Pueblos fantasma: el atlas de 44 ciudades que rebosaron de vida

La escritora francesa Aude de Tocqueville recorre en su Atlas de ciudades perdidas una cuarentena de enclaves que pasaron del bullicio al silencio. Terremotos, minas agotadas, errores humanos y civilizaciones extinguidas explican su desaparición.

El humo asciende desde las grietas del suelo como si la tierra respirara. En Centralia, una antigua localidad minera del interior de Pensilvania, el fuego arde desde 1962 a decenas de metros bajo la superficie y nadie ha logrado sofocarlo. Las carreteras se resquebrajan, el asfalto desprende vapor en invierno y por las fisuras escapan volutas grises y, lo más inquietante, monóxido de carbono. No hay manera de apagar un incendio que se alimenta de galerías subterráneas interminables. Tampoco hubo manera de conservar la ciudad: en 1981 fue evacuada entera y un año después su código postal dejó de existir.

Aude de Tocqueville no ve en Centralia una simple curiosidad morbosa. Para esta escritora francesa, los restos silenciosos de un lugar que rebosó vida encierran una fascinación misteriosa y poética que ninguna ciudad habitada puede igualar. En su libro Atlas de ciudades perdidas: una guía de viaje a destinos abandonados y olvidados, publicado en 2016, recorre 44 enclaves que en algún momento bulleron de actividad y hoy yacen muertos o enterrados. La tesis que sobrevuela el proyecto es sencilla y demoledora: las ciudades, como las personas, nacen, crecen y mueren.

«Por mucho que me gusten las ciudades, me gustan aún más las ciudades muertas», escribe. No lo dice desde una pose sombría: al contrario, se define como una mujer extremadamente alegre y una gran amante de la vida. «Hasta el exceso, diría mi marido», añade entre risas.

Ante el apellido Tocqueville surge una pregunta inevitable: ¿es descendiente del pensador Alexis de Tocqueville, autor de La democracia en América? No. La escritora aclara que no desciende directamente de él, sino que pertenecen a dos ramas distintas de la familia. «Por desgracia», apunta, porque admira todo lo que escribió. El eco del nombre, en cualquier caso, añade una resonancia involuntaria al proyecto.

Publicidad

La raíz de su pasión, explica, no está en el morbo. Al caminar entre ruinas, uno puede imaginar sin límites: inventar la vida de quienes las habitaron, reconstruir su historia, poblar las calles con personajes propios. En una ciudad viva no hay espacio para esa ensoñación, porque la realidad impone su ruido. En una ciudad muerta, en cambio, el visitante se convierte en dueño del relato. A ello se suma su amor por la arquitectura: despobladas y abandonadas, las ciudades revelan estructuras impresionantes que la vida cotidiana enmascara.

El atlas reúne perfiles muy distintos: balnearios lacustres, centros de investigación militar, capitales religiosas, campamentos mineros y aldeas alpinas. Lo que comparten no es la época ni la geografía, sino un mismo destino: la desaparición. A partir de ese fondo común, cada ruina cuenta una pérdida distinta.

Cuatro maneras de matar una ciudad

Cuando de Tocqueville ordena su atlas, no encuentra un caos de historias sueltas, sino un patrón. Las ciudades desaparecen por cuatro causas principales. La primera es la catástrofe natural. Ocurrió en Bam, en Irán, y en Balestrino, en Italia, dos localidades borradas por terremotos. La segunda es económica: los pueblos nacidos al calor de una fiebre extractiva mueren cuando la veta se agota. Así sucedió en los enclaves de la fiebre del oro en Estados Unidos, donde el agotamiento de las minas robó a cada lugar la razón misma de su existencia.

