La erupción del Etna obliga a los turistas a huir en Sicilia

Un millón y medio de personas sube cada año a las laderas del volcán activo más alto de Europa. La columna de gases y ceniza del 2 de junio de 2025 se oyó en Taormina y Catania, a 50 y 40 kilómetros.

La escena dura menos de un minuto y no necesita locución. Una fila de personas baja a paso rápido por la ladera, una detrás de otra, sin volverse; a su espalda, una columna gris que asciende y se abre en abanico ocupa medio cielo. La grabó Giuseppe Panfallo, guía de la empresa Go Etna, con su grupo apiñado a pocos metros, y en la propia grabación se le oye decir entre el viento: «Pasamos a dos pasos, mirad esa nube. Gracias a Dios llevábamos con nosotros a un guía responsable. Llegó de golpe: un humo inmenso, un estruendo inmenso, inmenso».

La erupción había empezado de madrugada. Hacia el mediodía del 2 de junio de 2025, el Etna sostenía sobre su cima una columna eruptiva de «varios kilómetros de altura», según la medición del Observatorio Etneo del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología (INGV), compuesta por gases a alta temperatura, ceniza y fragmentos de roca. La Agencia de Protección Civil siciliana calcula que en ese momento trabajaban en la montaña una docena de operadores turísticos; solo la empresa de Panfallo tenía cuarenta personas repartidas por las laderas. Todas bajaron. Ninguna resultó herida.

Un volcán que recibe visitantes a diario y que un lunes cualquiera decide abrirse en dos: esa es la escena que Sicilia lleva repitiendo dos mil setecientos años y que el turismo de masas ha convertido, además, en un negocio de primer orden. El Etna es el volcán activo más alto de Europa, el más vigilado de Italia y uno de los destinos de excursionismo más concurridos del Mediterráneo. Alrededor de un millón y medio de personas sube cada año, y muchas llegan casi hasta el borde de los cráteres sumitales. La pregunta que plantea cada paroxismo no es si la montaña volverá a rugir, sino cuánta gente habrá cerca cuando lo haga.

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De la madrugada al silencio

El episodio se anunció con ruido. Vecinos de Taormina, a unos cincuenta kilómetros en línea recta, y de Catania, a cuarenta, escucharon las explosiones y grabaron desde balcones y terrazas la columna que crecía sobre la isla. El observatorio definió el fenómeno como una erupción piroclástica, es decir, la formación de una columna con «una mezcla letal de gases a alta temperatura, granos de lava, ceniza volcánica y fragmentos de roca de tamaños diversos que desciende rápidamente por las laderas del volcán». La expresión, tan técnica en apariencia, describe algo muy simple: lo que sube, luego baja.

Hacia la una de la tarde, la actividad cambió de carácter. El volcán comenzó a emitir lava caliente, un comportamiento más alineado con sus erupciones habituales, según explicó un portavoz del observatorio. Las observaciones preliminares apuntaron a un colapso parcial del flanco norte del cráter sureste, la estructura que en los meses anteriores había producido coladas especialmente vistosas. Al anochecer, el observatorio informó de que la erupción se había debilitado y de que las tres coladas abiertas estaban ya enfriándose. El tremor volcánico había caído «a valores bajos» y solo se registraban pulsos esporádicos de ceniza cerca de la cima.

Para quien estaba abajo, la secuencia fue otra. Alessio Zocco, guía de montaña de 33 años que trabaja en el volcán, describió el episodio por lo que tuvo de ruptura del guion: «La erupción de hoy parecía al principio similar a otras, pero lo que la hizo distinta fue un estruendo súbito y potente», contó. «Fue un momento dramático, aunque por suerte duró poco».

El presidente de la región de Sicilia, Renato Schifani, compareció con un mensaje de tranquilidad y una advertencia en la misma frase. No había «peligro para la población», dijo, y agradeció a los servicios de emergencia «la activación inmediata de los protocolos de vigilancia y seguridad». Añadió una recomendación dirigida específicamente a quienes suben por afición: «máxima precaución para los excursionistas» y evitar la zona de la cima «hasta nuevo aviso, en consideración a la posible evolución del fenómeno».

