Destinos golpeados por desastres: turistas sí, pero sostenible

Maui y Asheville tratan de recuperar el turismo tras incendios e inundaciones que devastaron sus economías locales. El dilema es si restaurar el modelo de masas anterior o aprovechar la ventana de reconstrucción para apostar por un turismo de menor impacto y mayor valor añadido.

La madrugada del 8 de agosto de 2023, el viento arrastró las llamas desde las colinas hasta la orilla del mar en Lahaina, la antigua capital del reino de Hawái. En cuestión de horas, el fuego devoró más de dos mil doscientas estructuras y se cobró más de un centenar de vidas. Entre los escombros de Front Street quedó sepultada la cervecería Kohola, un negocio que durante años había servido a los casi tres millones de turistas que cada año visitaban la isla de Maui. Cinco meses después, sus propietarios volvieron a elaborar cerveza, pero no en Lahaina: la nueva sala de degustación abrió en Wailea, a unos cincuenta kilómetros del solar original, con equipos prestados y un modelo de negocio improvisado sobre la marcha. «Tuvimos que pivotar hacia un local con cocina propia», explica Isaac Bancaco, vicepresidente de operaciones de Kohola. «Era eso o desaparecer».

La historia de esta cervecería condensa el dilema al que se enfrentan decenas de destinos turísticos golpeados por desastres naturales en todo el planeta. Necesitan que los viajeros regresen para que las comunidades locales sobrevivan, pero el regreso del turismo masivo —el mismo modelo que en parte ha contribuido al cambio climático y a la fragilidad de esos territorios— puede ser una sentencia a largo plazo. La pregunta no es solo cuándo vuelven los turistas, sino de qué tipo y en qué condiciones.

La paradoja del turismo post-desastre

Cuando una economía depende de un solo sector y ese sector se desploma, la vulnerabilidad se multiplica. «Si la economía es muy dependiente de una industria y esa industria falla, se vuelve extremadamente frágil», afirma Paloma Zapata, directora ejecutiva de Sustainable Travel International, una organización que trabaja con destinos de todo el mundo para reforzar su resiliencia climática. El turismo representa aproximadamente el 80 % de la actividad económica de Maui, un porcentaje que deja poco margen de maniobra cuando ocurre una catástrofe. En Asheville, Carolina del Norte, la dependencia no es tan absoluta, pero el golpe del huracán Helene en septiembre de 2024 —que descargó en tres días el 40 % de la lluvia anual de la ciudad, destruyó unas dos mil trescientas estructuras y anegó el distrito artístico— hizo temer un desplome del 70 % en la industria turística durante el último trimestre del año.

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Sin embargo, los datos cuentan otra historia. A finales de febrero de 2025, Asheville no solo no había perdido visitantes, sino que registraba un incremento del 4 % respecto a las cifras anteriores a Helene. «Hay muchos lugares, como el centro de Asheville, donde visiblemente no parece que haya pasado nada», explica Victoria Isley, presidenta y directora ejecutiva de Explore Asheville, seis meses después de la tormenta. «La mayoría de nuestros restaurantes, cervecerías y locales de música están abiertos. Casi todos los hoteles funcionan. El aeropuerto nunca dejó de operar y este verano se inaugurará la mitad de una terminal nueva». Incluso localidades montañosas cercanas como Spruce Pine —donde se extrae uno de los pocos cuarzos de alta pureza del mundo, esencial para la industria de los semiconductores— reanudaron su actividad en semanas.

El contraste con Maui es elocuente. Aunque la isla recibió a los primeros turistas apenas dos meses después de los incendios, la recuperación ha sido mucho más lenta de lo esperado. La Autoridad de Turismo de Hawái calcula que en 2025 Maui recibirá casi cuatrocientos mil visitantes menos que en 2022, y medio millón menos que en 2019, antes de la pandemia. «La disminución de visitantes sigue afectando a los negocios locales y, por extensión, a nuestras comunidades», reconoce Kalani Kaʻanāʻanā, director de gestión de la Hawaii Tourism Authority. Muchas familias han tenido que trasladarse a otras islas o a la parte continental de Estados Unidos simplemente para salir adelante.

Reconstruir mejor o reconstruir lo mismo

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La destrucción que deja un desastre natural abre una ventana incómoda pero real: la posibilidad de repensar el modelo turístico desde sus cimientos. «Normalmente, un destino que depende del turismo no va a dejar de depender del turismo solo porque haya ocurrido un desastre natural», matiza Zapata. «Pero estos eventos pueden actuar como un punto de inflexión tanto para los destinos sobreexplotados como para los viajeros, obligándoles a reevaluar la sostenibilidad de su comportamiento».

