En el mercado de Belén de Iquitos, los dientes de jaguar se venden como joyas. Montones de pieles de felino, cabezas disecadas y garras engastadas en piedras semipreciosas comparten mostrador con la artesanía de madera. La mayoría de los vendedores actúa con cautela: el jaguar es una especie protegida por la ley peruana y por un tratado internacional. Pese a la prohibición, la agencia ambiental provincial de Loreto acumula decomisos de pieles de felino y reconoce que el tráfico de muchas especies ha crecido de forma sostenida.
Esos puestos callejeros son la punta visible de un entramado que cruza el Pacífico. Cientos de especies amazónicas —jaguares, tortugas, loros, guacamayos, ranas venenosas de dardo, peces tropicales— viajan hacia Asia, sobre todo hacia China, en cantidades insostenibles. Los investigadores advierten de que el daño al bioma del Amazonas puede ser profundo. La demanda incluye ingredientes para la medicina tradicional china, pieles y piezas para la industria de la moda y ejemplares vivos para el mascotismo. El hilo conductor de este flujo es la creciente inversión china en la cuenca amazónica.
La Amazonia abarca 5,4 millones de kilómetros cuadrados, un área equivalente a dos terceras partes del tamaño de Estados Unidos. Más de la mitad queda dentro de Brasil; el resto se extiende por Bolivia, Colombia, Ecuador, Guayana Francesa, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela. Es una de las regiones más biodiversas del planeta: alberga cerca de una cuarta parte de las especies terrestres de animales y plantas y más especies de peces que cualquier otro sistema fluvial. Algunas no existen en ningún otro lugar del mundo.
La cuenca y sus rutas comerciales
Más de 12.000 especies del Amazonas están protegidas por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES), el tratado internacional que limita o prohíbe la actividad comercial transfronteriza. La norma, sin embargo, no ha logrado detener a los traficantes. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el comercio ilícito de vida silvestre ocupa el cuarto puesto entre las actividades criminales más lucrativas del mundo, con un valor estimado de hasta 23.000 millones de dólares al año. La falta de cumplimiento de la normativa y las sanciones leves lo convierten en un negocio de bajo riesgo y grandes beneficios.
Las rutas de salida del Amazonas están bien establecidas. Senderos desgastados por el uso sirven como conductos para todo tipo de actividades criminales. Ocho de los países amazónicos figuran entre los mayores traficantes de cocaína, y el dinero procedente de la tala ilegal, la minería y el tráfico de armas contribuye a financiar la infraestructura clandestina del comercio de fauna. No se trata de un fenómeno nuevo, pero sí de una escala distinta.
Conexión Amazonas-China
China domina el comercio con América del Sur: sus transacciones en el continente superaron los 450.000 millones de dólares en 2021. Ese flujo de dinero, unido a la presencia de empresas y trabajadores chinos, ha catalizado el movimiento de animales amenazados y de especies comercializadas legalmente desde el Amazonas hacia China y el sureste asiático. La demanda es amplia e incluye desde jaguares hasta reptiles, tortugas, loros, pájaros cantores, ranas venenosas de dardo y peces tropicales.
Juliana Machado Ferreira, directora ejecutiva de FREELAND Brasil y coautora de un informe sobre el tráfico ilícito de vida silvestre en Brasil publicado en 2020, distingue dos perfiles de comerciantes. «Están los trabajadores que vienen aquí y quieren llevar un regalo para casa», dice, y añade que los grandes comerciantes son organizaciones criminales de alto nivel.

El patrón africano repetido
La conexión entre inversión y tráfico no es una novedad histórica. Un modelo parecido se desarrolló a principios de la década de 2000, cuando las empresas mineras, madereras y de infraestructura chinas se instalaron en África y desencadenaron una caza furtiva catastrófica de elefantes, rinocerontes y pangolines. Los expertos temen que la cuenca amazónica esté repitiendo aquel guion.
Elizabeth Bennett, vicepresidenta para la conservación de especies de la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre (WCS, por sus siglas en inglés), fue una de las primeras voces que alertaron de este riesgo, en la Conferencia sobre el Comercio Ilegal de Vida Silvestre celebrada en Londres en 2018. La presencia china en América Latina, según su análisis, había desencadenado «una explosión del crimen organizado transpacífico, incluido el tráfico de personas, drogas y armas, así como la vida silvestre».
«Explosión del crimen organizado transpacífico, incluido el tráfico de personas, drogas y armas, así como la vida silvestre» — Elizabeth Bennett, vicepresidenta de conservación de especies de la WCS.
El jaguar como sustituto del tigre
El caso del jaguar ilustra la mecánica del mercado. Como quedan pocos tigres salvajes en Asia, las partes de jaguar se venden como sustitutas de las de tigre en la medicina tradicional china. Así lo explica Dora Arévalo Valencia, de la WCS, cuyo trabajo se centra en el tráfico de vida silvestre en América del Sur. Tras la protección del jaguar por un tratado internacional en 1975, el comercio colapsó; la intensa demanda china representa una amenaza nueva y creciente.
En Bolivia, los colmillos, las garras, la piel y los genitales de un jaguar pueden venderse por hasta 3.000 dólares, una cifra muy superior al salario mensual habitual y una fracción del precio que alcanzan en Asia. Según Esteban Payán, biólogo del Grupo de Especialistas en Felinos de la Comisión de Supervivencia de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la gente de la zona, los madereros y los mineros de oro empezaron a matar jaguares para guardar sus partes «cuando pasen los chinos».
Los primeros informes de contrabando surgieron en 2003, cuando redes del crimen organizado en Surinam orquestaban ventas de dientes y garras de jaguar a compradores chinos. En 2017, la estación de radio Red Patria Nueva difundió un anuncio en el que alguien buscaba colmillos de «tigre», como se llama al jaguar en algunas zonas, «preferiblemente largos y limpios». Bolivia ha presentado 57 casos de contrabando de jaguares desde 2014, con dos incautaciones adicionales en China. En 2018, una redada en Bolivia permitió confiscar partes de unas 54 especies, incluidas serpientes y armadillos, y detener a dos personas de nacionalidad china y una boliviana.