La tercera causa es la insensatez humana, la más inquietante por lo evitable. Epecuén, un encantador balneario lacustre argentino, quedó sumergido porque nadie mantuvo en buen estado las barreras de contención contra las inundaciones. Kantubek, en Uzbekistán, sede de un centro de investigación de armas biológicas, fue evacuado a toda prisa tras una serie de accidentes de laboratorio. La cuarta causa es la muerte de una civilización: el caso de no pocas ciudades romanas y de Tikal, el centro maya que desapareció cuando su civilización sencillamente se quedó sin impulso.

Las cuatro causas no son compartimentos estancos: una catástrofe natural puede desencadenar una crisis económica, y la insensatez humana a menudo se disfraza de decisión administrativa. Pero el esquema permite leer el atlas como un catálogo de fragilidades. Ninguna ciudad, por próspera que haya sido, ha estado a salvo de estas amenazas. En todas las muertes queda un mismo rastro: un lugar que fue y ya no es, una ausencia con ruinas.

Pompeya, dos veces víctima

Pompeya es el ejemplo canónico de la ciudad aniquilada por una catástrofe natural. La erupción del Vesubio del año 79 la sepultó bajo ceniza y piedra pómez, y con ella conservó, por paradoja, la vida cotidiana del mundo romano. Sin embargo, de Tocqueville subraya un segundo desastre, menos épico y más silencioso. Cuando visitó el yacimiento, sectores enteros permanecían cerrados porque los edificios corrían riesgo de derrumbe por falta de restauración. El Gobierno italiano ya no podía costear el mantenimiento de aquella ciudad antigua que tanto ha enseñado sobre cómo vivían los romanos hace dos mil años.

La lección es amarga: un lugar puede sobrevivir a un volcán y sucumbir después a la desidia administrativa. Los recortes presupuestarios convirtieron grandes zonas del enclave en una suerte de ruina de segunda generación. No fue la lava lo que volvió a cerrar las puertas de Pompeya; fue el abandono. El episodio revela una amenaza que ningún terremoto agota: la falta de voluntad para conservar lo que, aun en ruinas, sigue hablando del pasado.

Publicidad

ciudades abandonadas

La arquitectura del silencio

Hay otra razón, más personal, por la que de Tocqueville se declara «loca por la arquitectura» y dice preferir los vestigios a los edificios vivos. Una vez despobladas y abandonadas, las ciudades revelan estructuras impresionantes que el bullicio diario enmascara. Como ejemplo cita Fatehpur Sikri, en la India. Despojada de las colgaduras de sus palacios y de la animación de sus habitantes, la antigua capital mogola queda reducida a marmol, piedra y un silencio infinito. «Es de una belleza sobrecogedora», afirma.

Esa belleza desnuda hila varios pasajes del atlas. En Cartago, en Djémila y en Marib, la escritora ha encontrado el mismo pulso quieto. De Marib, la antigua capital del reino de Saba, en lo que hoy es Yemen, apenas subsisten unas columnas de arcilla apisonada y unas inscripciones sabeas sobre las piedras de los edificios. Fue una escala relevante en la Ruta del Incienso, por la que la mirra y el incienso llegaban a las civilizaciones del Mediterráneo. Hoy, dice de Tocqueville, hay poco que ver. Y sin embargo ese poco basta para activar la imaginación: ya no hay guías ni horarios, solo piedra y silencio.

La ruina despojada invita a un ejercicio que el viajero urbano no puede permitirse: imaginar a los ausentes. «Mientras caminas por ellas, puedes imaginarte todo tipo de cosas», explica. «Puedes hacerlas tuyas, inventar su vida, su historia, las personas que vivieron allí. A diferencia de las ciudades habitadas, no hay límites.» En una metrópoli viva, la imaginación choca con la evidencia; en una ciudad muerta, la ausencia se convierte en papel en blanco.

El oro, el agua y la fiebre

La fiebre de los metales preciosos ha creado y aniquilado ciudades a un ritmo inhumano en América, Europa y África. El descubrimiento de un yacimiento levantaba en pocas semanas un campamento con hoteles, tiendas, salones y la promesa de una prosperidad que duraba lo que tardaba la veta en agotarse. Calico, en California, es un ejemplo rotundo. Nació en 1881 y fue abandonada en 1907: diez años frenéticos de salones, comercios y hoteles que terminaron en una desbandada repentina.

