Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también uno de los más calurosos, pero esconde un secreto que lleva décadas desconcertando a la comunidad científica: hielo de agua estable en el fondo de sus cráteres polares. Un nuevo estudio explica, por fin, cómo es posible.
La clave no está en un proceso lento ni gradual, como se pensaba hasta ahora. Según los investigadores, todo pudo ocurrir en un solo día mercuriano, tras el impacto de un cometa o asteroide cargado de hielo que golpeó el planeta hace miles de millones de años.
El hallazgo que cambia lo que sabíamos de Mercurio
Durante décadas, los científicos sospechaban que había algo extraño en los polos de Mercurio. Los radares de Arecibo y Goldstone detectaron ya en los años 90 zonas que reflejaban las ondas con una intensidad anómala, muy parecida a la que produce el hielo.
Años después, la sonda MESSENGER de la NASA confirmó esas sospechas: había agua congelada escondida en cráteres que nunca reciben luz solar directa. Lo que faltaba por resolver era cómo había llegado hasta allí y, sobre todo, cómo lograba mantenerse estable en un planeta que de día alcanza los 430 °C.
Un impacto cósmico como explicación
El nuevo modelo, publicado en el Mercurio el planeta más pequeño e interior del sistema solar, propone que un objeto helado de unos 17 kilómetros de diámetro chocó contra la superficie a gran velocidad. El impacto liberó vapor de agua que quedó atrapado en la tenue atmósfera del planeta, incapaz de escapar al espacio de inmediato debido a su baja gravedad.
Ese vapor viajó por el planeta y terminó condensándose en los cráteres permanentemente sombreados de los polos, donde la temperatura no supera los -170 °C. Allí, protegido de la luz solar durante millones de años, el hielo pudo acumularse en capas relativamente delgadas sin llegar a sublimarse.
Trampas de frío en el planeta más extremo
Lo fascinante de este mecanismo es que convierte a Mercurio en un ejemplo de contraste extremo: por un lado, un infierno de roca fundida bajo el sol directo; por otro, bolsillos de hielo prácticamente intactos a escasos kilómetros de distancia. Ese contraste es posible gracias a la geometría de los cráteres polares, cuyas paredes bloquean cualquier rayo de luz.
Los investigadores destacan que sus simulaciones solo tienen en cuenta el agua, sin considerar otros volátiles ni procesos como la erosión espacial a largo plazo. Aun así, el modelo encaja razonablemente bien con los datos de reflectancia de radar observados desde hace más de treinta años.
Lo que todavía no encaja del todo
Pese al avance, el propio estudio reconoce una limitación importante: el grosor de hielo que predice el modelo, unos 37 centímetros, es mucho menor que los varios metros que sugieren los datos de radar recogidos por las misiones espaciales. Esto significa que el impacto simulado podría no haber sido lo bastante grande, o lo bastante lento, para generar todo el hielo que realmente hay allí.
Es posible que se necesiten varios impactos sucesivos, o una combinación de fuentes —cometas, viento solar, micrometeoritos— para explicar el volumen total observado. Los científicos no descartan ninguna de estas vías y seguirán refinando el modelo con nuevos datos.
Entre los aspectos que los investigadores seguirán investigando destacan:
- El papel de impactos múltiples a lo largo de la historia del planeta.
- La contribución del viento solar como fuente adicional de agua.
- La edad exacta del hielo detectado en distintos cráteres.
- La comparación con depósitos similares hallados en la Luna.
La misión que puede confirmarlo todo
La sonda BepiColombo, fruto de la colaboración entre la ESA y la agencia espacial japonesa JAXA, se prepara para entrar en órbita definitiva alrededor de Mercurio. Su misión incluye instrumentos capaces de medir con mucha más precisión la composición y el grosor real del hielo polar, algo que hasta ahora solo se ha podido estimar de forma indirecta.
Si los datos de BepiColombo confirman las hipótesis actuales, este hallazgo no solo resolvería un misterio que lleva décadas abierto, sino que cambiaría la forma de entender cómo llegó el agua a los planetas rocosos del sistema solar, incluida la Tierra. El consejo de los expertos es sencillo: prestar atención a las próximas observaciones, porque las respuestas definitivas podrían llegar antes de lo esperado.





