Secuoyas, los árboles más grandes del mundo: el secreto de la astilla

Mike Fay recorrió 2.800 kilómetros a pie para descifrar el porvenir de las secuoyas de la costa. La capacidad de estos árboles para regenerarse desde un fragmento encierra la clave de su supervivencia frente a incendios, sequías y explotación.

El dolor fue tan intenso que Mike Fay soltó un alarido que resonó entre los muros vegetales del bosque californiano. Caminaba en sandalias, con los pies castigados tras meses de travesía, cuando una astilla le atravesó el empeine. Ni las 16 heridas de colmillo de elefante que había recibido en África se comparaban con aquel pinchazo. Lindsey Holm, su compañera de expedición, tuvo que usar pinzas para sacársela del tendón. «Fue uno de los dolores más intensos que he sentido en mi vida», recuerda Fay. Se vendó el pie raído y siguió avanzando. Para entonces ya había recorrido más de dos mil kilómetros de bosque, y todavía le quedaba mucho por delante.

Aquella astilla, sin embargo, contenía un secreto que tardaría meses en aflorar. Porque fue justo al hincarse en la carne cuando Fay empezó a comprender que la respuesta al enigma de las secuoyas de la costa, los árboles más altos del planeta, estaba precisamente en su capacidad para perpetuarse a partir de un fragmento. Y lo que había empezado como un tropiezo doloroso en una ladera californiana se acabaría convirtiendo en el símbolo de una encrucijada ecológica con ramificaciones planetarias.

La obsesión de un explorador

Mike Fay no es un caminante cualquiera. Biólogo de la Wildlife Conservation Society y explorador residente de la National Geographic Society, su leyenda se forjó en las selvas de África. Allí completó la Megatransecta, una travesía de miles de kilómetros a través de la mayor selva virgen que aún sobrevive en el continente. Fue en un viaje por carretera a lo largo del litoral del norte de California, tras su retorno africano, cuando algo se le clavó en la mirada: franjas completamente deforestadas, bosques secundarios de árboles enclenques y la presencia fantasmal de tocones gigantescos. «Decidí observar por mí mismo cómo se había explotado el bosque más alto del mundo y qué trato se le daba en el presente», explicaría más tarde.

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En otoño de 2007, Fay se propuso recorrer a pie el territorio de la secuoya de la costa (Sequoia sempervirens) desde Big Sur hasta poco más allá de la frontera con Oregón. Le acompañaba Lindsey Holm, naturalista autodidacta nacida y criada entre aquellos gigantes. Durante once meses, ambos documentaron con fotografías y minuciosos registros la flora, la fauna, el estado del bosque y las corrientes de agua. El objetivo no era sólo científico: Fay quería averiguar si existía un modelo de gestión forestal capaz de conciliar la producción maderera con los beneficios ecológicos y sociales que proporcionan los árboles en pie. De encontrar esa fórmula para las secuoyas, se dijo, podría replicarse en cualquier rincón del planeta donde se tala para obtener ganancias a corto plazo.

secuoyas de California

El santuario de Humboldt

Tras meses de caminar entre bosques secundarios que habían sido talados hasta tres veces desde 1850, en mayo de 2008 llegaron al extremo sur del Parque Estatal de las Secuoyas de la Costa de Humboldt: la mayor extensión ininterrumpida de bosque primario de secuoyas de la costa que se conserva en el mundo, con unas 4.000 hectáreas. Allí, en las llanuras aluviales regadas por arroyos de aguas esmeralda, la combinación de suelos fértiles, humedad y niebla procedente del océano ha producido la catedral vegetal más alta del planeta. De las 180 secuoyas que superan los 106 metros de altura documentadas en todo el área de distribución, más de 130 crecen en aquel valle.

Allí el silencio adquiere densidad de templo. Secuoyas del porte de cohetes espaciales se yerguen desde bases ennegrecidas por los incendios, con cortezas que se retuercen en espirales hacia un cielo que apenas se adivina. En el suelo reposan copas del tamaño de autobuses, medio sepultadas por matas de aleluya de Oregón y helechos de Navidad, víctimas de una guerra titánica contra el viento que, en aquel mismo instante, aúlla en las alturas. No es extraño que este bosque fuese elegido para rodar escenas de Parque Jurásico y El retorno del Jedi: la escala colosal y la luz tamizada crean la ilusión de un mundo pretérito.

A los pies de estos gigantes, un detalle lo cambia todo. Cerca del centro de un tronco cortado, una etiqueta reza: «1492, Colón». Otra, a escasos ocho centímetros del borde, indica «Fiebre del oro, 1849». Fay lo recuerda con un estremecimiento: «Entonces comprendí que durante los últimos centímetros de la vida de ese árbol prácticamente acabamos con un bosque de 2.000 años de antigüedad».

secuoyas de California

La fisiología de los titanes

La secuoya de la costa no necesita protegerse con una armadura química compleja: su corteza y duramen abundan en polifenoles, compuestos que insectos y hongos descomponedores rehúyen. Además, su correosa corteza contiene poca resina, lo que la vuelve extraordinariamente resistente al fuego. Pero el rasgo que más fascina a los silvicultores es su capacidad de emitir brotes cuando el cámbium —el tejido vivo bajo la corteza— queda expuesto a la luz. Si una rama se parte, si la copa se desgaja o si un leñador corta el tronco, una nueva rama brotará de la herida y crecerá con vigor. Por todo el bosque salpican enormes tocones rodeados de un anillo de árboles de segunda generación, conocidos como «anillos de hadas». Todos esos vástagos son clones idénticos del mismo padre, y su ADN podría tener miles de años de antigüedad.

