Células estrelladas hepáticas: no son un único tipo celular

Un análisis del transcriptoma de célula única en ratones con daño hepático identifica ocho subpoblaciones distintas donde la ciencia veía una sola. Una de ellas, dedicada a la regeneración y la inmunidad, podría redefinir las terapias contra la fibrosis.

En el interior del hígado, intercaladas entre los hepatocitos que soportan el grueso del metabolismo, habita una población celular que durante décadas arrastró una identidad confusa. Se las ha llamado células de Ito, células almacenadoras de grasa, lipocitos y células perisinusoidales, y la propia abundancia de nombres delató el problema de fondo: nadie terminaba de ponerse de acuerdo sobre qué era exactamente aquello. Sus prolongaciones ramificadas, tendidas entre los sinusoides hepáticos como los brazos de una estrella irregular, acabaron por imponer el apelativo más duradero: células estrelladas hepáticas.

La biología las trató durante mucho tiempo como una población uniforme, un solo tipo celular con una única función reconocible. Esa imagen se ha resquebrajado. Un análisis del transcriptoma realizado a escala de célula individual, publicado en 2021, ha demostrado que lo que parecía una sola estirpe es en realidad un conjunto heterogéneo de subpoblaciones, cada una con su propio perfil de genes activos y, muy probablemente, con su propia tarea. El hallazgo obliga a revisar no solo cómo se entiende el hígado enfermo, sino también por qué la fibrosis hepática ha resistido hasta ahora casi todos los intentos de tratamiento.

Un nombre para muchas células

La célula estrellada hepática es uno de los tipos celulares no parenquimatosos —esto es, distintos de los hepatocitos— más importantes del hígado. En condiciones fisiológicas normales produce y secreta una amplia variedad de citoquinas y factores de crecimiento que resultan imprescindibles para mantener la homeostasis del órgano y para controlar su regeneración después de una lesión. Sin ellas, el hígado no se repararía. Con ellas descontroladas, el hígado se cicatriza hasta deformarse.

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La doble cara de la célula estrellada explica buena parte de su interés científico. En reposo es una pieza silenciosa del mantenimiento hepático; en alerta, se convierte en el motor de la cicatriz. La frontera entre una función y otra no está en la célula en sí, sino en el contexto: un hígado sano que recibe una agresión puntual la activa y después la desactiva; un hígado sometido a agresiones repetidas la mantiene activada durante meses o años, y la respuesta de reparación, diseñada para cerrar una herida, termina por cerrar el propio órgano.

El problema aparece cuando el daño se vuelve crónico. Entonces se pone en marcha un proceso de cicatrización anómalo que desemboca en la fibrosis hepática y, en su grado extremo, en la cirrosis. La cirrosis es una de las principales cargas sanitarias asociadas a las enfermedades del hígado: se desencadena tras agresiones repetidas que fuerzan al órgano a una respuesta de reparación sostenida, con una deposición excesiva de matriz extracelular. El tejido que debería ser elástico y funcional se vuelve rígido, fibroso, hostil a la función hepática normal.

De guardar grasa a disparar la cicatriz

El mecanismo clásico se describe así: la célula estrellada se activa y se transforma en miofibroblasto. En su estado quiescente, la célula mantiene a raya la producción de matriz; activada, pierde sus gotas de lípidos, deja de expresar genes como el receptor gamma activado por proliferadores de peroxisomas (PPARγ) y empieza a fabricar proteínas contráctiles y genes fibrogénicos, entre ellos la actina de músculo liso alfa (α-SMA) y el colágeno de tipo I. Esa transformación, sostenida en el tiempo, es la que levanta la cicatriz.

El tránsito de célula almacenadora a célula cicatricial no es un simple interruptor. Las células estrelladas activadas no solo proliferan y migran hacia el punto de lesión para segregar matriz extracelular y mantener la integridad del hígado. Además liberan distintos tipos de citoquinas —bautizadas en la literatura científica como estelaquinas— que regulan la inflamación, la respuesta vasoactiva y la angiogénesis, y que atraen a otras células de estirpe hepática hacia la zona dañada para reconstruir la arquitectura y la función del órgano.

