modo distinto de entender el planeta.

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El balcón más codiciado del planeta

Dejar el hogar para vivir en uno de los centros tecnológicos más avanzados de la historia resulta sugerente para casi cualquier persona. Si las vistas son las que ofrece la Estación Espacial Internacional, el argumento se vuelve irresistible. El laboratorio orbital se ha convertido en el mejor balcón posible para contemplar la grandeza de la Tierra, y su ventana predilecta es la cúpula: ese módulo acristalado que funciona a la vez como puesto de mando del brazo robótico y como mirador privilegiado.

El 11 de septiembre de 2010, la astronauta e ingeniera de vuelo Tracy Caldwell Dyson se asomó a esa cúpula y quedó retratada contemplando el planeta. La imagen muestra a una mujer absorta ante el azul, sin más paisaje que el curvo horizonte terrestre. Es una escena recurrente en la historia de la estación, y no solo por su valor estético: mirar la Tierra desde la órbita obliga a un cambio de escala. Las fronteras se desdibujan, las tormentas se ven enteras de un solo golpe y los sistemas que en tierra parecen caóticos revelan, desde arriba, su estructura interna.

La estación orbita a unos cuatrocientos kilómetros de altura y completa una vuelta al planeta cada hora y media, de modo que su tripulación asiste a numerosos amaneceres y atardeceres en una sola jornada. Esa cadencia convierte a sus ocupantes en observadores permanentes y, en ocasiones, en los primeros testigos de un suceso. Cuando un volcán despierta o un incendio se desborda, puede ocurrir que quien lo advierta sea alguien que flota sobre él.

La canica azul

Antes de que existiera la Estación Espacial Internacional, hubo una fotografía que cambió para siempre la manera de mirar el planeta. Titulada originalmente «The Blue Marble» —la canica azul—, corresponde a la primera vista completa que la humanidad tuvo de la Tierra. Corría el 7 de diciembre de 1972 y la tripulación del Apolo 17 capturó la imagen en el instante preciso: el Sol quedaba a sus espaldas y, con ese ángulo, el planeta aparecía completamente iluminado. Fue el regalo involuntario de una misión lunar convertido en icono.

La fotografía mostró algo que hasta entonces solo se intuía: que la Tierra es, sobre todo, atmósfera. Formada en su mayor parte por nitrógeno, oxígeno y argón, la envoltura gaseosa es una de las principales responsables de que la vida pueda desarrollarse aquí. Su historia está ligada a la de los seres vivos: la mayor parte del oxígeno atmosférico procede de un acontecimiento ocurrido hace unos 2.800 millones de años, cuando surgieron las cianobacterias, los primeros microorganismos capaces de producir oxígeno. Aquel cambio transformó la química del aire y, con ella, el destino del planeta.

Pese a su aparente solidez, esa capa es frágil y tiene fecha de caducidad. Las estimaciones indican que la vida útil de la atmósfera terrestre ronda los 1.000 millones de años más. Visto desde la órbita, el dato adquiere una dimensión distinta: aquello que protege a todo lo vivo se revela como un barniz delgado, una película azulada suspendida sobre la roca.

desastres naturales desde el satélite

El ojo que vigila los huracanes

De todos los fenómenos meteorológicos, ninguno despliega tanta energía como un huracán. En el Atlántico, estas tormentas nacen a menudo cerca de Cabo Verde y recorren miles de kilómetros sobre el océano antes de disiparse o de tocar tierra. La Estación Espacial Internacional captó uno de ellos, el huracán Sam, mientras orbitaba a más de cuatrocientos kilómetros sobre Trinidad y Tobago. La imagen muestra la espiral perfecta de la tormenta en mitad del océano, un remolino blanco que parece ajeno a cualquier escala humana.

