Triángulo de Amor Bizarro denuncia que los conciertos en España se ahogan con límites de sonido ridículos

El grupo gallego casi cancela dos conciertos seguidos porque los medidores de sonido cortan la electricidad si los aplausos superan el límite. Diecisiete horas de furgoneta para nada y un grito unánime de los músicos: ‘esto es un suplicio’.

Alguien debería explicar a los ayuntamientos que un concierto de rock no es una charla de biblioteca. Pero no, ahí están: 80 decibelios, como una aspiradora un poco cabreada, y una pantallita que corta el sonido si alguien se emociona de más. Triángulo de Amor Bizarro, una de las bandas con el directo más abrasivo del país, acaba de vivirlo en carne propia —y en billete de gasolina— cuando dos fechas de presentación de su nuevo disco Mi catedral se convirtieron en un despropósito por culpa de los limitadores de sonido.

85 decibelios: menos volumen que un bar bullicioso

El caso más sangrante fue el Festival de les Arts en València, donde las normas municipales obligaban a no superar los 85 dBA de día y 80 dBA de noche. Para que te hagas una idea: los aplausos del público ya rebasan los 80 dBA. El técnico de sonido del grupo, Carlos Hernández, lo tilda de “irrealizable”. Y no es para menos. El trío gallego pide en su rider un mínimo de 98 dBA —lo ideal serían 104— pero asume que cada concierto es una pelea para rascar unos pocos decibelios al equipo local.

En Les Arts, la pesadilla venía con un limitador Cesva que cortaba la electricidad al rebasar el límite. “Son de la marca Cesva. A veces te dan ganas de coger una lata de Coca-Cola y echarla por encima al maldito limitador”, confiesa Hernández en la entrevista que el grupo concedió a elDiario.es. Lo peor: la noche del viernes el público ya se quejó por el escaso volumen, y el sábado, antes de que Triángulo pudiese probar suerte, el festival canceló la segunda jornada.

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Diecisiete horas en furgoneta para tocar… y cancelar

El guitarrista Rodrigo Caamaño salió con su compañera Isa Cea de su pueblo coruñés a las seis de la madrugada. Recogieron al batería Rafa Mallo en Ourense, hicieron escala en Madrid y enfilaron hacia Valencia. Cuatro en la furgo más el técnico en tren desde Barcelona. A 250 kilómetros de llegar, la llamada: el festival, suspendido. “Fueron diecisiete horas en furgoneta: nuestro récord total. Nunca nos había pasado algo así”, lamenta Caamaño. “Y lo más preocupante es que aquello se juntó con lo de Madrid”.

Porque el primer bolo de la gira, en las Fiestas de San Isidro, fue otra debacle. El Ayuntamiento de Madrid impuso 90 dBA pero medidos a un metro y medio del escenario, y el grupo tuvo que ladear amplificadores y pedir al batería que tocase más tranquilo. Aun así llegaron a 93 dBA. “Si viene poca gente, igual basta con eso y salvamos el concierto”, pensó Caamaño. Un músico deseando poco público: el colmo.

Tocar rock con el limitador encima es como intentar correr un maratón con las zapatillas atadas al suelo. El público lo nota, y el músico sufre.

La pelea con los decibelios no es nueva para el grupo. Ya en 2016, en las Fiestas de la Mercè de Barcelona, un limitador de castigo les cortó el sonido cada vez que los aplausos superaban el umbral. “Con los aplausos de la gente ya superaba ese límite. Fueron cortes continuos”, recuerdan. Y advierten que ciudades como Valencia y Madrid son especialmente hostiles, mientras que en Andalucía o Galicia la normativa suele ser más flexible porque los recintos están alejados de las viviendas.

¿Tocar en España o ir al extranjero para sentirlo?

Afortunadamente, la semana pasada Triángulo de Amor Bizarro tocó en el Primavera Sound de Oporto. Allí, por fin, a 104 dBA, el volumen ideal. “Fue un reinicio”, celebra Caamaño. “¡Y manda cojones que tu festival favorito no esté en tu país!”, remata Hernández. La experiencia portuguesa les devolvió las pilas y, de paso, les confirmó lo que ya sospechaban: el directo español se está ahogando en burocracia acústica mientras procesiones, fuegos artificiales y partidos de fútbol campan a sus anchas.

La cuestión de fondo es si estamos asistiendo a conciertos o a sucedáneos. Con el volumen capado, la gente se queda quieta, mirando. Con una sonoridad óptima, el público se mueve. No es teoría: es lo que ve Carlos Hernández cada noche desde el control de mesa. Quizá el debate sobre la pasividad del público en los conciertos tenga menos que ver con la actitud y más con los decibelios de oficinista que imponen los sonómetros municipales.

Mientras los Ayuntamientos sigan confundiendo un escenario con una sala de estudio, bandas como Triángulo de Amor Bizarro tendrán que elegir entre cancelar, tocar a medio gas o emigrar. Y no, no es postureo: es supervivencia artística.

El resumen para vagos (TL;DR)

  • 🎯 ¿Qué ha pasado? Triángulo de Amor Bizarro denuncia que los limitadores de sonido están arruinando los conciertos en España.
  • 🔥 ¿Por qué importa? Las bandas no pueden ofrecer su espectáculo en condiciones, y el público recibe una experiencia descafeinada.
  • 🤔 ¿Nos afecta o es solo un meme? Si el rock en directo suena a tele de plasma, a lo mejor el problema no es el artista sino la regla municipal de turno.