De ahí surge la pregunta que durante años quedó sin respuesta: ¿cumple una única población homogénea de células estrelladas activadas todas esas funciones a la vez, o son distintas subestirpes celulares, con capacidades diversificadas, las que se reparten el trabajo? La cuestión no era menor. Si todas las células activadas son iguales, cualquier terapia debe atacarlas en bloque. Si son distintas, habrá que aprender a distinguirlas y a intervenir solo sobre las que hacen daño.

Durante mucho tiempo, la tecnología disponible no permitía responder con precisión. El estudio del hígado se hacía sobre suspensiones de tejido que mezclaban miles o millones de células, y el resultado era un promedio: la señal media de una población entera. Ese promedio, aplicado al hígado lesionado, se leía como si todas las células estrelladas fueran una sola voz. La heterogeneidad quedaba disuelta en la media, invisible por definición.

fibrosis hepática

Ver el hígado célula a célula

La secuenciación de ARN de célula única (scRNA-seq, por sus siglas en inglés) cambió las reglas. En lugar de triturar el tejido y promediar, la técnica aísla células individuales, lee el ARN mensajero de cada una y reconstruye, célula a célula, qué genes están activos y en qué medida. Lo que antes era una media se convierte en un mapa de voces distintas, y las diferencias que se perdían en el promedio emergen como grupos bien separados.

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El procedimiento exige una cadena de pasos cuidadosos. Primero se disgrega el tejido hasta obtener una suspensión de células vivas; después se cuenta y se filtra para eliminar restos, células muertas y agregados; a continuación, las células se hacen pasar por canales de microfluídica donde cada una queda encapsulada por separado junto a microesferas que portan códigos de barras. Dentro de cada gota, la célula se rompe, su ARN se convierte en ADN complementario y se amplifica. Finalmente, el material se secuencia y un programa informático agrupa las células según la similitud de sus perfiles de expresión.

Su aplicación al hígado humano y de roedor, tanto sano como enfermo, había empezado a desvelar detalles moleculares sin precedentes sobre la diversidad de las estirpes hepáticas. Gracias a ella se describieron subtipos antes desconocidos de células endoteliales, de células de Kupffer, de células mesenquimales productoras de colágeno, de hepatocitos y, también, de células estrelladas, en hígados dañados de ratón y de persona.

La geografía del lobulillo hepático

Para entender por qué las células estrelladas pueden repartirse en subpoblaciones distintas conviene mirar dónde viven. El hígado no es una masa homogénea, sino un tejido organizado en unidades repetidas llamadas lobulillos, atravesadas por sinusoides, los canales por los que fluye la sangre. Las células estrelladas se alojan en el espacio que rodea esos sinusoides, y su posición no es casual: influye en lo que la célula hace.

El trabajo pionero de Dobie y sus colaboradores lo demostró con una línea de ratón reportera que marca las células mesenquimales hepáticas. Mediante secuenciación de célula única, aquel estudio reveló que las células estrelladas se distribuyen de forma zonificada a lo largo del lobulillo, y que las situadas junto a la vena central son las principales productoras de colágeno cuando el hígado sufre un daño crónico por tetracloruro de carbono. La célula que cicatriza no es cualquiera, sino una vecina de determinada zona. La heterogeneidad funcional tiene, por tanto, un correlato espacial.

Esta organización ayuda a explicar por qué el daño hepático no es un fenómeno uniforme. Las distintas zonas del lobulillo reciben diferente sangre, distinto oxígeno y distintas señales, y las células que allí residen se adaptan a ese microambiente. Sospechar que existen subpoblaciones con funciones repartidas no era, pues, una hipótesis extravagante: era lo que la arquitectura del órgano sugería.

Esa arquitectura también explica por qué el hígado se daña y se repara de forma desigual. La sangre llega al lobulillo por la periferia y lo abandona por el centro, de modo que las células próximas al centro ven menos oxígeno y están más expuestas a los metabolitos tóxicos. Es precisamente en esa zona donde el daño crónico se ceba primero, y donde las células estrelladas asociadas a la vena central se convierten en las principales productoras de colágeno. La geografía del órgano decide quién cicatriza y dónde.

