Si estás en Madrid este verano, el arte te espera en un rincón muy especial. El Museo Reina Sofía reabre el Palacio de Velázquez, en pleno Parque del Retiro, con ‘La Perla Peregrina’, la retrospectiva más completa hasta ahora de Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 1970). Más de 200 obras —instalaciones, esculturas, vídeos, acuarelas y piezas prestadas— despliegan una investigación sostenida sobre los mecanismos del poder, la construcción de la memoria colectiva y la desobediencia civil.
El título alude a una de las joyas más singulares de la historia, hallada en el siglo XVI por un esclavo cuyo nombre nunca quedó registrado. Mientras la perla se convirtió en símbolo de la Monarquía Hispánica, la identidad del descubridor se perdió. Ese olvido selectivo es el hilo conductor de una muestra que, comisariada por Ferran Barenblit, puede visitarse desde hoy, 24 de junio de 2026, hasta el 8 de marzo de 2027. Fernando Sánchez Castillo ha convertido el yate de Franco en una escultura que neutraliza su carga simbólica, rescata las pisadas anónimas de las prostitutas en Barcelona y convierte las máscaras de protesta en un atlas global de la resistencia.
Un homenaje a la desobediencia civil
El recorrido comienza con una impactante escultura dedicada al Tank Man, el estudiante anónimo que en 1989 se plantó delante de los tanques en Tiananmen. La figura mide lo mismo que el David de Miguel Ángel y abre la serie ‘Figuras de memoria expandida’ (2017-2026). A su alrededor aparecen las Madres de Plaza de Mayo, Celeste Caeiro —símbolo de la Revolución de los Claveles—, Federico García Lorca en un salto jubiloso y el opositor ruso Alexéi Navalny.
La secuencia culmina con una gran escultura de madera de August Landmesser, el trabajador alemán que en 1936 se negó a realizar el saludo nazi. Todos ellos conforman una suerte de panteón de la resistencia frente al poder.
Otra sala reúne las máscaras procedentes de movilizaciones de todo el planeta dentro del Global Museum Project (2015-2026): desde protestas históricas hasta las de los trabajadores de Amazon. “Más que un archivo, funciona como un atlas global de las formas de resistencia ciudadana”, explica el artista.
Los símbolos del poder puestos en cuestión
El yate Azor, utilizado por Franco durante décadas, ha sido despiezado en grandes bloques metálicos que se agolpan contra los muros de la sala. Bajo el título Síndrome del Guernica (2012), la obra convierte el antiguo emblema en una metáfora de la vanidad de los dictadores del siglo XX.
La muestra puede verse en Madrid hasta marzo de 2027 y no deja de lado la memoria del exilio republicano. Una maqueta inspirada en el búnker que el arquitecto José Lino Vaamonde proyectó para proteger las obras del Tesoro Artístico encuentra eco en una estructura rodeada de cañas de bronce. Vaamonde, internado en el campo de concentración de Argelès‑sur‑Mer, levantó allí refugios improvisados con cañas y la pieza recupera aquel gesto.

Los caballos también ocupan un lugar central. El artista los muestra sin jinete, liberados de la figura de autoridad. Una de las piezas más significativas dialoga con la estatua ecuestre de Franco realizada por Josep Viladomat en 1963. Al eliminar al dictador, el caballo se erige como símbolo de emancipación. “A modo del Guernica, tenemos caballos que han sido liberados de sus seres opresores y generan momentos de libertad”, señala Sánchez Castillo.
La frase “La calle es mía”, atribuida a Manuel Fraga, aparece resignificada frente a una barricada construida con materiales militares. La sala recuerda que muchas estatuas históricas se fundieron a partir de cañones capturados en combate, y que los símbolos pueden cambiar de dueño.
Una reflexión necesaria en pleno siglo XXI
Conviene detenerse en piezas aparentemente menores. Dos bloques de mármol perforados por los taconeos de las prostitutas que aguardaban junto a la puerta de un antiguo burdel en La Rambla de Barcelona rescatan la huella de mujeres esclavizadas. “Es la escultura más importante de Barcelona, realizada por esas mujeres y a la vista de todo el mundo”, defiende el artista. Junto a ellas, las maquetas que protegieron monumentos madrileños como La Cibeles durante los bombardeos de la Guerra Civil –llamada entonces “la tumba del fascismo”– completan un relato sobre lo que se preserva y lo que se olvida.
La exposición no elude la crudeza. Una reproducción monumental de la fotografía de Agustí Centelles Niños jugando a fusilar y los dibujos de las letrinas del campo de concentración de Bram –denominadas irónicamente “cagódromo”– conectan la pérdida de intimidad de entonces con la de las redes sociales.
Como detalla el Museo Reina Sofía, esta retrospectiva revisa más de dos décadas de trabajo de Sánchez Castillo. El artista, que de niño veía en las pintadas callejeras su primer museo de arte contemporáneo, recupera aquellas intervenciones en los muros. “España es el único país donde no se borraban las pintadas, se dejaban a medio tapar para que no se pudiera seguir escribiendo. A veces salían cosas jocosas: ‘prohibido orinar en este muro’ se convertía en ‘prohibido opinar en este muro’”, recuerda.
Los monumentos no solo narran la historia oficial, sino que esconden las heridas y las rebeldías que la construyeron. Esta muestra nos invita a mirar más allá del bronce.
Con más de 200 obras y un despliegue escenográfico que transforma las salas del Palacio de Velázquez, ‘La Perla Peregrina’ logra convertir cada pieza en un artefacto de memoria. La visita no deja indiferente y confirma a Fernando Sánchez Castillo como uno de los artistas españoles más comprometidos con la desobediencia simbólica. Merece la pena acercarse al Retiro y dejarse interpelar.
Ficha técnica
- Título: La Perla Peregrina
- Autor o autora: Fernando Sánchez Castillo
- Qué puedes ver: Más de 200 obras entre instalaciones, esculturas, vídeos y piezas históricas sobre memoria, poder y resistencia civil.
- Recinto y ciudad: Palacio de Velázquez, Museo Reina Sofía, Madrid



