El 10 de noviembre de 2025 queda marcado como un cambio histórico para el Atlético de Madrid. El fondo norteamericano Apollo Sports Capital ha cerrado la adquisición de un paquete mayoritario de acciones del Atlético de Madrid, lo que pone fin a la hegemonía accionarial de la familia Miguel Ángel Gil Marín, que bajo el mandato de su padre, Jesús Gil, había controlado el club durante 38 años, 33 como máximos accionistas desde la transformación en Sociedad Anónima Deportiva en 1992.
El Atlético de Madrid cambia el modelo personalista de Gil por una gestión más empresarial
La operación simboliza mucho más que un simple movimiento financiero. Y este este nuevo capítulo en la historia de los atléticos supone el cierre de un modelo personalista, levantado sobre decisiones impulsivas y carisma político, y la entrada en una gestión más empresarial, global y controlada por fondos internacionales.
La historia comienza en los ochenta, cuando Jesús Gil irrumpe en la presidencia con una campaña mediática basada en el fichaje de Paulo Futre, recién campeón de Europa con el Oporto. A partir de ahí, su figura marcó al club durante años: fichajes sonados, entrenadores destituidos a ritmo vertiginoso (más de veinte en sus mandatos), declaraciones explosivas y una guerra abierta con la Federación y la prensa. El Atlético se convirtió en un espectáculo constante, dentro y fuera del campo.
La familia Gil Marín y Cerezo ya no serán los únicos al mando del Atlético
Pese a la inestabilidad, hubo momentos de gloria. El doblete de 1996, con Radomir Antić en el banquillo y jugadores como Pantic, Simeone o Kiko, fue el punto más alto de aquella era. El club volvió a ser campeón de Liga y Copa treinta años después, alimentando la ilusión de una afición acostumbrada a vivir en el caos.
Pero el mismo modelo que había impulsado al equipo terminó pasándole factura. En 2000, el Atlético descendió a Segunda División y fue intervenido judicialmente. Gil había fallecido, y su hijo Miguel Ángel Gil Marín asumió el mando en un contexto difícil, con el club dividido y las cuentas en rojo. La reconstrucción fue lenta, pero constante.

El regreso a Primera marcó el inicio de una nueva etapa, más profesional. La llegada de Diego Simeone en 2011 fue el verdadero punto de consolidación. Con él, el Atlético se transformó en un club competitivo, moderno y económicamente sólido. Pasó de un presupuesto de poco más de 120 millones a superar los 500 en menos de una década. En 2017 inauguró el Metropolitano, un estadio de 70.000 espectadores que simbolizaba ese salto a otra dimensión.
Ahora, el club entra en una fase distinta. Apollo Sports Capital no solo aporta capital, sino que representa una manera de entender el fútbol como negocio global. La familia Gil Marín seguirá al frente de la gestión, pero ya no controla el destino en solitario. Detrás del nuevo accionariado hay objetivos financieros, una mayor expansión internacional y grandes exigencias de rentabilidad.
La gran incógnita está en cómo convivirán esos dos mundos, tanto el del sentimiento rojiblanco como el de los balances. El Atlético siempre se ha definido por su carácter, por ese espíritu de resistencia frente a los poderosos. La complejidad será mantener esa identidad en una estructura cada vez más fría y corporativa.
Para la afición, acostumbrada a los vaivenes, el cambio se recibe con una mezcla de ilusión y cautela. Muchos ven en la entrada de capital extranjero una oportunidad para crecer y competir con los grandes de Europa, pero también existe el temor a perder parte de la identidad que siempre ha hecho al Atlético distinto a los demás.
El Atlético de Madrid cierra así una etapa que comenzó con el carisma de Jesús Gil y continúa, desde ahora, bajo la lupa del capital extranjero. Se apaga un estilo y se enciende otro. Lo que no cambia es la esencia, la mezcla de orgullo, sufrimiento y fe que ha convertido al Atleti en algo más que un club
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