Ocho subpoblaciones donde había una

El estudio publicado en 2021 dio un paso más. Un equipo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Indiana, liderado por Wenjun Zhang y con Weinian Shou y Chandrashekhar Kubal entre los autores de correspondencia, se propuso definir el mecanismo de activación de las células estrelladas hepáticas con la máxima resolución posible. Para ello trabajaron con ratones modificados genéticamente —la línea LRAT-Cre:Rosa26 mT/mG— que permiten marcar y seguir la estirpe de estas células, y aplicaron a los animales tetracloruro de carbono (CCl4), un compuesto que provoca daño hepático repetido y reproduce el proceso de fibrosis.

Los ratones, de ocho semanas de edad y entre veinte y veinticinco gramos de peso, recibieron el tóxico diluido en aceite de oliva tres veces por semana durante dos a cuatro semanas. El grupo de control recibió el mismo volumen de aceite sin el compuesto. Tras ese periodo, los investigadores aislaron las células estrelladas marcadas mediante citometría de flujo con separación celular por fluorescencia (FACS), prepararon bibliotecas de célula única y secuenciaron su ARN con plataformas comerciales de microfluídica y equipos de secuenciación de alto rendimiento.

Después llegó el trabajo computacional. Los datos se analizaron agrupando las células según la similitud de sus perfiles de expresión, con herramientas estándar del campo que identifican genes marcadores de cada grupo y descartan las células de baja calidad. El resultado, tras un análisis no supervisado —sin decirle al algoritmo cuántos grupos debía encontrar—, fue un total de ocho subpoblaciones de células estrelladas. Cada grupo mostraba un perfil transcriptómico distinto, pese a que todos compartían los genes marcadores característicos de las células estrelladas de ratón. Eran, por tanto, familia: hablaban el mismo idioma básico, pero cada una tenía su propio acento.

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Una de esas subpoblaciones destacó por encima del resto por un motivo concreto: expresaba niveles elevados de genes reguladores de la mitosis, es decir, de la división celular. Los análisis de velocidad transcripcional y las trayectorias celulares calculadas indicaban que esas células se encontraban en fases de transición y proliferación, situadas al principio del proceso de activación. Parecían estar en el punto de partida, en el momento en que la célula estrellada decide multiplicarse. Y, según las propias trayectorias, eran esas células en transición las que acabarían dando origen a varios de los demás subtipos.

El trabajo también describió grupos celulares que representaban poblaciones maduras de miofibroblastos derivados de las células estrelladas, con los genes característicos de los miofibroblastos y propiedades contráctiles propias. Y, sobre todo, identificó una subpoblación nueva con una firma génica peculiar, marcada por la expresión elevada de genes como Rgs5, Angptl6 y Meg3, que los autores vincularon con la regeneración hepática, la reacción inmunitaria y la remodelación vascular.

El conjunto dibuja una película, no una fotografía. Las trayectorias reconstruidas sugieren que la activación no es un estado único, sino una secuencia: la célula estrellada quiescente entra en proliferación, se transforma en miofibroblasto y algunas de sus descendientes derivan hacia funciones distintas, entre ellas la regeneración y la vigilancia inmunitaria. La heterogeneidad no sería, así, un catálogo de células independientes, sino las distintas etapas y ramas de un mismo proceso de transformación.

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Una estirpe que repara y defiende

Esa subpoblación inesperada es, quizá, la pieza más sugerente de todo el mapa. Hasta ahora, el relato dominante presentaba a la célula estrellada activada como una villana: la responsable de fabricar la cicatriz que estrangula el hígado. El nuevo grupo celular obliga a matizar esa imagen. Los genes que lo definen apuntan a funciones de reconstrucción y de defensa, no solo de deposición de matriz. La célula estrellada, en su versión activada, parece tener también un papel en la regeneración del tejido, en la respuesta del sistema inmunitario y en la remodelación de los vasos sanguíneos del hígado.

Esto encaja con lo que ya se sabía a nivel funcional: las células estrelladas activadas liberan estelaquinas que regulan la inflamación, la respuesta vasoactiva y la angiogénesis, y que reclutan a otras células hepáticas hacia la zona lesionada. Lo que faltaba era la prueba molecular de que esas tareas no recaían sobre una población uniforme, sino que se repartían entre subgrupos especializados. El mapa de célula única lo pone por escrito: la reparación y la defensa tienen su propia firma génica.