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Resulta paradójico que las piñas de estos colosos sean diminutas, del porte de una aceituna, y que sólo esporádicamente produzcan semillas viables. Por eso el rebrote a partir de tocones ha sido clave para la supervivencia de los bosques durante la era de la explotación maderera. Hay más: las secuoyas pueden permanecer aletargadas durante décadas a la sombra de sus mayores, reduciendo su metabolismo al mínimo. Cuando el árbol dominante cae o es talado y el dosel se abre a la luz, el individuo dormido despierta y se cubre de brotes nuevos en un fenómeno que los científicos llaman «liberación». La vida del bosque no se interrumpe: sencillamente se repliega, espera y renace.

Una historia labrada en madera

La historia de Estados Unidos bien podría contarse a golpe de hacha sobre los anillos de una secuoya. Durante milenios, las tribus tolowa, yurok y chilula vivieron tras una barrera casi impenetrable de árboles de más de 100 metros de altura, alimentándose de salmón, carne de wapití y bellotas de litocarpo, y tallando canoas con los troncos caídos. Esa forma de vida terminó bruscamente en 1848, cuando Estados Unidos arrebató California a México y se descubrió oro en su territorio. Los comerciantes de la costa Este vieron en la madera rojiza y resistente a la podredumbre un negocio más seguro que las pepitas, y los grandes bosques que rodeaban San Francisco quedaron casi arrasados.

Con métodos más o menos honestos, los barones de la madera se hicieron con miles de hectáreas de tierras federales a 6,20 dólares la hectárea, iniciando una era de explotación privada que perdura hasta hoy. De las 650.000 hectáreas de bosque de secuoya de la costa, el 34 % pertenece a tres empresas, el 21 % al estado de California y al gobierno federal, y el resto a pequeños propietarios. El terremoto y los incendios de San Francisco de 1906 multiplicaron la demanda de madera para reconstruir la ciudad; surgieron pueblos madereros en toda el área de distribución, y la tala mecanizada sustituyó a los bueyes con motores portátiles y trenes de vía estrecha.

Sin embargo, la corta de los grandes árboles también impulsó el movimiento conservacionista moderno. En 1900, un grupo de ciudadanos fundó el Sempervirens Club y logró la creación del primer parque estatal de secuoyas. La lucha entre la industria y los ecologistas ha sido constante desde entonces, y alcanzó un punto de inflexión en 2008, cuando la vilipendiada Pacific Lumber Company se declaró en bancarrota tras décadas de agresivas prácticas de tala. Aunque la mayor parte del bosque primario permanece protegido, las especies emblemáticas —el cárabo californiano norteño, el mérgulo jaspeado y el salmón plateado— seguían en peligroso retroceso mientras la crisis inmobiliaria cerraba aserraderos.

secuoyas de California

El dilema de un nuevo modelo

Fay y Holm no fueron ajenos a estas tensiones. Durante los once meses de expedición hablaron con leñadores, guardabosques, biólogos, ecologistas, posaderos y directivos de compañías madereras. Todos dependían, de un modo u otro, de las secuoyas. Lo que escucharon les convenció de que el bosque se hallaba en una encrucijada histórica, un momento en que la sociedad podía abandonar la eterna disyuntiva de talar o no talar y adoptar otro tipo de explotación forestal beneficiosa para la población, para la fauna y quizás incluso para el planeta. «California revolucionó el mundo con el chip de silicio», reflexiona Fay. «Ahora podría hacer lo mismo con la gestión forestal.»

«California revolucionó el mundo con el chip de silicio. Ahora podría hacer lo mismo con la gestión forestal.»

La travesía les mostró que otro paradigma era posible. Las secuoyas, con su asombrosa facultad de regenerarse a partir de un tocón o de un simple brote, ofrecen un ejemplo biológico de cómo producir madera sin arrasar el ecosistema. Las técnicas de silvicultura de ciclo largo, basadas en el respeto de los árboles maduros y el aprovechamiento de los rebrotes, podrían mantener la actividad económica sin sacrificar los servicios ambientales del bosque: la captura de carbono, la regulación del agua o el refugio de especies amenazadas. La expedición documentó que, allí donde los bosques se habían talado una sola vez y se había dejado regenerar durante décadas, la estructura vegetal empezaba a aproximarse a la del bosque primario.

El contexto no podía ser más propicio. La quiebra de Pacific Lumber, la crisis económica y la creciente conciencia ambiental entre comunidades locales y expertos forestales creaban una ventana de oportunidad que Fay consideró irrepetible. «Si no actuamos ahora —advirtió entonces—, dentro de cincuenta años miraremos atrás y nos preguntaremos cómo fuimos capaces de perder la oportunidad de salvar los bosques más altos del mundo».

La semilla en la herida

La astilla que se clavó en el empeine de Fay nunca se desprendió del todo de su memoria. Al hurgarse en el pie, Holm extrajo un fragmento minúsculo de secuoya que, en condiciones naturales, jamás habría enraizado. Pero la imagen de aquella esquirla —un dolor agudo y fugaz que, sin embargo, encerraba el genoma completo de un gigante— se convirtió en la metáfora perfecta del viaje. Si cada herida del bosque, por brutal que fuese, podía ser la semilla de una nueva vida, la gestión forestal del siglo XXI debía aprender a leer esos fragmentos y a sembrar desde la cicatriz.

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Inmutables y arraigadas en su hábitat remoto, las secuoyas gigantes resisten el peso de la nieve invernal, los incendios y el hacha. Han sido testigos del paso del tiempo, las modas y la gente; nosotros somos simplemente las últimas personas en pasar ante ellas. Pero, como demuestran los anillos de hadas que brotan una y otra vez alrededor de los tocones, su mayor secreto no está en la altura, sino en el fondo: en la astilla que, contra todo pronóstico, encierra un bosque entero.