Una montaña que cambia de altura

El Etna se levanta sobre la costa oriental de Sicilia, entre Catania y Taormina, y ronda los 3.300 metros de altitud. La cifra conviene tomarla con holgura: sus cráteres sumitales se derrumban y se reconstruyen con una facilidad que en otros volcanes requiere siglos, de modo que la altura exacta cambia de una temporada a otra. Es, en sentido estricto, una montaña que se hace y se deshace a sí misma.

Su comportamiento también resulta atípico. La mayoría de los volcanes activos del planeta se alinean en arcos de subducción, donde una placa tectónica se hunde bajo otra. El Etna ocupa una posición más incómoda de explicar: se asienta en la convergencia entre África y Eurasia, pero buena parte de su producción de magma procede de una anomalía del manto que los geólogos todavía discuten. El resultado es un volcán que expulsa volúmenes de lava enormes, que ha construido un edificio de decenas de kilómetros de diámetro y que, pese a su fama de espectáculo pirotécnico, es sobre todo una máquina de verter roca fundida.

Cuatro cráteres coronan la cima: Bocca Nuova, Voragine, Noreste y Sureste. Este último ha sido el protagonista de las últimas décadas, con paroxismos frecuentes, fuentes de lava de cientos de metros y columnas de ceniza que han obligado a cerrar el aeropuerto de Catania en más de una ocasión. Su flanco norte es precisamente el que cedió durante la erupción del 2 de junio.

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Hay una segunda dinámica, menos visible y más decisiva a largo plazo. El flanco oriental del volcán se desplaza lentamente hacia el mar, unos centímetros al año, sobre un sistema de fallas que recorre la ladera hasta el litoral. Ese deslizamiento explica los terremotos que de vez en cuando sacuden localidades como Zafferana Etnea o Acireale y explica también por qué el Etna no es solo un surtidor de lava: es una estructura que se deforma, se agrieta y se ajusta. El Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología lo vigila con una red densa de sismómetros, receptores GPS, inclinómetros y sensores de gases, complementada con imágenes satelitales térmicas. Pocos lugares del mundo están tan instrumentados.

erupción volcánica en Sicilia

Esa vigilancia es la que permite distinguir entre un susto y una catástrofe. La lava del Etna avanza despacio, a menudo a pocos metros por hora, y casi siempre da tiempo a evacuar. El problema es la otra mitad del repertorio: las explosiones, los flujos piroclásticos y, sobre todo, la ceniza, que viaja con el viento y no entiende de protocolos.

Dos mil setecientos años de crónicas

Pocos volcanes tienen un historial escrito tan largo. Los griegos que fundaron colonias en la costa siciliana ya dejaron constancia de las llamaradas del Etna, y la montaña entró en la literatura antes que en la ciencia. Bajo sus laderas situaban algunos poetas la prisión de Tifón, el gigante de las cien cabezas, y la forja de Hefesto, el taller donde los cíclopes golpeaban el hierro con martillos descomunales. Virgilio recogió esas imágenes en la Eneida y las convirtió en paisaje literario. La leyenda, además, hizo morir en sus llamas al filósofo Empédocles, que según la tradición se arrojó al cráter para demostrar su condición divina.

La historia documentada es menos poética y más contundente. La erupción de 1669 arrasó varios pueblos, cubrió parte de Catania y ganó terreno al mar: la ciudad conserva todavía la huella de aquella colada en su trama urbana. La de 1928 sepultó Mascali, que hubo de ser reconstruida en otro emplazamiento. La de 2002 y 2003, una de las más largas de la época moderna, mantuvo la actividad durante meses, con lluvia de ceniza y serios problemas para la aviación. El observatorio sitúa la referencia reciente más inmediata en 2014: según sus registros, no se había producido un episodio de la magnitud del de 2025 desde entonces.

Esa comparación importa porque ordena la memoria colectiva. Los sicilianos conviven con la actividad ordinaria —fumarolas, pequeños estrombolianos, coladas que se detienen solas— y reservan el asombro para los paroxismos. En 2021, una sucesión de episodios breves e intensos devolvió al volcán a los telediarios y a los aeropuertos a la rutina de las cancelaciones. El patrón se repite con una regularidad desconcertante: largos periodos de calma aparente, erupciones cortas y violentas que se agotan en horas, y de vez en cuando, una erupción de flanco, la única capaz de amenazar núcleos habitados.

