El fenómeno del 'Slow Travel' en España: las 5 fincas rurales donde la desconexión digital es norma

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Finca Son Gener (Son Servera, Mallorca): la finca payesa con pantallas fuera de las habitaciones

white canopy bed in room

La finca ocupa siete hectáreas de olivos y almendros en el collado que separa Son Servera de Artà, en el Llevant mallorquín, y su edificio principal es un casal del siglo XVIII que antes fue molino de aceite: en el patio se conserva la muela centenaria y, en uno de los muros, las rayas con las que los payeses contaban los sacos de oliva. El arquitecto Antoni Esteva y su mujer, Catín, recuperaron la ruina hace unos 25 años y la ampliaron después con un pabellón moderno; hoy suma 15 junior suites, diez en la casa original y cinco en el edificio nuevo, todas con terraza o jardín privado. A ello se añaden tres piscinas de agua sal (dos exteriores y una cubierta en el spa, con sauna, hammam y sala de yoga), un huerto ecológico que abastece la cocina y un restaurante de recetario mallorquín que trabaja con producto propio y de proximidad.

Conviene hacer una corrección de partida: Son Gener no ha retirado las pantallas de las habitaciones. Las fichas de reserva y las guías especializadas describen suites con televisión de pantalla plana, canales por satélite y servicio de streaming, además de wifi gratuito en todo el establecimiento. La desconexión aquí no se impone por norma, se produce por geografía: el acceso llega por la carretera vieja MA-4031, en torno al kilómetro 3, a unos 54 kilómetros del aeropuerto de Palma —cerca de una hora de coche—, sin nada a distancia peatonal y con la advertencia recurrente de que hace falta vehículo propio. Tampoco hay bar ni música de ambiente, los martes cierra la cocina y las reseñas insisten en que apenas se ve a otros huéspedes fuera de las comidas. El resultado es un silencio sostenido por la finca, no por un reglamento, con precios que en comparadores arrancan alrededor de los 457 euros la noche.