Un pueblo de Almería con apenas trescientos vecinos le declaró la guerra oficial a Francia en octubre de 1883. No movió un solo soldado, no lanzó una sola bala, y la guerra duró exactamente cien años y dieciséis días antes de que alguien firmara la paz.
Lo que parece sacado de una novela de Cervantes ocurrió de verdad, está documentado en archivos municipales y fue noticia en el Washington Post en 1983. La historia del ayuntamiento de Almería que plantó cara a una potencia europea por una cuestión de honor es tan real como surrealista.
El insulto que encendió a Almería
El detonante fue un viaje diplomático de Alfonso XII en septiembre de 1883. El monarca venía de Alemania, donde había cometido el error de presidir desfiles militares prusianos y aceptar el grado honorario de coronel de los ulanos, precisamente en Alsacia, el territorio arrebatado a Francia por Bismarck. Al pasar por París de regreso, una multitud lo recibió a gritos, insultos y pedradas.
La indignación en España fue inmediata. En Almería, el pequeño ayuntamiento de la Sierra de los Filabres no esperó a que Madrid reaccionara. El 14 de octubre de 1883, el alcalde Miguel García Sáez convocó una sesión ordinaria cuya acta terminaría siendo el documento bélico más absurdo de la historia europea.
La declaración de guerra de Almería que llegó hasta París
El acta del consistorio de Almería y de Líjar en concreto era un texto de extraordinaria valentía verbal. Recordaba que una sola mujer española había degollado a treinta soldados franceses durante la invasión napoleónica y advertía que el pueblo contaba con seiscientos hombres útiles, uno capaz de vencer a diez mil franceses. Las matemáticas del bando eran claras: Francia necesitaría seis millones de soldados para ganarles.
El ayuntamiento acordó por unanimidad declarar la guerra a la nación francesa y enviar comunicado directo al Presidente de la República. El gobierno de Madrid no dio su bendición, pero tampoco lo detuvo. París recibió el escrito y, con toda probabilidad, lo archivó entre risas.
Un siglo de guerra sin un solo disparo
Durante los cien años siguientes, en Almería la vida siguió su curso. Se labraron campos, se extrajo mármol, emigraron jóvenes a Barcelona y a Alemania. Nadie movilizó tropas, nadie cruzó la frontera con intención hostil. Pero el bando original seguía custodiado en el archivo municipal, y la guerra era técnicamente válida y vigente según el derecho municipal del momento.
Lo más asombroso es que la prensa internacional terminó enterándose. El Washington Post publicó la historia en noviembre de 1983 bajo el titular "Little Spanish Town Offended by French Ends 100-Year War". Un rincón de Almería se había convertido, sin pretenderlo, en la anécdota geopolítica más curiosa del siglo XX.
El día que Líjar perdonó a Francia
El 30 de octubre de 1983, exactamente un siglo y dieciséis días después del bando original, la plaza del pueblo de Almería se llenó de vecinos, autoridades civiles y militares, y los representantes del consulado francés en Málaga y Almería. El alcalde Diego Sánchez Cortés firmó el acta de paz con una sencillez que contrastaba con la solemnidad del momento.
La placa que hoy puede leerse en Líjar lo recoge sin adornos: "Siendo Rey de España Juan Carlos I y Presidente de la República de Francia François Mitterrand, se firmó la paz el día 30 de octubre de 1983, después de 100 años de guerra incruenta." Sin bajas. Sin rencor. Con banda de música municipal.
El bando original, pieza de museo
El documento de 1883 se conserva en la Atalaya de Líjar, la torre medieval que domina el casco urbano. El texto invoca a Bailén, Lepanto, Zaragoza y a Carlos V atravesando Francia "aterrorizando al mundo con su figura". Leerlo hoy produce una mezcla de orgullo castizo y carcajada inevitable.
La placa de la paz, símbolo del carácter andaluz
El acta de paz de 1983 es igual de directa: nada de preámbulos diplomáticos, nada de protocolos internacionales. Una libreta, dos firmas, cien años cerrados en un minuto. Ese contraste entre la grandilocuencia del bando y la sobriedad del final dice mucho del humor tranquilo del sur.
El futuro de Almería pasa por sus historias únicas
Hoy Almería está apostando con fuerza por el turismo de interior, y la historia de Líjar encaja como pocas en ese relato. Los viajeros contemporáneos buscan experiencias auténticas que no aparecen en las guías convencionales, y un pueblo que estuvo en guerra con Francia es exactamente el tipo de imán cultural que convierte una visita en un recuerdo imborrable.
El reto está en conectar estas anécdotas extraordinarias con rutas temáticas, señalización histórica y contenido digital que llegue a quienes nunca habrían buscado el nombre de Líjar en un mapa. Almería tiene los ingredientes: le falta solo contarlos con la misma gracia que tuvo aquel alcalde en 1883.





