Antojo dulce: la ciencia explica por qué no puedes vivir sin azúcar

Un gran estudio genético revela que la preferencia por los dulces y las grasas está escrita en los genes, y que esta predisposición eleva el riesgo de obesidad y diabetes tipo 2. La buena noticia: saberlo a tiempo puede cambiarlo todo.

Reconócelo: hay tardes en las que el cuerpo te pide azúcar con urgencia. Y no, no es solo cuestión de fuerza de voluntad; la genética tiene mucho que decir.

Un estudio reciente, presentado en NUTRITION 2026 —la reunión anual de la Sociedad Estadounidense de Nutrición—, ha sacado los colores al azúcar: ciertas variantes genéticas no solo te hacen adorar los dulces o las frituras, sino que además están directamente relacionadas con un mayor riesgo de obesidad y diabetes tipo 2.

Para este trabajo, los investigadores recurrieron a los datos de casi medio millón de personas del Biobanco del Reino Unido y aplicaron un estudio de asociación del genoma completo (GWAS) cruzado con bases de datos sensoriales que describían los sabores de los alimentos. El objetivo era pillar 'in fraganti' la conexión entre el ADN y la preferencia por lo dulce, lo salado o lo graso.

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Tus genes te piden azúcar y no saben de dietas

Julie Gervis, investigadora del Hospital General de Massachusetts y autora principal, lo deja claro: 'La predisposición a comer en exceso alimentos muy apetitosos tiene, en parte, su origen en nuestros genes'. No se trata de echar balones fuera, sino de aceptar que a algunas personas les cuesta el doble resistirse a las galletas recién horneadas.

No es que seas goloso por vicio: tus genes te predisponen a que el dulce te resulte irresistible, y esa atracción, mantenida en el tiempo, se traduce en kilos de más y un mayor riesgo de diabetes.

Tras calcular una puntuación genética para cada sabor, los científicos comprobaron que quienes tenían una mayor predisposición al dulce ingerían, de media, unos 7 gramos más de azúcar al día, una minucia que, sumada día tras día, supone más de 2,5 kilos de azúcar extra al año. Esa diferencia —equivalente a dos terrones diarios— se asoció con un mayor índice de masa corporal y un ligero pero constante incremento del riesgo de diabetes tipo 2.

No es la primera vez que la ciencia asoma la oreja en esto: los genes TAS2R38, por ejemplo, ya habían explicado por qué algunas personas son supercatadoras de lo amargo. Pero el dulce y la grasa estaban menos explorados. Ahora, con este macroestudio, tenemos cifras sólidas.

¿Nacido goloso? Estrategias para engañar al instinto

Pero que tu ADN juegue en contra no implica que el destino esté escrito. La propia Gervis apunta que esta información puede servir para 'identificar precozmente a las personas con mayor riesgo y ofrecerles apoyo específico'. Es decir, si sabes que tus genes te empujan hacia el azúcar, puedes entrenar el paladar con especias, técnicas conductuales o incluso con la ayuda de fármacos como los agonistas del GLP-1, que ya han mostrado cambios sorprendentes en la percepción del gusto.

Y ahí no acaba la cosa: los investigadores ya están analizando cómo afectan estas predisposiciones a la respuesta a esos medicamentos, con la vista puesta en una futura medicina de precisión. Saber qué genes te hacen más vulnerable al capricho de un donut puede ser la llave para que un tratamiento contra la obesidad sea mucho más eficaz.

La ciencia ya lo olía, pero ahora tiene cifras

Que el gusto tiene una fuerte base hereditaria lo llevamos escuchando años, pero este estudio —uno de los mayores realizados hasta la fecha— aterriza el concepto con datos medibles. Ya no es 'será que te gusta lo dulce porque sí'; ahora sabemos exactamente cuánto azúcar de más metes al cuerpo por culpa de una variante concreta.

La próxima vez que te mueras por un trozo de tarta, quizá puedas mirar a tus padres con otros ojos. Pero después de la risa, recuerda: conocer tu predisposición es el primer paso para tomar el control del carrito de la compra.

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🧠 Para soltarlo en la cena

Tu obsesión por el dulce tiene base genética y suma 7 gramos diarios de azúcar.