La rapidez con la que nacen estos pueblos suele ser proporcional a la rapidez con la que mueren. Calles enteras se levantan en meses, con cafés y comercios que atienden a una población flotante de buscadores, y desaparecen cuando el filón se agota. El abandono no es una catástrofe, sino una cuenta que se liquida. Pero Calico encierra otra rareza: su segunda vida. Un agricultor de la zona vio en sus fachadas de madera y su aire de Oeste americano la semilla de un negocio turístico. A lo largo de los años, el pueblo original fue reconstruido tal y como era, y hoy es una atracción visitada. En 2005, Arnold Schwarzenegger, entonces gobernador de California, lo designó «pueblo fantasma oficial de la Fiebre de la Plata». Una ciudad muerta, a diferencia de una persona, puede renacer.

El agua también ha borrado ciudades, a veces en cuestión de minutos. En 1952, el pequeño pueblo alpino de Tignes, con sus chalés de madera en los Alpes franceses, quedó engullido por las aguas de una presa construida para alimentar una central hidroeléctrica. Siete años después, en China, la ciudad de Shi Cheng corrió una suerte parecida: más de mil años de historia desaparecieron bajo las aguas de un lago artificial. Durante casi cuatro décadas no se supo nada de ella, hasta que unos buceadores redescubrieron sus restos magníficamente conservados a casi cuarenta metros de profundidad. Hoy se organizan excursiones de submarinismo entre las calles sumergidas. De Tocqueville lo resume con una punta de envidia: le habría encantado ser la primera en verla.

ciudades abandonadas

Gagnon, borrada del mapa

No todas las desapariciones responden a la geología o al agua. Algunas son administrativas, lo que las vuelve todavía más extrañas. Gagnon, en la provincia canadiense de Quebec, nació en 1957 gracias a un yacimiento de hierro. Cuando el mineral se agotó, la localidad remota quedó vacía. En 1984, una votación de la Asamblea Nacional de Quebec la eliminó del mapa, pese a que aún vivían allí más de cuatro mil personas. Hoy ese rincón de la Costa Norte no conserva ni una vivienda ni una carretera: nada recuerda que existió un pueblo.

Publicidad

La ironía llegó tres años después. En 1987 se abrió una ruta directa hacia aquella región inaccesible del extremo norte, justo después de que las excavadoras hubieran borrado Gagnon por completo. La conexión llegó tarde para un lugar que había dejado de existir por decisión política y no por falta de accesos. De Tocqueville se detiene en la paradoja con una pregunta incómoda: ¿cómo se borra un pueblo del mapa del mundo? La respuesta, en Gagnon, fue una votación.

Pripyat: los juguetes y los animales

La insensatez humana alcanza en Pripyat una escala difícil de igualar. En 1986, los habitantes de esta ciudad ucraniana tuvieron quince minutos para abandonar sus hogares. Les dijeron que volverían en tres días. No han regresado jamás: la radiactividad sigue instalada en el suelo y la zona nunca ha sido descontaminada. El desalojo dejó atrás la vida entera: carcasas de automóviles, juguetes infantiles tirados por el suelo, edificios vacíos y un silencio radiactivo que solo se recorre con dosímetro.

De Tocqueville incluye a Fukushima en el capítulo de la insensatez, dos nombres que comparten un mismo origen. En Pripyat, sin embargo, el tiempo libre de presencia humana ha recompuesto un orden inesperado. La naturaleza se ha reafirmado con fuerza. Numerosos animales viven hoy entre los coches abandonados y los objetos perdidos. «Es un espectáculo verdaderamente desolador», sostiene, «provocado por la negligencia de la humanidad y por nuestra incapacidad para cuidar del planeta».

