Seis parques nacionales que se exploran mejor en barco

Desde los manglares de Florida hasta los acantilados glaciares de Minnesota, el agua desvela la cara más salvaje de seis parques nacionales. Remando o a motor, estas joyas acuáticas prometen encuentros imposibles en tierra.

El rumor del agua al romper contra la proa es lo único que se escucha en la inmensidad del pantano. La canoa se desliza silenciosa entre los manglares, cuyas raíces retorcidas forman túneles que apenas dejan pasar la luz. De repente, un par de ojos sobresale de la superficie oscura: un caimán observa inmóvil, antes de sumergirse con un coletazo que apenas perturba el espejo líquido. Es un instante que ningún sendero terrestre podría ofrecer, un encuentro que solo es posible cuando se explora un parque nacional desde el agua.

«Vivir un parque nacional a bordo de una embarcación brinda un punto de vista único para disfrutar estos tesoros naturales más allá de la tierra», explica Colleen Richardson, portavoz de la campaña nacional Discover Boating. «Existen muchas características asombrosas a las que solo se puede acceder por agua». Y es que algunos de los paisajes más sobrecogedores del sistema de parques nacionales de Estados Unidos permanecen ocultos para quien no se aventure a navegar.

Desde que el presidente Woodrow Wilson creara el Servicio de Parques Nacionales en 1916, reuniendo 35 parques y monumentos en un solo organismo federal, la red ha crecido hasta abarcar más de 400 áreas protegidas en 84 millones de acres repartidos por todos los estados. Muchos de esos espacios atesoran maravillas que solo revelan su verdadera dimensión cuando se contemplan desde una canoa, un kayak, una motora o incluso un pequeño velero. A continuación, seis parques nacionales —y una orilla lacustre nacional— donde el agua es la mejor ruta para llegar al corazón de lo salvaje.

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Isle Royale: la isla de los alces

En el extremo noroeste del lago Superior, aislada de todo, flota Isle Royale, un parque nacional insular que sólo admite visitantes llegados por barco o hidroavión. La travesía hasta sus costas ya es una declaración de intenciones: el lago más grande de América del Norte impone su carácter con aguas frías y profundas que durante siglos tragaron embarcaciones y aislaron a esta isla de 72 kilómetros de largo.

Una vez en tierra, una red de senderos salvajes se despliega por bosques boreales y crestas rocosas que revelan antiguas minas de cobre. En los claros, no es raro toparse con alces que vadean las orillas o con los esquivos lobos grises, cuya población ha fluctuado durante décadas al vaivén de la genética y la climatología. El alojamiento principal, el Rock Harbor Lodge, ofrece un refugio cómodo tras jornadas de caminata, aunque muchos optan por acampar bajo un cielo que, en noches despejadas, resplandece con la Vía Láctea.

Recorrer la costa en kayak permite acceder a calas escondidas y contemplar desde el agua los acantilados que se precipitan sobre el lago. La sensación de soledad es absoluta: Isle Royale es uno de los parques nacionales menos visitados del país, y eso se convierte en su mayor atractivo para quienes buscan una naturaleza sin intermediarios.

Anacapa y el Arco de Piedra

Frente a la costa californiana, el Parque Nacional de las Islas del Canal abarca cinco islas y la milla oceánica que las rodea. De todas ellas, Anacapa es quizá la más enigmática: formada por tres islotes de roca volcánica que apenas suman una milla cuadrada de tierra emergida, se adentra ocho kilómetros en el Pacífico como un dragón dormido.

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El acceso a Anacapa solo es posible por mar, y la recompensa aparece nada más enfilar el extremo oriental: el Arco de Piedra (Arch Rock), un puente natural de 12 metros de altura que las olas han esculpido pacientemente. Al atardecer, la luz dorada atraviesa el arco y tiñe de matices anaranjados los acantilados, mientras colonias de leones marinos ladran desde las rocas sumergidas.

Bajo la superficie, los bosques de kelp albergan una biodiversidad marina que convierte el snorkel y el buceo en actividades casi obligatorias. Pero incluso sin sumergirse, la navegación entre los islotes ofrece la oportunidad de avistar delfines comunes, ballenas grises en migración y aves marinas como el cormorán de Brandt, que anida en las cornisas más inaccesibles.

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Everglades: un laberinto de manglares y caimanes

El Parque Nacional de los Everglades, en Florida, es mucho más que un humedal. Declarado Reserva de la Biosfera, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y Humedal de Importancia Internacional, este vasto río de hierba de caudal lento protege un ecosistema subtropical único. Manatíes, cocodrilos, panteras de Florida y cientos de especies de aves convierten cualquier salida al agua en una sucesión de encuentros imprevisibles.

Aunque se puede atisbar buena parte del parque desde carreteras y pasarelas, adentrarse en canoa o kayak por sus senderos acuáticos transforma por completo la experiencia. El Servicio de Parques Nacionales detalla rutas que van desde unas pocas horas hasta travesías de varios días, serpenteando entre bosques de cipreses calvos, túneles de mangle rojo y marismas salpicadas de lagunas donde los caimanes toman el sol sobre los bancos de barro.

Para los más avezados, existe la posibilidad de pernoctar en la naturaleza: basta con obtener un permiso de acampada en zona salvaje y elegir entre playas de arena blanca o chickees, unas plataformas elevadas sobre el agua diseñadas para sortear las mareas y la fauna. La navegación en solitario exige destreza, pero quienes prefieran ir sobre seguro pueden optar por una excursión guiada que desvele los secretos del ecosistema sin riesgo de perderse en el dédalo de canales.

