Los diez descubrimientos más sorprendentes de la Antártida

Ecosistemas secretos bajo el hielo, ADN de un millón de años y colonias de millones de peces son algunos de los hallazgos que redefinieron lo que se sabía sobre el continente más remoto. La ciencia apenas ha arañado la superficie de sus misterios.

El agua negra como el petróleo engullía la sonda a medida que los científicos la desenrollaban. Tras atravesar 500 metros de hielo de la plataforma Larsen, en la Antártida, la cámara llegó a una caverna del tamaño de una catedral. Nadie esperaba encontrar nada allí. No había luz, las temperaturas rondaban la congelación y la presión bastaba para deformar instrumentos. Sin embargo, en ese río subterráneo oculto desde hace milenios, el monitor se llenó de puntos blancos danzantes: miles de diminutos crustáceos —anfípodos— que dibujaban espirales en la oscuridad absoluta. «Empezamos a saltar de alegría», recordaba después Craig Stevens, oceanógrafo del Instituto Nacional de Investigación del Agua y la Atmósfera de Nueva Zelanda (NIWA). Lo que acababan de descubrir era un ecosistema entero que nadie había imaginado.

El hallazgo, registrado en 2022, inauguró una temporada sorprendente para la ciencia antártica. Durante aquellos doce meses, los investigadores extrajeron de las profundidades heladas y oceánicas del continente blanco un caudal de revelaciones que redefinieron lo que se creía saber sobre el último gran territorio inexplorado del planeta. Ecosistemas ocultos, ADN milenario, glaciares en equilibrio precario y formas de vida que desafían las reglas más elementales de la biología convirtieron aquel año en un hito. A continuación, los diez hallazgos que más transformaron nuestra comprensión de la Antártida.

Ecosistema oculto bajo la plataforma de hielo Larsen

La plataforma de hielo Larsen, en la península Antártica, es una de las masas heladas más vigiladas del mundo. Su desintegración progresiva ha sido un indicador del calentamiento global. Sin embargo, lo que había justo debajo permanecía completamente a oscuras, en todos los sentidos. Un equipo internacional utilizó un taladro de agua caliente —una suerte de manguera gigantesca— para perforar el hielo hasta alcanzar los 500 metros de espesor y acceder a una cavidad detectada por satélite. A través de una fisura en el techo de la caverna submarina, los sensores captaron actividad biológica. En las imágenes de vídeo recogidas por el NIWA aparecieron los anfípodos: criaturas de pocos milímetros que se alimentan de bacterias y restos orgánicos arrastrados por corrientes invisibles. Sin luz solar ni aporte externo aparente, aquella comunidad había prosperado durante miles de años, completamente aislada.

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El punto más profundo jamás cartografiado

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En el otro extremo del espectro, un delicado trabajo de cartografía oceánica permitió dibujar el primer mapa de alta resolución del fondo marino antártico. La hazaña fue fruto del proyecto internacional Seabed 2030, que integra datos de más de 1.200 campañas batimétricas. La nueva carta reveló la ubicación exacta del punto más hondo del océano Austral: el Factorian Deep, una fosa que se hunde hasta los 7.437 metros bajo la superficie. Para hacerse una idea: equivaldría a diecisiete rascacielos como el Empire State apilados uno sobre otro hacia el abismo. La fosa había sido detectada tres años antes, pero hasta 2022 se ignoraba cómo se articulaba con el relieve circundante. El nuevo mapa cubre 48 millones de kilómetros cuadrados y se ha convertido en una herramienta esencial para identificar montes submarinos que, según los biólogos marinos, podrían actuar como oasis de biodiversidad en medio de las corrientes heladas.

