Sobre la puerta de una cámara de cristal de nueve metros de altura, plantada en un claro remoto del Bosque Experimental de Marcell, en el norte de Minnesota, alguien colgó un cartel con una frase que no es un eslogan: «Bienvenido al futuro». Quien cruza esa puerta no visita una exposición. Entra en un cilindro transparente de doce metros de diámetro donde unos quemadores y unas bombonas de dióxido de carbono llevan años fabricando el clima que tendrá ese mismo rincón del planeta dentro de varias décadas. El futuro, allí, se toca con la mano y huele a turba recalentada.
Son diez. Diez cámaras de techo abierto, iguales por fuera y distintas por dentro, repartidas por este bosque de turberas y coníferas. En algunas no cambia nada. En otras, la temperatura sube 2,2 grados. En las siguientes, 3,9. En las más extremas, 6,7 o más. Cada cilindro encierra un escenario climático completo, un ensayo a escala de lo que le espera a la gran franja verde que ciñe el hemisferio norte.
Porque el bosque boreal es el mayor sistema forestal del planeta. Arranca en la cuenca del lago Superior, atraviesa el norte de Canadá y Alaska, cruza el Atlántico y se prolonga por Escandinavia y buena parte de Rusia. Bajo sus abetos, pinos y abedules se extienden turberas que han ido apilando materia orgánica durante milenios, capa sobre capa, en un suelo frío, encharcado y casi sin oxígeno. Ese suelo es un archivo. Y el archivo se está abriendo.
La pregunta que sostiene el experimento de Marcell, y media docena de programas científicos repartidos entre Alaska y los Territorios del Noroeste, ya no es cuánto carbono puede seguir guardando el bosque boreal. Es cuánto está devolviendo, a qué velocidad y con qué consecuencias. Un ecosistema que durante doce mil quinientos años se comportó como un sumidero está empezando a comportarse como una fuente.
Diez cilindros que fabrican el mañana
El Bosque Experimental de Marcell se creó en 1962 para estudiar la ecología y la hidrología de este tipo de bosque. Durante décadas, el interés estuvo en el agua, en el suelo, en los ciclos del carbono. Después, el foco se desplazó al calentamiento global y el recinto acabó convertido en un laboratorio con más de medio centenar de experimentos simultáneos. Las diez cámaras son el fruto de una colaboración entre el Servicio Forestal de Estados Unidos y el Laboratorio Nacional de Oak Ridge, dependiente del Departamento de Energía.
En 2016, el equipo empezó a inyectar calor y dióxido de carbono en los cilindros. Cinco años después, el balance era inequívoco. Randy Kolka, del Servicio Forestal, y Paul Hanson, científico de ecosistemas en Oak Ridge, comprobaron junto a sus colegas que las parcelas calentadas habían dejado de acumular carbono y funcionaban ya como emisores netos. La turba de Marcell había llegado a almacenar quince veces más carbono que los bosques talados y rebrotados del este del país. Ahora esas mismas cámaras lo estaban perdiendo entre 4,5 y 18 veces más deprisa de lo que habían tardado en acumularlo.
La explicación cabe en una imagen. La turba es una esponja: absorbe agua, la retiene, se hincha. Cuando se seca o se degrada, se colapsa sobre sí misma, pierde volumen y con él la capacidad de guardar carbono. Kolka recorrió la cámara que se calienta al ritmo más alto y señaló lo que había cambiado. Los alerces y las piceas se habían vuelto pardos. Los arbustos amantes del calor y de la humedad crecían tan tupidos que apenas dejaban ver el esfagno del suelo. Esos musgos, los ladrillos con los que se construye la turba, no van a durar.
La turba, un depósito que nadie miraba
La turba es vegetación a medio descomponer que se acumula en las ciénagas y tremedales fríos, encharcados y pobres en oxígeno del boreal. Sin oxígeno, la planta muerta no termina de pudrirse: se apila, se comprime y conserva el carbono que tomó del aire. Ahí abajo puede permanecer siglos, milenios, sin que nada lo altere. Basta con que el nivel del agua baje o la temperatura suba para que el depósito se ventile, se hunda y devuelva a la atmósfera lo que tenía secuestrado.
La escala de lo que está en juego desborda cualquier cálculo intuitivo. Las turberas del planeta guardan el doble de carbono que todos los bosques del mundo juntos. No son un paisaje secundario, un terreno pantanoso que conviene desecar: son el depósito más denso de carbono terrestre que existe. Y el boreal alberga una porción considerable de ellas.
A eso se añaden servicios que rara vez se facturan. Las turberas amortiguan las crecidas, filtran el agua, frenan o detienen el avance del fuego. Y sostienen uno de los fenómenos migratorios más grandes del planeta: entre mil y tres mil millones de aves procedentes de lugares tan lejanos como Argentina encuentran allí sus lugares de nidificación. Un bosque que se seca no solo emite carbono. También deja de criar pájaros.