Una industria transnacional de bajo riesgo
La Amazonia se ha convertido en lo que un funcionario medioambiental de Loreto describió como «una frontera sin ley». La criminalidad está profundamente arraigada. Los envíos de animales fluyen hacia los países asiáticos, sobre todo hacia China —el mayor consumidor de vida silvestre del mundo— y Vietnam, según Juliana Machado Ferreira. Los ejemplares se venden vivos o en piezas: como mascotas para aficionados, como trofeos y joyería, como adornos para ropa de alta costura, como objetos de coleccionista y como supuestas medicinas o cocina exótica. Los artículos raros y de gama alta se exhiben como símbolos de estatus.
Las cifras de Perú ofrecen una idea de la magnitud. Entre 2000 y 2017, los funcionarios confiscaron 79.000 animales amenazados, además de decenas de miles de partes corporales. La pandemia de COVID-19 interrumpió tanto la aplicación de la ley como la investigación, por lo que no existen estadísticas completas posteriores. La WCS estima que el comercio de vida silvestre entre América del Sur y Asia se duplicó durante la década de 2010.
Los métodos de transporte reflejan la crueldad del negocio. Los animales son hacinados sin comida ni agua, en temperaturas extremas, con apenas aire para respirar. Los contrabandistas los esconden en huecos de ruedas, botellas de agua y bolsas de plástico. Muchos no sobreviven al trayecto.
Especies, mercados y métodos extremos
El abanico de especies afectadas es enorme. Un estudio de 2021 centrado estrictamente en el mercado de Belén de Iquitos contó 205 especies. Años antes, la WCS había identificado 383 especies de animales traficadas desde Perú. Las aves ocupan un lugar destacado: los loros y guacamayos viajan con frecuencia a China para satisfacer a los coleccionistas. Los caimanes se envían en grandes cantidades por sus pieles, que se usan en la industria de la moda y como artículos accesorios; los ciudadanos chinos residentes en América del Sur los consumen como carne de animales silvestres.
Para llegar hasta la comunidad indígena Boras, el equipo de investigación abordó un peque peque, un bote tradicional de poco calado, y navegó por el río Amazonas hasta el afluente Momón. Allí, un anciano de la comunidad relató que compradores chinos llegaron en 2015 con la intención de comprar dientes y pieles del llamado tigre americano y que, desde entonces, realizaban pedidos periódicos. Este patrón de contactos previos y pedidos a los cazadores se repite en varias zonas. El mercado asiático en expansión, ligado a la inversión financiera china, ha creado un incentivo económico para los cazadores furtivos y los traficantes locales.

El declive de la biodiversidad
En octubre de 2022, un informe de WWF y la Sociedad Zoológica de Londres lanzó una alerta urgente sobre la biodiversidad de la región. América Latina y el Caribe, incluida la Amazonia, habían sufrido un declive del 94% en el tamaño medio de la población de vida silvestre durante los 48 años anteriores, la mayor caída registrada en cualquier región del mundo. Aunque la deforestación es la causa principal, el comercio ilegal también contribuyó a la crisis.
Un estudio de 2020 estimó que una cuarta parte de los proyectos liderados por China en la Amazonia están devastando las zonas protegidas, mientras que una tercera parte invaden territorios indígenas. Más de 140.000 millones de dólares en préstamos de bancos estatales chinos respaldaron empresas de construcción de carreteras, intereses mineros y madereros, y sus trabajadores llegaron en gran número a la región amazónica. Estas actividades abrieron los bosques a los cazadores furtivos y pusieron en peligro los ecosistemas.
Respuestas legales y vacíos
Pese a la existencia de CITES y de legislaciones nacionales, la aplicación de la ley es débil. Las sanciones leves y la falta de recursos dejan a los cuerpos de inspección en desventaja. Las autoridades confiscan pieles, dientes y animales vivos, pero los decomisos representan solo una fracción del comercio real. Los cientos de colmillos de jaguar incautados entre 2014 y 2022 son una muestra mínima de un tráfico mucho mayor, y los jaguares son solo una de las muchas especies objetivo de los cazadores furtivos.
La pandemia de COVID-19 agravó el problema al interrumpir tanto la vigilancia como la recopilación de datos. Sin estadísticas completas, los organismos de conservación trabajan a ciegas. La falta de información actualizada impide dimensionar con precisión el fenómeno y dificulta la adopción de medidas proporcionales.
La cuenca del Amazonas ha sido durante siglos un espacio de extracción: caucho, madera, oro, cocaína. El comercio de vida silvestre añade una capa más a esa historia, pero con una diferencia: extrae la biodiversidad misma, el capital biológico que no se regenera con la misma rapidez con que se transporta. Mientras exista demanda en los mercados asiáticos y rutas que la conecten con la selva, los dientes de jaguar seguirán brillando en los puestos de Belén, a medio camino entre la joyería y la tragedia.