La distinción importa porque cambia el objetivo terapéutico. Atacar en bloque a todas las células estrelladas activadas sería, con esta nueva fotografía en la mano, como apagar el sistema de emergencias entero para sofocar un incendio: se detendría la cicatriz, pero también la reconstrucción. Si es posible distinguir las subpoblaciones que dañan de las que reparan, el tratamiento podría afinarse y dirigirse solo contra las primeras, dejando intactas las funciones útiles.

Del ratón al hígado cirrótico humano

Un modelo animal solo vale lo que vale su traducción a la persona. Conscientes de ello, los autores compararon la heterogeneidad observada en los hígados de ratón lesionados con la de hígados humanos cirróticos. Para ello dispusieron de muestras de tejido hepático cirrótico obtenidas de explantes de pacientes sometidos a trasplante de hígado entre 2018 y 2019 en la División de Trasplantes de la Universidad de Indiana. Las muestras se manejaron sin vinculación a individuos concretos y no se recogieron específicamente para aquel estudio mediante interacción o intervención con los pacientes.

El resultado fue contundente en su sencillez: la heterogeneidad de las células estrelladas en los hígados de ratón lesionados se parece mucho a la de los hígados humanos cirróticos. La compartimentación celular que se observa en el modelo se sostiene, con matices, en la enfermedad humana. Eso convierte al ratón en un banco de pruebas razonable para estudiar la fibrosis y refuerza la idea de que las subpoblaciones descritas no son un artefacto del laboratorio, sino un rasgo real del hígado enfermo.

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Una diana contra la fibrosis

La fibrosis hepática sigue siendo un problema sin solución farmacológica plena. Como el mecanismo que la impulsa no terminaba de entenderse, el trasplante de hígado continúa siendo la única opción terapéutica disponible para los pacientes que llegan a cirrosis. Esa es la razón de fondo por la que trabajos como este, aparentemente descriptivos, tienen consecuencias prácticas: si no se conocen las piezas, no se puede intervenir sobre ellas.

Saber que las células estrelladas activadas se reparten en ocho subpoblaciones, con una de ellas en fase proliferativa temprana y otra dedicada a regeneración e inmunidad, abre una agenda concreta. La subpoblación que expresa genes de mitosis podría convertirse en el punto de entrada para frenar la activación en su origen, antes de que la célula se transforme en miofibroblasto. La subpoblación regenerativa, en cambio, sería mejor no tocarla, o incluso protegerla, porque forma parte de la respuesta útil del órgano.

Queda, además, una pregunta de método. Trasladar estos hallazgos a la clínica exigirá herramientas capaces de reconocer cada subpoblación en el hígado de un paciente vivo, sin necesidad de extraer tejido. Los marcadores que distinguen unos grupos de otros son precisamente eso: señales que podrían leerse en una biopsia o, quizá algún día, mediante técnicas de imagen molecular. Convertir la firma génica de un subgrupo en un objetivo alcanzable es el siguiente cuello de botella.

El estudio no promete un fármaco. Ofrece algo anterior y quizá más valioso: un mapa. Traza la ruta dinámica que lleva de la célula estrellada quiescente al miofibroblasto y señala dónde se bifurca el camino. En medicina, saber dónde están las bifurcaciones es la condición previa para elegir por cuál seguir. La célula estrellada hepática, con su forma de estrella y sus demasiados nombres, deja de ser una incógnita uniforme para convertirse en un paisaje con relieve.

Queda por saber cuántas de esas ocho subpoblaciones sobrevivirán al escrutinio de estudios posteriores y cuántas acabarán siendo dianas reales. Lo que ya no puede sostenerse es la vieja comodidad de tratarlas como una sola cosa. El hígado guarda, entre sus hepatocitos, una constelación de células que se parecen lo justo para compartir nombre y se diferencian lo suficiente para repartirse el trabajo de destruir y de reparar. Distinguirlas ha dejado de ser un ejercicio académico para convertirse en la primera condición de cualquier terapia que aspire a curar la fibrosis sin desarmar el órgano.