Árboles que se ahogan de pie
Mil quinientos kilómetros al noroeste de Marcell, el paisaje se invierte. En Tanana Flats, una llanura aluvial al sureste de Fairbanks, en el centro de Alaska, el problema no es que el suelo se seque, sino que se hunde. Torre Jorgenson llegó allí en la década de 1990 para el Laboratorio de Investigación e Ingeniería de Regiones Frías del Ejército estadounidense. Entonces el cambio climático no era una preocupación central. Hoy es el centro de todo lo que observa.
Jorgenson, expresidente de la Asociación Estadounidense de Permafrost, describe lo que ve con una escena que cuesta olvidar: atravesar patinando sobre el hielo un bosque ahogado en las afueras de Fairbanks, entre troncos de árboles muertos que siguen en pie, congelados dentro del hielo. Los fens, las vaguadas encharcadas de la llanura, se están expandiendo a toda velocidad. Tres de las principales crecieron un 26 por ciento entre 1949 y 2018. La predicción del equipo es que a finales de siglo se habrá perdido otro 36 por ciento del permafrost de la zona y quedarán muy pocos árboles en las tierras bajas.
El mecanismo tiene su lógica. El permafrost es el cemento que sostiene el suelo. Cuando se funde, la tierra se asienta, el agua ocupa el hueco y las raíces quedan sumergidas. El árbol no muere de sed ni de calor: muere de pie, con las raíces bajo el agua, en un pantano que crece cada verano. Y mientras tanto, los ríos y los lagos se van oscureciendo, cargados de carbono orgánico disuelto que procede de esa materia vegetal en descomposición. El fenómeno tiene nombre propio: pardeamiento.

El juego de cartas después del fuego
El otro motor del cambio es el fuego. En Bonanza Creek, una reserva de investigación ecológica de largo plazo situada cerca de Fairbanks, los científicos trabajan desde 1987 para entender qué hizo resiliente al boreal durante miles de años y por qué esa misma mecánica lo vuelve ahora vulnerable. La respuesta, en parte, está en lo que arde y en cómo arde.
Los incendios frecuentes favorecen la regeneración de frondosas caducifolias como el álamo temblón y el abedul por delante de las coníferas. Los fuegos de verano consumen la capa orgánica profunda del suelo, dejan al descubierto el suelo mineral y allanan el camino a las madera duras. También reducen el aislamiento que protege al permafrost, de modo que un incendio severo acelera la fusión del hielo subterráneo. El ciclo se retroalimenta: más fuego, menos aislamiento, más deshielo, más materia orgánica expuesta, más combustible para el próximo fuego.
Jill Johnstone, investigadora en Bonanza Creek y hoy al frente del Laboratorio de Ecología Vegetal del Norte, en el Yukón, lo resume con una imagen de mesa de juego.
«Es como una partida de cartas. Después de un incendio, se baraja el mazo. En el boreal, donde hay muy pocas especies de árboles y plantas comparado, por ejemplo, con el Amazonas, solo hay un número limitado de formas de jugar la partida. Fuerzas como la acidez del suelo, la precipitación, el calor y el permafrost determinan qué plantas prosperan. Y el cambio climático también, ahora más que nunca».
Barajar no siempre reparte bien. Un estudio reciente comprobó que la capacidad de regeneración de la picea negra, especie clave del sistema, había caído en el 38 por ciento de las parcelas estudiadas tras incendios y había fracasado por completo en el 18 por ciento. Donde la picea negra no vuelve, el bosque no se recupera: se transforma en otra cosa.
Los incendios, además, no solo son más frecuentes. Son más grandes y más severos, y esa combinación acelera la fusión del permafrost que ya está en marcha, la que está desarraigando y anegando extensiones enteras de bosque desde Alaska hacia el este, hasta el Yukón y los Territorios del Noroeste. Dan Thompson, científico del Servicio Forestal canadiense, ha recorrido a pie las cicatrices de esos fuegos en el parque nacional Wood Buffalo. Lo que encuentra no es un bosque quemado que volverá a brotar igual, sino un terreno que ha cambiado de reglas.
Un metro menos de permafrost cada año
En Scotty Creek, en los Territorios del Noroeste de Canadá, el hidrólogo William Quinton estudia permafrost desde 1999. Su estación de investigación se levanta en medio de una franja de bosque boreal de 153 kilómetros cuadrados con una concentración altísima de humedales, y trabaja codo con codo con el pueblo liildii kue got'ine, cuyos conocimientos ecológicos tradicionales complementan los datos que recogen los instrumentos. La memoria larga de los mayores y su lectura de cómo responden los peces y la fauna silvestre animan las series numéricas.
Los números, por sí solos, ya son elocuentes. En la década de 1950, el permafrost cubría casi tres cuartas partes de la región. Ahora cubre un tercio. Los bordes de las parcelas heladas retroceden alrededor de un metro al año y dejan detrás depresiones que se llenan de nieve fundida y de canales de agua subterránea que no dejan de ensancharse. Los inviernos se calientan más deprisa que los veranos, de modo que el suelo ya no vuelve a congelarse con la solidez de antes y la pérdida no se detiene.
