6 objetos cotidianos de casa que caducan y sigues usando sin saberlo

Caducar es una palabra que asociamos a la nevera y al botiquín, a la fecha impresa en la tapa del yogur o en la caja del ibuprofeno. Pero buena parte de lo que usamos a diario tiene también una vida útil, solo que rara vez aparece en un lugar visible. El ejemplo más claro es el de los cosméticos: la normativa europea obliga a marcar el PAO, el símbolo del tarro abierto con un número y una M, en aquellos cuya duración mínima supera los 30 meses. Casi nadie repara en ese código.

Esta lista mezcla a propósito tipos de caducidad muy distintos: hay obligaciones legales, recomendaciones de fabricante, consejos de higiene avalados por dermatólogos y umbrales de desgaste que proceden de estudios, pero que no son fronteras exactas. Los 600-800 kilómetros de las zapatillas arrastran el rastro de un trabajo de 1985 y hoy funcionan más como convención que como ciencia. Casi nunca la señal salta a la vista: la suela parece intacta, el cepillo luce limpio y el bote de protector solar sigue oliendo igual.

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El cepillo del pelo: caduca al año y devuelve al cuero cabelludo lo que acabas de quitarte

a woman holding a hair brush in her hand
Foto de TYMO Beauty en Unsplash

Los dermatólogos lo comparan con el cepillo de dientes y recomiendan cambiar el del pelo como mínimo una vez al año, aunque en muchas casas el mismo cepilla cabezas durante lustros. Entre las cerdas se va depositando sebo, células muertas, polvo y restos de laca, geles, aceites y cremas, una mezcla que la humedad del baño y el calor del secador no hacen más que alimentar. Un trabajo de la Universidad de Arizona recogido por la revista Elle cifró en unas 3.500 las variedades de bacterias que puede albergar un cabezal. El problema no es solo lo que se acumula dentro, sino lo que sale: cada pasada devuelve al cuero cabelludo recién lavado parte de ese material, de modo que el pelo se engrasa antes de tiempo, pierde brillo y la raíz se irrita, sobre todo en pieles sensibles o con tendencia a la caspa.

El segundo frente es el desgaste físico, que avanza aunque el cepillo parezca intacto. Con los meses las cerdas se doblan, se rompen o se vuelven rugosas, dejan de deslizarse y empiezan a tirar, lo que se traduce en fricción, puntas abiertas, encrespamiento y rotura de la fibra. Las especialistas consultadas por Telva señalan señales claras: cerdas deformadas o ausentes, base agrietada, residuos que no salen ni tras lavarlo y olor que persiste. La recomendación general es renovarlo cada 6 o 12 meses según el uso, y antes, en torno a los cuatro meses, si es de cerdas sintéticas. Para estirar su vida útil, conviene retirar los pelos tras cada cepillado, lavarlo con agua tibia y champú una vez por semana y desinfectarlo cada quince días con alcohol diluido.