El Etna es, desde 2013, Patrimonio Mundial de la Unesco. La distinción no protege de la lava, pero sí subraya lo que está en juego: un paisaje construido por el propio volcán, con conos adventicios, coladas históricas, cuevas de lava y bosques de castaños que crecen sobre suelos negros.

Un millón y medio de visitantes al año

La infraestructura turística del Etna es un prodigio de ingeniería comercial. En la vertiente sur, el teleférico parte del refugio Sapienza, a unos 1.900 metros, y asciende hasta cerca de los 2.500. Allí esperan autobuses todoterreno que, con guías a bordo, acercan a los grupos hasta los 2.900 metros, ya sobre un paisaje de escoria y azufre. En la vertiente norte, el acceso se organiza desde Piano Provenzana, la estación que la erupción de 2002 arrasó casi por completo y que fue reconstruida más abajo.

La cifra oficial de visitantes ronda el millón y medio al año, y buena parte de ellos no se conforma con mirar desde un mirador: camina casi hasta la cima. La Agencia de Protección Civil siciliana estima que, en cualquier momento del día, una docena de operadores turísticos trabaja simultáneamente en el volcán, entre excursiones guiadas, transporte en vehículos todoterreno, alquiler de material y servicios de restauración.

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Ese volumen convierte cada erupción en un problema logístico antes que geológico. Cuando la actividad se intensifica, las autoridades municipales cierran carreteras y limitan el acceso por encima de determinadas altitudes. La medida protege a los visitantes, pero también a los equipos de emergencia: un turista que se salta el control no solo se pone en peligro, sino que puede bloquear la única vía por la que deben subir los vehículos de socorro. Durante la erupción del 2 de junio se cerraron muchas de las pistas que ascienden al cono para impedir que la gente intentara acercarse y estorbara a los servicios de intervención.

erupción volcánica en Sicilia

El resultado es una paradoja económica conocida en todos los destinos de riesgo: la montaña es a la vez el producto y la amenaza. Los guías pierden jornadas cuando se cierra el acceso; los refugios y restaurantes, clientela; los visitantes, el motivo del viaje. Y sin embargo, la actividad volcánica rara vez frena la demanda. Un cráter que humea vende más que un cráter dormido.

La hora del guía

Entre el volcán y el turista hay una figura intermedia que rara vez aparece en los titulares y que en las erupciones repentinas resulta decisiva. Los guías que trabajan en el Etna conocen las rutas, leen el comportamiento del viento y mantienen contacto con la vigilancia volcánica. Cuando la columna se levanta sin aviso previo, la decisión que toman —bajar, agruparse, esperar en un refugio— se toma en minutos y con información incompleta.

En el episodio del 2 de junio, esa cadena funcionó. La empresa que tenía cuarenta personas en la montaña las reunió y las condujo ladera abajo; el observatorio confirmó después que todos los excursionistas y montañeros presentes en el volcán habían sido evacuados sin incidentes. No hubo heridos que lamentar, y la erupción, que había comenzado de madrugada, se extinguió entrada la noche.

«El Etna es una fuerza majestuosa e impredecible de la naturaleza. Impone respeto, pero ofrece también una de las experiencias más poderosas e imponentes que se pueden presenciar».

La frase es de Alessio Zocco, que añadió una idea que resume la ética profesional del sector: «Con conocimiento, preparación y humildad, es posible explorar este paisaje de forma segura y con sentido». No es una consigna publicitaria. Los protocolos de la protección civil italiana funcionan por niveles de allerta y activan restricciones graduales: se limita el acceso a determinadas altitudes, se cierran senderos, se suspende el teleférico. La mayoría de los visitantes acepta las normas; una minoría, sin embargo, las interpreta como una invitación a burlarlas.