Floraciones submarinas que desafían la lógica

Las floraciones de fitoplancton son explosiones de vida microscópica que tiñen el océano de verde cuando las condiciones son propicias: nutrientes, temperatura y, sobre todo, luz. Por eso, la comunidad científica daba por sentado que bajo el hielo marino polar, donde la luz apenas se filtra, esas floraciones no podían producirse. Dos estudios independientes destrozaron ese dogma en 2022. En la Antártida, un grupo de investigadores utilizó boyas sumergibles equipadas con sensores de clorofila-a —el pigmento fotosintético— y registró concentraciones altísimas a profundidades de decenas de metros bajo la banquisa. Las observaciones revelaron que algunas microalgas pueden prosperar con tan solo el 1% de la luz que llega a la superficie. El deshielo acelerado, al adelgazar la capa de hielo y acortar su permanencia estacional, podría amplificar en el futuro este fenómeno, creando ecosistemas productivos en las profundidades que antes parecían estériles.

ADN milenario atrapado en el sedimento

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En el mar de Scotia, al norte de la Antártida continental, un equipo de perforación recogía muestras rutinarias del fondo marino cuando algo extraordinario apareció en los análisis. El sedimento, extraído a 178 metros bajo el lecho oceánico, contenía fragmentos de ADN sedimentario (ADN-s) de microorganismos cuya antigüedad se estimó entre 540.000 y un millón de años. Se trataba del ADN más antiguo jamás recuperado en el medio marino. Los restos genéticos más recientes pertenecían con toda probabilidad a diatomeas, un tipo de fitoplancton de paredes silíceas que dejó su huella molecular durante un período de calentamiento global pretérito. Para los paleoclimatólogos, esa información es oro puro: al secuenciar aquellas hebras, pueden reconstruir cómo respondieron los ecosistemas marinos antárticos a cambios drásticos de temperatura y proyectar qué sucederá a medida que la crisis climática actual se intensifique.

El glaciar del Juicio Final, más vulnerable de lo esperado

El glaciar Thwaites, apodado «Doomsday Glacier» —el glaciar del Juicio Final—, concentra por sí solo una enorme cuota de inquietud científica. Si colapsara por completo, el nivel del mar subiría más de medio metro, desestabilizando buena parte del manto de hielo occidental de la Antártida. En 2022, vehículos submarinos teledirigidos cartografiaron la base del glaciar por primera vez y el resultado fue peor de lo temido. El hielo se aferra al lecho rocoso con la misma precariedad con la que un alpinista cansado se sujeta a una repisa. El suelo marino mostraba una serie de surcos paralelos, cicatrices geológicas que delataban episodios previos de retrocesos súbitos durante los últimos siglos. Esas marcas, visibles gracias a un sonar de barrido lateral, revelaron que el glaciar puede moverse a gran velocidad cuando las condiciones lo fuerzan. Una nueva subida extrema de las temperaturas oceánicas podría reactivar ese mecanismo de colapso rápido, con consecuencias difíciles de cuantificar.

Un río subterráneo de 460 kilómetros

La Antártida, que desde el espacio parece un desierto blanco inmóvil, oculta sistemas de drenaje comparables a los de los continentes templados. Científicos británicos utilizaron radares de penetración de hielo montados en aeronaves para mapear las entrañas del continente y descubrieron un río subterráneo que fluye bajo cuatro cuencas de hielo distintas. La corriente, más larga que el río Támesis, drena el agua de fusión de una región que suma la superficie de Francia y Alemania juntas y la vierte en el mar de Weddell. Si todo ese hielo llegase a fundirse como consecuencia del cambio climático, el nivel global del mar podría ascender 4,3 metros. Los investigadores sospechan que esta arteria fluvial no es un caso aislado, sino que forma parte de una red hidrológica subglaciar que aún está por cartografiar, una suerte de Amazonas sumergido que regula el drenaje de la capa de hielo.

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El adiós del iceberg más grande del mundo

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El iceberg A-76A, un coloso de 135 kilómetros de largo por 26 de ancho, se separó de la barrera de hielo Ronne en mayo de 2021. Durante casi un año derivó perezosamente por el mar de Weddell hasta que, en 2022, el satélite Terra de la NASA lo fotografió justo en la boca del pasaje de Drake, la franja de océano más tormentosa del planeta que separa la Antártida de Sudamérica. Una vez dentro de aquel corredor, las corrientes oceánicas lo empujaron inexorablemente hacia el norte, rumbo a aguas cada vez más cálidas. Los glaciólogos observaban la secuencia con la atención de un cirujano, porque el pasaje de Drake funciona como una trituradora para los témpanos: los arrastra hacia el este primero, los hace girar y finalmente los rompe y funde. Nadie sabía, sin embargo, cuánto tardaría A-76A en desaparecer ni dónde liberaría su último cargamento de agua dulce.