El caso de Pripyat resume con crudeza la relación entre insensatez y desalojo. No hubo enemigo externo ni terremoto. La ciudad no fue destruida por una fuerza natural, sino por un reactor mal diseñado y una cadena de errores humanos. Ese origen convierte sus calles vacías en un reproche silencioso. De Tocqueville evita el tono aleccionador, pero no esconde la evidencia: Pripyat no fue víctima de la fatalidad, sino de la negligencia.

ciudades abandonadas

El pueblo que nunca existió

Hay enclaves que jamás deberían figurar en un atlas de ciudades perdidas porque, en sentido estricto, nunca estuvieron vivos. Jeoffrecourt, en el norte de Francia, es un caso aparte. Fue creado desde cero como escenario para que soldados de toda Europa practicaran la guerra urbana. Tiene de todo: un centro comercial, un lugar de culto e incluso una zona para caravanas, pero jamás ha estado habitado. Incluye además un tramo de la línea Hindenburg, una de las posiciones defensivas establecidas por la retaguardia alemana en 1916.

El resultado, admite de Tocqueville, es un lugar extraño, «como un videojuego». Existe una paradoja incómoda: Jeoffrecourt no murió, porque nunca nació, y sin embargo reúne todos los elementos de una ciudad abandonada. Su silencio no es el de la pérdida, sino el de la simulación. Es la ciudad fantasma por construcción, no por abandono: un decorado a escala real que recuerda lo frágil que es la línea entre habitar y representar.

Lothal y las civilizaciones agotadas

La muerte de una ciudad puede ser, en el fondo, la muerte de la civilización que la sostenía. Lothal, en la India, ilustra bien el caso. Fue absorbida poco a poco por inundaciones repetidas hasta que el agua terminó por borrarla del mapa. Formaba parte de la civilización del valle del Indo, una de las más antiguas del mundo, que floreció entre los años 3300 y 1900 antes de Cristo. Las ruinas no fueron descubiertas hasta 1945, y su hallazgo devolvió a la memoria un puerto interior con calles rectas y un urbanismo adelantado a su tiempo.

La misma suerte corrió la ciudad maya de Tikal. Su desaparición no se debió a un terremoto ni a una riada, sino al agotamiento de una civilización que sencillamente se quedó sin impulso. La selva la envolvió durante siglos. En estos casos, la ruina no habla solo de un lugar, sino de una manera entera de estar en el mundo. Sin un cataclismo que fechar, estas muertes se extienden en el tiempo y resultan menos visibles, pero no por ello menos definitivas.

Un atlas para leer en casa

De las 44 ciudades del atlas, de Tocqueville ha visitado una parte. No se trata, aclara, de una guía práctica: no hay direcciones ni recomendaciones de alojamiento. Es un libro para leer en casa, una colección de historias que aspira a ser conmovedora, poética y misteriosa. Y, a la vez, una invitación a la ensoñación. «Por supuesto, espero que inspire a los lectores a ir a descubrir esos lugares por sí mismos —dice—. O, en el caso de los destinos más remotos, que les haga soñar.» La autora se define como viajera compulsiva, pero admite que viajó menos para este libro que para otros: no buscaba direcciones, sino relatos.

El libro se sitúa así en una tradición híbrida: ni guía de viajes ni ensayo académico, sino cartografía de la pérdida. Una manera de viajar sin salir de casa por los mismos lugares que el lector podría visitar, o simplemente imaginar. De Tocqueville insiste en que no buscaba acumular datos ni ofrecer rutas, sino contar historias que conmueven.

Entre todos los nombres, confiesa una debilidad por Cartago, Djémila y Marib, con Fatehpur Sikri como cúspide emocional. De Marib no queda mucho: unas columnas de arcilla, unas inscripciones erosionadas por el viento. Tal vez por eso conmueve. «Lo que me fascina de las ciudades perdidas —concluye— es que, como nosotras, nacen en un lugar concreto del mundo, crecen y luego mueren. Nos tocan emocionalmente porque son efímeras, exactamente igual que nosotros.»