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Sam fue el quinto huracán más longevo del que se tienen mediciones: se originó el 22 de septiembre de 2021 y se mantuvo activo hasta el 9 de octubre de ese mismo año, llegando a amenazar las costas de las islas Bermudas. Su caso ilustra hasta qué punto la observación desde la órbita resulta valiosa. Un huracán puede desplazarse más rápido que un guepardo, el animal terrestre más veloz, y generar vientos que superan los 120 kilómetros por hora, capaces de arrasar poblaciones e infraestructuras cuando alcanzan la costa. Anticipar su trayectoria es, literalmente, una cuestión de vidas.

La temporada de huracanes del Atlántico se extiende oficialmente del 1 de junio al 30 de noviembre. Durante esos meses, los satelites y los astronautas siguen el nacimiento, la maduración y la disolución de cada sistema. Lo que el ojo humano detecta como una masa de nubes, los instrumentos lo traducen en presión, temperatura y velocidad del viento: los mismos datos que luego alimentan los modelos de predicción.

Fuego bajo el mar de Bering

El volcán que Jeff Williams fotografió aquella madrugada de 2006 es uno de los más activos de las islas Aleutianas. El Cleveland ocupa la mitad occidental de la isla Chuginadak y pertenece a la familia de los estratovolcanes, aquellos edificios cónicos que se forman por la superposición de capas de lava endurecida, compactadas por la ceniza y las rocas volcánicas. No es un accidente aislado: forma parte de un archipiélago de unas trescientas pequeñas islas volcánicas que describen un arco de casi 1.900 kilómetros cruzando el mar de Bering, entre Alaska y la península de Kamchatka.

La fotografía tomada desde la estación muestra la nube de ceniza desplazándose hacia el suroeste desde la cima y, en el extremo superior derecho, un banco de niebla, rasgo habitual de estas latitudes. El Observatorio Vulcanológico de Alaska estimó que la columna de ceniza pudo elevarse hasta los 6.000 metros por encima del nivel del mar. El episodio, sin embargo, fue corto: dos horas después la nube ya se había desprendido por completo del volcán. La brevedad es la norma en muchas erupciones, y por eso la mirada constante desde la órbita resulta tan decisiva.

Estos edificios volcánicos son, en realidad, la punta visible de un proceso mucho mayor. Las islas Aleutianas se alzan allí donde una placa tectónica se hunde bajo otra, empujando material fundido hacia la superficie. Lo que el astronauta ve como una columna de humo es el resultado de fuerzas que operan a decenas de kilómetros de profundidad y a lo largo de millones de años.

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Luces sobre el cielo polar

No todos los fenómenos que se contemplan desde la órbita son destructivos. La aurora boreal, conocida también como las luces del norte, ha sido avistada sobre Canadá desde el punto más alto de la órbita de la Estación Espacial Internacional. La imagen, tomada por uno de los miembros de la Expedición 53 el 15 de septiembre de 2017, muestra esas cortinas luminosas desde una perspectiva que ningún observador terrestre puede alcanzar: el resplandor aparece curvado sobre el limbo del planeta.

Su origen es tan elegante como su aspecto. Para que se formen, el viento solar ha de presionar contra la magnetosfera, la región del espacio dominada por el campo magnético de la Tierra. Esa presión empuja a los electrones hacia la atmósfera a grandes velocidades, y el choque con los gases atmosféricos produce el fulgor. Lo que en tierra se percibe como un baile de luces verdes y violáceas es, en realidad, el rastro visible de una batalla invisible entre la radiación solar y el escudo magnético del planeta.

Un rayo bajo la Vía Láctea

Hay instantes en los que la casualidad y la técnica se alinean. Una fotografía tomada desde la Estación Espacial Internacional capturó a la vez la Vía Láctea en todo su esplendor y el instante exacto en que un rayo impactaba contra la superficie del planeta, iluminando una franja entera a su alrededor. El autor, el astronauta Kjell Lindgren, compartió la imagen y señaló que el destello del rayo llegó a iluminar incluso los paneles solares de la estación, que orbita a unos cuatrocientos kilómetros de altura.

