Pablo Ojeda explica por qué te hinchas después de comer sano

El nutricionista no culpa a lo que pones en el plato, sino a la velocidad con la que te lo llevas a la boca. Masticar mejor cambia la saciedad y reduce la ansiedad por el dulce.

Comes sano, con proteína y verdura, y acabas con la tripa hinchada y ansiedad por el dulce. A mí también me ha pasado, y la culpa no es del brécol.

El problema no es lo que comes, es la velocidad

El nutricionista Pablo Ojeda lo ha explicado con una frase que duele: el problema no es lo que comes, sino cómo lo comes. Según recoge Trendencias, su aviso no va de dietas estrictas ni de renunciar al dulce, va de algo más raro y más barato: masticar. Puedes verlo desgranado en el perfil oficial de Pablo Ojeda.

Y lo dice sin rodeos: 'La digestión no empieza en el estómago, empieza en la boca'. No es un eslogan, es el punto de partida de todo. Cuando masticas bien, activas la saliva, activas el nervio vago y mandas al cerebro el mensaje de que ya estás comiendo.

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La digestión mecánica también empieza ahí. Si apenas masticas, el estómago recibe trozos más grandes y tiene que trabajar el doble. De ahí la sensación de pesadez aunque hayas comido ligero.

Lo que pasa en tu tripa cuando comes con prisa

La ciencia va en la misma línea. Comer rápido se asocia con más ingesta y, según varios estudios que cita Ojeda, también con más riesgo de sobrepeso. El mecanismo es sencillo: cuando comes rápido, tu cerebro no se entera a tiempo. La hormona de la saciedad llega tarde y sigues comiendo aunque ya era suficiente.

Al engullir, señales como el CCK, el GLP-1 o la insulina no alcanzan su pico hasta unos minutos después de empezar. Si devoras el plato en cinco minutos, ya te has pasado de rosca antes de que el cerebro reciba el aviso. El nervio vago, que conecta cerebro y tripa, ni se entera. Y el final lo conoces: pesadez, hinchazón abdominal, sueño y, al rato, ansiedad por el dulce.

Comer despacio no es postureo: es darle tiempo a tus hormonas para que te digan que ya has comido suficiente.

Por eso Ojeda insiste en algo casi ridículo de simple: el número de masticaciones. La recomendación del doctor Sebastián Aranam está entre 20 y 30 veces por bocado. No hace falta contar cada almendra, pero sí darle trabajo a la mandíbula.

Aquí va el detalle que nadie te cuenta: no toca revisar la dieta ni pasar hambre. Toca empezar por un gesto de cero euros. Masticar entre 20 y 30 veces antes de tragar reduce la ingesta calórica total, mejora la glucosa postprandial y, según el nutricionista, no aumenta el hambre después. No pierdes nada por intentarlo.

Un gesto barato que casi nadie cumple (yo la primera)

La idea no es convertir cada comida en un ejercicio de meditación, pero sí prestar un poco de atención al plato. Basta con soltar el móvil, masticar despacio y escuchar al cuerpo. No promete milagros, y no hace falta. Lo bueno es que empieza en la boca y no en la nevera.

🧠 Para soltarlo en la cena

Comer despacio evita que comas de más y te hinches.

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