El concepto de «reconstruir mejor» —build back better, en la jerga de la resiliencia climática— implica mucho más que levantar de nuevo los edificios calcinados o arrasados por el agua. Pasa por revisar dónde se construye, con qué materiales y para qué tipo de visitante. En el Caribe, por ejemplo, la restauración de manglares y la reubicación de negocios que invadieron su huella ecológica está demostrando ser una estrategia eficaz para amortiguar el impacto de futuros huracanes. «Apostar por un modelo de mayor valor y menor impacto, al tiempo que se diversifica la economía, es la clave para resistir cuando llega el próximo desastre», insiste Zapata.

El problema es que el crecimiento turístico casi siempre corre más deprisa que la planificación. En Bonaire, una pequeña isla del Caribe neerlandés donde Sustainable Travel International evaluó la capacidad de carga del destino, se alcanzó en solo dos años el número de visitantes previsto para cinco. «Eso generó presión sobre las infraestructuras, pero también presión social», recuerda Zapata, señalando sectores como el de la vivienda, donde los residentes locales compiten en desventaja con los alquileres turísticos. «O gestionan su crecimiento ahora o tendrán problemas mayores».

La trampa de la dependencia única

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Maui es el ejemplo de manual de lo que ocurre cuando una economía se sostiene sobre un único pilar. De los casi tres millones de turistas que la visitaban anualmente antes de la pandemia, dependían no solo los hoteles y restaurantes, sino también el comercio minorista, el transporte, los servicios culturales y buena parte del sector inmobiliario. Las dos siguientes industrias en importancia —el comercio al por menor y la sanidad y asistencia social— emplean juntas a menos de veinte mil personas en todo el condado, que incluye también las pequeñas islas de Molokai y Lanai. Los datos más recientes indican que, aunque sectores como la sanidad, la construcción y los servicios educativos crecen lentamente, siguen representando una fracción minúscula del conjunto.

«Normalmente, las economías dependientes del turismo lo son porque no tienen otra opción», explica CB Ramkumar, vicepresidente del Global Sustainable Tourism Council. «Si los visitantes no regresan, la comunidad entera se colapsa». La paradoja, añade, es que el turismo es también un importante emisor de gases de efecto invernadero y, por tanto, un factor que agrava el cambio climático que está detrás del aumento en frecuencia e intensidad de los desastres naturales. Restaurar un volumen alto de visitantes puede tener un impacto negativo a largo plazo comparable al del desastre original.

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Ramkumar describe el dilema con una metáfora hidráulica: «Es como el agua que baja a toda velocidad por una montaña. Tienes que construir las orillas del río para que el agua no inunde todo el terreno y nadie salga ganando». En Hawái, esas orillas empiezan a dibujarse. «El enfoque turístico de Maui está evolucionando», asegura Kaʻanāʻanā. «Estamos promoviendo programas que amplifican la voz de la comunidad e involucran a los visitantes en la preservación cultural y la protección ambiental, como las iniciativas de plantación de árboles y la educación cultural».

Qué turista queremos

Reimaginar la oferta turística es también una forma de filtrar al viajero. No se trata de poner puertas al campo, sino de diseñar experiencias que atraigan a quien está dispuesto a respetar el lugar que pisa y a dejar algo más que divisas a su paso. «Cada vez hay más turistas que viajan a un sitio con la intención de ayudar a otros, porque la experiencia de dar es enriquecedora en sí misma», observa Ramkumar.

Ese perfil de visitante —el que participa en proyectos de voluntariado, compensa su huella de carbono, consume en negocios locales certificados y se interesa por la cultura viva del destino— no es mayoritario, pero crece. Y puede marcar la diferencia en comunidades donde el turismo de masas ha dejado históricamente más presión que beneficio. La calculadora de carbono de Sustainable Travel International arroja un dato revelador: un vuelo de ida y vuelta entre San Francisco y Maui genera 1,01 toneladas métricas de dióxido de carbono por pasajero. Cada visitante que no compense esa emisión está contribuyendo, en su pequeña escala, a la fragilidad ecológica de la isla que tanto desea disfrutar.

En el otro lado del tablero están las administraciones y los empresarios locales, que a menudo tienen que reconstruir con recursos limitados y bajo la presión de recuperar cuanto antes la facturación perdida. «Siempre va a haber apoyos gubernamentales para reconstruir mejor, pero la mayor parte del coste sale del bolsillo de los propietarios de los negocios», advierte Zapata. Y ahí es donde reaparecen las viejas inercias: materiales baratos, ubicaciones de riesgo, dependencia de turoperadores que exprimen el margen local. «Hace falta un gran esfuerzo, primero en infraestructura —con más energías renovables y materiales innovadores— y también en el tipo de turista al que te diriges».