El punto ciego del sistema es la sorpresa. El Etna puede pasar de la calma a un paroxismo en cuestión de horas, y una excursión que comenzó con sol puede terminar con una nube de ceniza tapando el horizonte. Por eso los guías insisten en una idea poco comercial: la montaña no está al servicio del visitante.

Ceniza, viento y aeropuertos

De todos los materiales que expulsa un volcán, el menos fotogénico es el que más problemas causa. La ceniza es roca pulverizada, dura, abrasiva y capaz de fundirse dentro de un motor a reacción a temperaturas de operación. Por eso las autoridades aeronáuticas reaccionan con tanta cautela: no hacen falta coladas para paralizar un aeropuerto, basta con que el viento coloque una capa de partículas sobre las pistas o en las rutas de aproximación.

En la erupción del 2 de junio, la meteorología jugó a favor. La ceniza no se esperaba sobre Catania, la ciudad que se extiende a los pies del volcán, y los aeropuertos de Catania y Palermo permanecieron abiertos. Aun así, la protección civil siciliana pidió a los vuelos que evitaran la zona y algunos trayectos que partían de Catania se redirigieron a Palermo, a más de doscientos kilometros por carretera. El alcalde de Catania explicó que la ciudad disponía de planes para avisar a la población y pedirle que se cubriera si el viento cambiaba de dirección.

La ceniza también complica la vida en tierra. Se acumula en tejados y canalones, ensucia el agua de lluvia, reduce la visibilidad en las carreteras y obliga a limpiar con mascarilla. No es un peligro comparable al de un flujo piroclástico, pero sí una molestia recurrente que convierte cada paroxismo en una jornada de escobas y mangueras para miles de familias.

erupción volcánica en Sicilia

La altura de la columna —varios kilómetros en este caso— determina hasta dónde llega el problema. Cuanto más alta, más fácil es que los vientos en altitud la transporten lejos del cono y la depositen sobre núcleos urbanos o rutas aéreas. Por eso los observatorios miden la columna minuto a minuto y por eso las decisiones sobre aeropuertos se toman con datos que cambian cada hora.

Vino, pistacho y piedra negra

A los pies del volcán, la destrucción tiene una cara fértil. Las coladas antiguas se meteorizan y se convierten en suelos ricos en minerales, bien drenados y capaces de retener la humedad en verano. Sobre ellos crecen los viñedos de la denominación Etna, con uvas como la nerello mascalese, y los pistacheros de Bronte, cuyo fruto verde es uno de los orgullos agrícolas de la isla. Castaños, cítricos y olivares completan un paisaje que debe su prosperidad a las mismas erupciones que un día lo sepultaron.

Catania, la capital oriental de Sicilia, es la demostración urbana de esa lógica. Reconstruida tras el terremoto de 1693 con la piedra negra que el volcán había escupido durante siglos, la ciudad tiene un color propio, un gris oscuro que en verano absorbe el sol y en invierno devuelve el calor. Sus habitantes han aprendido a convivir con un riesgo que rara vez se materializa en tragedia: las erupciones de flanco son poco frecuentes, y los planes de evacuación se activan con tiempo cuando la sismicidad avisa.

Aun así, la escala de un posible escenario grave obliga a la prudencia. Un flujo de lava que descendiera por la ladera oriental en dirección al mar tendría que atravesar zonas densamente pobladas antes de alcanzar la costa. No es un guion de ciencia ficción: ha ocurrido antes y volverá a ocurrir en una escala de tiempo geológica que, para desgracia de los planificadores, a veces se comprime en meses.

La convivencia se sostiene sobre una jerarquía de tiempos. El volcán razona en milenios; el agricultor, en cosechas; el guía, en temporadas; el turista, en una tarde. La erupción del 2 de junio de 2025 fue, para la mayoría de quienes la vivieron de cerca, una anécdota de vacaciones con final feliz: cuarenta personas bajando a toda prisa, un vídeo grabado con el móvil y una historia que contar al volver a casa. Para el Etna, fue un episodio menor dentro de una biografía que lleva dos mil setecientos años escribiéndose.

Queda la lección que repiten quienes trabajan en la montaña y que Zocco formuló sin adornos: «Con conocimiento, preparación y humildad, es posible explorar este paisaje de forma segura y con sentido».