Una guardería de sesenta millones de nidos de peces

En el mar de Weddell, una cámara instalada en un buque científico que buscaba ballenas topó con un espectáculo abisal. Sobre un área de 240 kilómetros cuadrados —el equivalente a la superficie de una ciudad mediana— se extendía una colonia de aproximadamente 60 millones de nidos de draco rayado (Neopagetopsis ionah), un pez del grupo de los peces hielo que carece de hemoglobina en la sangre. Cada nido, separado del vecino por apenas 25 centímetros, estaba ocupado por un adulto que montaba guardia sobre un promedio de 1.700 huevos. La densidad de individuos superaba cualquier cosa documentada previamente en el océano profundo. El hallazgo, calificado por el Instituto Alfred Wegener como «la mayor colonia reproductora de peces jamás vista», sugería que aquel rincón del fondo marino funciona como un nodo crítico de la cadena trófica: las focas de Weddell, al parecer, se alimentan de forma habitual en estas zonas, donde las carcasas de los peces muertos alfombran el suelo entre los nidos.

Lago Snow Eagle, la ciudad sumergida bajo el hielo

A 3,2 kilómetros bajo la capa de hielo de la Antártida Oriental, un conjunto de sensores aéreos desveló la existencia de un lago subglacial de dimensiones urbanas. Bautizado como lago Snow Eagle, abarca una superficie de 370 kilómetros cuadrados y yace en el fondo de un cañón de kilómetro y medio de profundidad. El equipo de la Universidad de Texas en Austin lo descubrió después de tres años de vuelos con radar y gravímetros de alta precisión que medían ligerísimas variaciones en la atracción gravitatoria terrestre. Lo más valioso para los científicos no es el agua, sino lo que podría reposar en el lecho lacustre: sedimentos fluviales de 34 millones de años, más antiguos que la capa de hielo que los protege. Si se logra perforar hasta ellos sin contaminarlos, su análisis podría revelar cómo era la Antártida antes de congelarse, una ventana al pasado remoto del planeta.

Olas de calor simultáneas en los dos polos

El episodio que más perturbó a la comunidad científica en 2022 fue de naturaleza meteorológica. En marzo, las estaciones climáticas registraron una ola de calor histórica que afectó al mismo tiempo a ambos hemisferios polares. En la Antártida, la temperatura media diaria se situó 4,8 °C por encima de lo normal para esas fechas. En el Ártico, simultáneamente, la anomalía fue de 3,3 °C. La coincidencia temporal resultaba desconcertante porque las estaciones son opuestas: en el hemisferio norte entraba la primavera mientras que en el sur comenzaba el otoño y la banquisa debería estar ya rehaciéndose. Que ambos extremos del planeta se calentasen a la vez indicaba que los mecanismos de retroalimentación climática podían estar acelerándose de manera imprevista. Los climatólogos advirtieron que la Antártida, tradicionalmente más estable que su polo gemelo, empezaba a mostrar una fragilidad inquietante.

«Empezamos a saltar de alegría. Jamás habíamos contemplado algo semejante bajo el hielo» — equipo del NIWA, ante el hallazgo del ecosistema oculto bajo la plataforma Larsen.

Los hallazgos antárticos de 2022 recordaron a la ciencia que el continente blanco, lejos de ser un mero termostato planetario, es un archivo viviente de posibilidades. Cada grieta en el hielo, cada secuencia genética rescatada del fango y cada mapa del fondo oceánico añade una pieza a un rompecabezas que apenas se está empezando a armar. Cuatro años después de aquella cosecha de maravillas, las expediciones que partieron en 2022 siguen dando frutos y los datos que recabaron continúan siendo analizados en laboratorios de todo el mundo. La Antártida no se rinde a los calendarios; cuando revela un secreto, lo hace para mucho tiempo.