La percepción que frena y la realidad que empuja

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Uno de los obstáculos más difíciles de sortear tras un desastre natural es la imagen que los medios de comunicación proyectan del destino. «Se crean impresiones globales muy difíciles de combatir», admite Isley, de Explore Asheville. La cobertura mediática tiende a mostrar la destrucción de forma tan absoluta que el público asume que la infraestructura turística ha dejado de existir. En Asheville, sin embargo, seis meses después del huracán Helene, la mayor parte de la oferta de ocio y alojamiento seguía en pie. En Maui, fuera del núcleo histórico de Lahaina —la franja litoral de Front Street—, la isla parece prácticamente intacta. «Muchos negocios de Lahaina han reabierto o se han reubicado», subraya Kaʻanāʻanā.

Pero la percepción no se corrige con datos: se corrige cuando los visitantes llegan, lo ven con sus propios ojos y, sobre todo, lo cuentan a su regreso. Por eso las autoridades turísticas de ambos destinos han invertido esfuerzos considerables en campañas de comunicación que, sin ocultar la tragedia, muestran la normalidad recuperada. No es una operación de maquillaje: es una cuestión de supervivencia económica para miles de familias que dependen de que alguien reserve una habitación, se siente en un restaurante o contrate una excursión.

Diversificar o sucumbir

Houston, golpeada por el huracán Harvey en 2017, se recuperó más rápido de lo previsto porque su economía no dependía de un solo sector: la sanidad, la industria aeroespacial, el transporte marítimo, la manufactura y la tecnología se equilibraron entre sí. Los sectores que no pudieron reanudar su actividad de inmediato fueron compensados por los que sí. Esa diversificación, que resulta tan obvia en el manual de resiliencia económica, es un lujo que la mayoría de los destinos turísticos no pueden permitirse. «Normalmente, las economías dependientes del turismo lo son porque no tienen alternativa», repite Ramkumar.

El caso de Los Ángeles, donde en enero de 2025 los incendios forestales arrasaron barrios enteros y causaron daños estimados en doscientos cincuenta mil millones de dólares, es distinto. La segunda ciudad más poblada de Estados Unidos tiene una economía lo bastante diversa como para absorber el golpe sin que el turismo se resienta de forma terminal. Pero su ejemplo no es exportable a una isla del Pacífico o a una ciudad de montaña de Carolina del Norte. Para estas, la única vía pasa por diversificar dentro del propio turismo: más segmentos, más calidad, menos volumen.

En Hawái, ese camino se está trazando con programas concretos. «Estamos promoviendo y apoyando iniciativas que amplifican la voz de la comunidad y que implican a los visitantes en la preservación cultural y la protección del medio ambiente», detalla Kaʻanāʻanā. «Las aportaciones de la comunidad y las consideraciones ambientales seguirán definiendo el futuro turístico de Maui». Es un lenguaje que se aleja de la promoción turística clásica y se acerca más a la planificación territorial. Un lenguaje en el que el visitante ya no es solo un consumidor, sino un actor con responsabilidad.

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El viajero también elige

Al otro lado de la ecuación está quien compra el billete de avión, reserva el alojamiento y decide en qué gasta su dinero durante la estancia. La calculadora de carbono de Sustainable Travel International permite estimar la huella de cualquier desplazamiento: un vuelo de ida y vuelta entre San Francisco y Maui, por ejemplo, emite 1,01 toneladas métricas de CO₂ por pasajero. Compensar esa emisión, alojarse en establecimientos con certificación de sostenibilidad, consumir en negocios de proximidad y participar en actividades de voluntariado o restauración ecológica son decisiones que están al alcance de cualquiera.

No se trata de renunciar al viaje, sino de practicarlo con conciencia. «Cada vez hay más viajeros dispuestos a ir a un lugar con el único propósito de ayudar, porque la experiencia de dar es enriquecedora en sí misma», insiste Ramkumar. En un planeta donde los fenómenos meteorológicos extremos se multiplican en frecuencia e intensidad —incluso en regiones que hasta hace poco se consideraban a salvo, como el noroeste del Pacífico estadounidense—, el turismo responsable no es una opción más entre otras: es la única forma de asegurar que los destinos que hoy amamos sigan existiendo mañana.

La madrugada del 8 de agosto de 2023, el fuego borró Lahaina del mapa. Pero Lahaina no era solo un conjunto de edificios históricos: era el sustento de miles de familias, el punto de encuentro de millones de viajeros y el ancla de una isla que ha hecho del turismo su razón económica. Lo que se construya sobre las cenizas —en Maui, en Asheville, en los barrios calcinados de Los Ángeles— definirá durante décadas la relación entre quienes visitan y quienes habitan los lugares más bellos y frágiles del planeta. La pregunta no es si volverán los turistas. La pregunta es a qué mundo volverán.