Voyageurs: un jardín de esculturas en la frontera

En la frontera entre Minnesota y Ontario, el Parque Nacional Voyageurs es un capricho acuático casi secreto. Más de 84.000 acres de agua repartidos en lagos interconectados, 650 millas de costa sin urbanizar, pinos centenarios, acantilados esculpidos por glaciares y cientos de islas dibujan un paisaje que parece salido de un cuento nórdico.

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Aquí, trece puntos de destino para visitantes, señalizados por el Servicio de Parques, resultan inaccesibles si no se cuenta con una embarcación. El más singular de todos son los Ellsworth Rock Gardens: un jardín en terrazas que despliega más de 200 esculturas abstractas de piedra, creadas pacientemente por el artista autodidacta Jack Ellsworth a lo largo de dos décadas a partir de los años cuarenta del siglo pasado. Las figuras, que evocan sin proponérselo a modernistas como Noguchi o Brancusi, se integran en la roca viva y la vegetación boreal con una naturalidad desarmante.

Pasear en kayak entre las islas al atardecer, cuando el sol tiñe de cobre las aguas calmas, es una experiencia que se graba en la memoria. Si la noche es clara y la actividad solar lo permite, el cielo del norte puede regalar además un espectáculo de auroras boreales danzando sobre los pinos, un privilegio que casi ningún otro parque nacional puede ofrecer en las latitudes continentales de Estados Unidos. El alojamiento junto a Kettle Falls, el único hotel dentro del parque, sirve de base para explorar sin prisas este rincón remoto.

Dry Tortugas: un fuerte en medio del océano

A 110 kilómetros al oeste de Cayo Hueso, perdido en el Golfo de México, el Parque Nacional de las Tortugas Secas apenas suma siete islotes rodeados de mar abierto. Llegar hasta aquí requiere navegar durante horas, lo que disuade a las multitudes y reserva la recompensa para quienes aprecian el aislamiento.

Bajo la superficie, los arrecifes de coral forman un oasis para buceadores: formaciones coralinas intactas, cardúmenes de peces tropicales y pecios centenarios narran la historia de un mar que durante siglos fue ruta de galeones y huracanes. Ocho puntos de inmersión señalizados permiten visitar estas maravillas submarinas, algunas a profundidades aptas incluso para el snorkel.

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Pero la gran joya del parque emerge sobre el agua: Fort Jefferson, una fortaleza costera del siglo XIX que es una de las mayores jamás construidas. Sus muros de ladrillo rojo, rodeados por un foso que el mar inunda, no llegaron a terminarse del todo, y la sensación de grandiosidad inconclusa envuelve al visitante que desembarca en su embarcadero. Recorrer sus galerías y patios es asomarse a la obsesión militar de una época, mientras los alcatraces patrullan el cielo en busca de un banco de sardinas.

Apostle Islands: las cuevas de hielo y arenisca

En el extremo norte de Wisconsin, el litoral nacional de las Islas Apóstol custodia 21 islas, de las cuales solo una admite coches. El verdadero tesoro, sin embargo, se esconde a lo largo de la costa: un sistema de cuevas marinas excavadas en la arenisca por siglos de oleaje del lago Superior y de inviernos crueles que congelan el agua y la expanden, agrietando la roca lentamente.

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Solo se accede a estas estancias talladas por la naturaleza en kayak o con pequeñas embarcaciones capaces de sortear los estrechos pasadizos. Dentro, la luz se filtra por las paredes de tonos rojizos y ocres, mientras el eco de las paladas se amplifica en el silencio mineral. En invierno, si las condiciones de frío son suficientemente severas, el lago se congela hasta tal punto que se puede caminar sobre él y adentrarse en las cuevas heladas, donde estalactitas y columnas de hielo transforman la geología en un palacio efímero.

La experiencia acuática en las Islas Apóstol cambia con cada estación, pero comparte un denominador común con el resto de parques de esta lista: la convicción de que el agua no es un obstáculo, sino la puerta de entrada a una naturaleza más íntima y menos hollada. Como apunta Richardson, «la vivencia sobre el agua no solo la hace más memorable, sino que también permite escapar del calor y sortear las multitudes».

Recomendaciones para navegantes primerizos

Antes de lanzarse a explorar cualquiera de estos parques por agua, conviene consultar el sitio web del Servicio de Parques Nacionales. Cada área protegida fija sus propias normas sobre qué tipo de embarcaciones están permitidas —desde canoas y kayaks hasta motoras— y qué actividades se pueden practicar. Algunos lagos y canales exigen permisos especiales o limitan el acceso en épocas de cría de fauna sensible.

Quienes no posean embarcación propia pueden alquilar una en las localidades cercanas o contratar un guía local. Las excursiones guiadas en grupo son frecuentes en los Everglades, las Islas Apóstol y el Parque Nacional Voyageurs, y representan una opción segura y didáctica para familiarizarse con los secretos del ecosistema sin riesgo de extraviarse. Para los kayakistas más experimentados, pernoctar en las playas e islas salvajes que salpican estos parques proporciona un grado de conexión con la naturaleza que rara vez se alcanza desde tierra firme.

Al final, da igual si se trata de una canoa prestada, un kayak propio o una excursión colectiva: el mero hecho de poner una pala en el agua y deslizarse lejos del asfalto renueva la mirada sobre estos espacios protegidos. El chapoteo de un pez, el destello de un martín pescador, el susurro del viento entre los cipreses: son los pequeños milagros diarios de quien elige descubrir los parques nacionales remando, con los pies frescos y los ojos atentos.