La foto resume el doble carácter de la observación orbital. Por un lado está la escala cósmica, la galaxia entera desplegada como telón de fondo; por otro, el detalle minúsculo y momentáneo de una descarga eléctrica. Entre ambos extremos se sitúa el planeta, ese punto ni grande ni pequeño desde el que todo sucede. Ningún telescopio terrestre podría componer una escena semejante: hace falta estar dentro de la imagen para captarla.

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Humo sobre California

Año tras año, el estado de California soporta la peor parte de los incendios forestales de Estados Unidos. En 2017, las llamas del sur del estado generaron columnas de humo que se hicieron visibles desde el punto de órbita más bajo de la Estación Espacial Internacional. El astronauta Randy Bresnik fotografió el desastre y compartió las imágenes agradeciendo el trabajo de los bomberos, de los ciudadanos implicados y de cuantos ayudaron a mitigar los efectos del fuego.

Lo que desde tierra es una emergencia confusa, con frentes que avanzan y retroceden en medio del humo, desde el aire se convierte en un mapa legible. Las columnas de humo dibujan la dirección del viento; su grosor, la intensidad del incendio. Los satélites de observación terrestre completan ese retrato con datos sobre la superficie quemada y la evolución del frente, información que después se emplea para desplegar recursos y proteger a la población. El testimonio del astronauta añade a todo ello una dimensión humana: la de quien ve arder un territorio y solo puede inmortalizarlo con una cámara.

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Cuando el río se sale de su cauce

El invierno que dio inicio a 2019 fue uno de los más duros que ha sufrido Estados Unidos en su historia reciente. Las tormentas y las ventiscas sacudieron Nebraska, Dakota del Sur, Iowa y Wyoming, en pleno centro del país, y provocaron que numerosos ríos y arroyos crecieran hasta niveles nunca antes registrados a mediados de marzo de ese año. Nebraska soportó la peor parte.

Para documentar el desastre, el satélite Landsat 8 capturó imágenes de una misma región en dos momentos: marzo de 2018 y, justamente un año después, cuando tuvieron lugar las inundaciones. La comparación es elocuente. En la segunda imagen se aprecia el desbordamiento de los ríos Elkhorn, Missouri y Platte, que pusieron en peligro a la población de Omaha y anegaron la base Offutt de las fuerzas aéreas estadounidenses. Lo que una fotografía aislada no muestra, la serie temporal lo revela: la diferencia entre el cauce normal y la catástrofe.

Ese es el gran mérito de la teledetección: no tanto la foto espectacular como la capacidad de comparar, medir y archivar. Un satélite que repite su mirada sobre el mismo territorio permite reconstruir la historia de un río, de una costa o de un glaciar, y detectar cuándo algo se sale de su patrón habitual. La belleza de las imágenes es, en el fondo, un efecto secundario de su utilidad.

Una mirada que cambia el planeta

Vistos desde la órbita, los desastres naturales pierden su condición de anécdota y revelan su verdadera naturaleza: la de procesos que dan forma al planeta desde hace miles de millones de años. El humo de un incendio, la ceniza de un volcán, el remolino de un huracán, la crecida de un río o el resplandor de una aurora son capas superpuestas de una misma historia, la del cambio constante. La diferencia es que ahora, por primera vez, alguien puede contarla desde dentro.

Esa mirada ha dejado de ser un privilegio de astronautas y se ha convertido en una herramienta cotidiana. Los satélites vigilan volcanes, siguen huracanes, miden sequías y cartografían inundaciones. Los astronautas, mientras tanto, siguen asomándose a la cúpula para observar lo que ningún instrumento sustituye del todo: el asombro de ver el planeta entero, con sus tormentas y sus luces, funcionando a la vez. La próxima vez que un volcán despierte a las tres de la madrugada, puede que el primero en advertirlo no sea nadie que viva a sus pies, sino alguien que flota cuatrocientos kilómetros más arriba.