La estación ha tenido que mover su campamento base dos veces. Los árboles que sobreviven lo hacen encaramados a montículos de turba que sobresalen del agua encharcada, islas minúsculas en un terreno que se deshace. Quinton lo dice sin adornos: es duro ser un árbol en este paisaje. Y añade una advertencia que va más allá del árbol: lo que se observa aquí, quizá con más claridad que en cualquier otro lugar del mundo, es un cambio de ecosistema a cámara rápida.

El agua no solo ahoga. También aísla. En los valles de los ríos Liard y Mackenzie, más al sureste, las crecidas han complicado la vida de las comunidades indígenas que dependen de la pesca, la caza y el trampeo. Dieter Cazon, responsable de Tierras y Recursos de la Liildii Kue First Nation, enumera los efectos con la precisión de quien los comprueba cada temporada: los alces y los caribúes se han desplazado a zonas más secas, los castores y las ratas almizcleras desaparecen, moverse de un sitio a otro se ha vuelto difícil con tanta agua sobre el terreno y las orillas de los ríos se derrumban. No es un catálogo de anécdotas. Es un modo de vida que se descoloca.
Cuando Minnesota se parezca a Kansas
Lee Frelich lleva más de treinta años siguiendo los cambios en la reserva de Boundary Waters, en el norte de Minnesota, y dirige el Centro de Ecología Forestal de la Universidad de Minnesota. Lo que describe no es un bosque en retroceso lento, sino una sustitución de especies en marcha. Cada vez más pinos rojos con las copas pardas. Piceas negras y abetos balsámicos que no logran regenerarse. Arces, robles y hasta manchas de pradera que ascienden hacia el norte, ocupando el hueco que deja el frío.
Sus cálculos apuntan a que, a finales de siglo, la mayor parte del bosque boreal de Minnesota habrá desaparecido, y con ella una franja de entre 290 y 480 kilómetros de bosque boreal en el sur de Canadá. La formulación que emplea se ha convertido en la frase que resume el problema.
«El boreal de Minnesota se va a parecer bastante a Kansas dentro de unas décadas si seguimos con el escenario de emisiones habitual. Kansas no tiene nada de malo, pero no necesitamos otro en Minnesota. Aquí solo tenemos tres biomas: boreal, templado y pradera. Perder el boreal sería una pérdida enorme».
Hay un contrapeso posible, y la comunidad científica lo discute. Muchos investigadores creen que la transformación del boreal meridional podría compensarse en parte con una migración de árboles hacia el norte: piceas negras y blancas, pinos contortos, álamos y abedules que colonizarían latitudes antes demasiado frías. Algún trabajo apunta a que ese desplazamiento ya está ocurriendo. También es plausible que el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera acelere el crecimiento vegetal en el extremo norte, con un efecto fertilizante que actuaría en sentido contrario.
Pero el Ártico occidental se calienta entre dos y tres veces más rápido que el resto del planeta, y los científicos sostienen que los impactos destructivos superarán con creces cualquier beneficio. Un árbol que tarda décadas en madurar no puede seguir el ritmo de un termómetro que sube en años. La migración forestal, cuando llega, llega tarde.
Lo que el bosque devuelve al aire
La paradoja del boreal es que el mismo mecanismo que lo mantuvo estable durante milenios lo está desestabilizando ahora. El frío conservaba la materia orgánica. El agua encharcada impedía que se oxidara. La turba crecía despacio, unos milímetros al año, y esa lentitud era su virtud: acumulaba sin prisa lo que nadie le reclamaba. Basta con subir la temperatura unos grados y bajar el nivel del agua unos centímetros para que el proceso se invierta y el depósito empiece a pagar.
Las cifras que salen de las cámaras de Marcell y de las parcelas de Alaska y Canadá no describen un colapso súbito. Describen una inversión de signo: menos acumulación, más emisión, menos aislamiento del suelo, más carbono en la atmósfera, más calor, otra vez menos aislamiento. Un bucle que se alimenta de sí mismo y que ningún modelo ha conseguido aún cuantificar con precisión. Lo que sí se puede medir es la velocidad del cambio, y esa velocidad ha sorprendido a quienes llevan media vida tomando datos en el mismo lugar.
Queda la parte que no cabe en una cifra. El bosque boreal no es solo un depósito de carbono ni un objeto de estudio. Es un paisaje con una forma concreta, reconocible, que sostiene aves, peces, comunidades, oficios y una manera de habitar el frío que no tiene sustituto. Su transformación no será una pérdida contable. Será un cambio de paisaje, y los paisajes, cuando se van, no vuelven.
En Scotty Creek, los árboles que aún resisten siguen subidos a sus montículos de turba, como balsas improvisadas en un terreno que se deshace. Crecen, ganan peso y, al crecer, empujan hacia abajo la propia plataforma que los sostiene. La imagen no necesita comentario. Quinton lo formula con la sequedad de quien lleva veinticinco años midiendo lo mismo: «Es duro ser un árbol en este paisaje».



