Caducar es una palabra que asociamos a la nevera y al botiquín, a la fecha impresa en la tapa del yogur o en la caja del ibuprofeno. Pero buena parte de lo que usamos a diario tiene también una vida útil, solo que rara vez aparece en un lugar visible. El ejemplo más claro es el de los cosméticos: la normativa europea obliga a marcar el PAO, el símbolo del tarro abierto con un número y una M, en aquellos cuya duración mínima supera los 30 meses. Casi nadie repara en ese código.
Esta lista mezcla a propósito tipos de caducidad muy distintos: hay obligaciones legales, recomendaciones de fabricante, consejos de higiene avalados por dermatólogos y umbrales de desgaste que proceden de estudios, pero que no son fronteras exactas. Los 600-800 kilómetros de las zapatillas arrastran el rastro de un trabajo de 1985 y hoy funcionan más como convención que como ciencia. Casi nunca la señal salta a la vista: la suela parece intacta, el cepillo luce limpio y el bote de protector solar sigue oliendo igual.
2Las zapatillas de deporte: caducan a los 600-800 km aunque la suela se vea intacta
Las 600-800 kilómetros que se citan como caducidad no salen de la nada, pero tampoco son una frontera científica exacta: buena parte de esa cifra arrastra el rastro de un estudio de 1985, y hoy funciona sobre todo como la recomendación más repetida por marcas y tiendas especializadas. El desgaste que importa ocurre donde no se ve. La mediasuela, esa capa de espuma situada entre la suela y el pie, acumula miles de ciclos de compresión y va perdiendo la capacidad de recuperar su forma original. Un trabajo clásico publicado en Journal of Biomechanics comprobó que, a partir de los 500 kilómetros, la presión plantar máxima podía llegar a duplicarse. Otros análisis apuntan a que la amortiguación del talón cae entre un 16% y un 33% tras unos 480 kilómetros, y que la estructura de la espuma empieza a deteriorarse alrededor de los 750.
Por eso la suela aparentemente intacta engaña: el caucho exterior puede aguantar mientras la espuma de encima ya está vencida, y el cuerpo se adapta tan despacio que el corredor no percibe el cambio. Las señales fiables son otras: mayor dureza al aterrizar, menos respuesta, sensación de que el pie se desplaza dentro del calzado, una zapatilla que sobre una superficie plana se inclina hacia un lado o arrugas profundas de compresión que ya no desaparecen. De ahí el riesgo de molestias en rodillas, tobillos o cadera, habituales cuando se sigue corriendo con material agotado. Conviene matizar que los 600-800 kilómetros no valen para todos: un estudio presentado en 2024 en Medicine & Science in Sports & Exercise concluyó que ese umbral depende del modelo, incluso dentro de una misma marca, y una investigación de la Universidad de Castilla-La Mancha observó que las espumas modernas de PEBA se degradan antes que el EVA tradicional. El peso del corredor, la superficie y el tipo de pisada también adelantan o retrasan ese final.
