El helado que te comprabas con una peseta ‘rubia’: el recuerdo de los veranos en los que ser millonario era tener 100 pesetas

El recuerdo de un tiempo en que ser millonario costaba solo cien pesetas. El mapa del tesoro de los veranos: el cartel de los helados y sus precios imposibles.

El helado que te comprabas con unas pocas pesetas es mucho más que un recuerdo, es el ancla de la memoria de los veranos de toda una generación. Aquella ‘rubia’ solitaria, esa moneda de una peseta que apenas abultaba en el bolsillo, era el pasaporte a un universo de sabor a limón o naranja. Era una memoria colectiva que nos transporta a una época más sencilla, un tiempo en el que la felicidad cabía en la palma de la mano y sabía a hielo y azúcar.

Ser millonario era tener cien pesetas, un billete verde con la efigie de Manuel de Falla que nos convertía en los reyes del barrio durante todo un fin de semana. Con ese tesoro, un universo de posibilidades se abría ante nosotros, un poder adquisitivo que hoy parece ciencia ficción y que nos hace preguntarnos qué ha pasado con el valor de las cosas. Aquel dinero de bolsillo era la llave maestra de nuestra infancia, pero ¿éramos conscientes de ello?

EL PODER INFINITO DE UNA MONEDA DE CINCO DUROS

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Todo empezaba con esa moneda de cinco pesetas, el famoso ‘duro’, que nuestros padres nos daban para el recado o como primera paga. No era solo metal, era una pequeña fortuna que tintineaba en el bolsillo y que nos cargaba de una responsabilidad casi solemne. La misión de ir al quiosco o a la panadería se convertía en una aventura, aquel puñado de calderilla representaba nuestra primera dosis de independencia real, la libertad para elegir nuestro propio tesoro.

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Aquel gesto de confianza nos convertía en pequeños estrategas. La misión de estirar cada céntimo era un juego apasionante que nos enseñaba más de economía que cualquier clase. Sopesábamos las opciones, calculábamos las vueltas y sentíamos el peso de la decisión. Al final, cada una de aquellas monedas antiguas era una llave que abría la puerta a un pequeño lujo, un capricho que sabíamos que nos habíamos ganado con nuestra gestión impecable.

EL QUIOSCO: EL PARAÍSO DONDE CADA PESETA VALÍA ORO

El quiosco de la esquina era nuestro particular El Dorado, un santuario de cristal y color donde se obraba el milagro de la multiplicación de las pesetas. Un festín para los sentidos donde los chicles Bazooka costaban una pela y un paquete de pipas Facundo apenas un duro. Aquel mostrador era la frontera entre el mundo adulto y nuestro universo de placeres asequibles, un lugar donde el tiempo parecía detenerse mientras señalábamos con el dedo nuestro objeto de deseo.

Hacíamos cálculos mentales para maximizar nuestra inversión en azúcar y colorantes, combinando dos regalices de palo con un puñado de ositos de goma. La elección era un ritual sagrado que convertía aquellas humildes monedas en un poder casi ilimitado. Gastar aquellas pesetas no era un acto de consumo, era una ceremonia, una de las primeras lecciones de economía que aprendimos en la vida y que nos enseñó a valorar cada céntimo.

AQUEL MAPA DEL TESORO LLAMADO CARTEL DE LOS HELADOS

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La jerarquía estaba clara y empezaba en la base de la pirámide del placer. El polo de hielo, el ‘flash’ o el Drácula eran el primer escalón, el más accesible. Ese era el helado que te podías permitir casi cualquier día con el dinero suelto del pan, una pequeña dosis de felicidad instantánea que apenas costaba unas pocas pesetas. No era el más espectacular, pero su sabor a infancia es, probablemente, el que más perdura en nuestra memoria colectiva.

Juntar lo suficiente para un Frigopié, un Colajet o un Negrito era una victoria, un ascenso en la escala social del patio del colegio. Aquel cartel nos enseñó a desear, a ahorrar y a entender la jerarquía del poder adquisitivo. Era una lección de vida disfrazada de postre, un mapa de objetivos que nos marcábamos al inicio del verano y que íbamos conquistando con cada una de las pesetas que caían en nuestras manos.

MÁS ALLÁ DE LAS CHUCHES: CÓMICS, CROMOS Y LA PRIMERA PAGA

El universo de las pesetas se expandía más allá de lo comestible. Los tebeos de Bruguera eran una ventana a otros mundos por un puñado de monedas. Con 25 pesetas tenías garantizada una tarde de aventuras y risas con Mortadelo y Filemón o Zipi y Zape. La moneda con el agujero era el precio estándar de la imaginación, una inversión en cultura popular que nos aficionó a la lectura y que pasaba de mano en mano entre amigos y primos.

La paga semanal, aunque fuera modesta, nos convertía en pequeños inversores que gestionaban sus carteras de ocio. Aquel dinero de bolsillo nos enseñó a gestionar nuestros primeros presupuestos, decidiendo entre el placer inmediato de las chuches o el objetivo a largo plazo de completar el álbum de cromos de La Liga. Era un juego de finanzas a pequeña escala, un aprendizaje sobre el ahorro y la planificación que marcaba nuestro carácter.

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¿QUÉ NOS QUEDA DE AQUELLAS CIEN PESETAS?

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Con un billete de cien pesetas en el bolsillo te sentías el rey del mundo, un auténtico potentado con un fin de semana por delante para disfrutar. Aquella cantidad representaba un fin de semana entero de pequeños lujos sin preocupaciones, desde la entrada del cine del domingo hasta un festín de golosinas para compartir. Era un billete que olía a libertad, a planes improvisados y a la certeza de que no te iba a faltar de nada.

Quizás lo que echamos de menos no es la moneda en sí, ni su poder de compra, sino la sencillez de un mundo donde el valor de las cosas era tangible y comprensible. Un tiempo en el que la felicidad, como aquel helado de una peseta, estaba al alcance de la mano. Tal vez la nostalgia de las pesetas no es más que el anhelo de volver a un lugar donde, con muy poco, sentíamos que lo teníamos absolutamente todo.

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