Hay algo paradójico en que Aaron Sorkin haya tardado dieciséis años en volver al universo de La red social para contar una historia que, en muchos sentidos, ya no necesita presentación. Cuando David Fincher estrenó aquella película en 2010, Facebook todavía podía contemplarse como una criatura joven, ambiciosa y potencialmente peligrosa.
Hoy sabemos qué ocurrió después. Sabemos lo que hacen los algoritmos, sabemos cómo funcionan las cámaras de eco, conocemos la capacidad de las plataformas para amplificar la mentira y hemos asistido durante años al deterioro de la conversación pública bajo el peso de la indignación permanente. El precio de la red llega, por tanto, con un problema de partida difícil de solucionar: quiere revelar un secreto que dejó de serlo hace tiempo.
La película (The Social Reckoning en su título original) se estrena en España este 9 de octubre y funciona como una pieza complementaria de La red social, más que como una secuela convencional. Sorkin recupera aquí los llamados Facebook Files (archivos de Facebook), la investigación publicada por The Wall Street Journal en 2021 a partir de las revelaciones de Frances Haugen, una antigua empleada de Facebook que puso sobre la mesa documentos internos sobre los efectos perjudiciales de los algoritmos y las decisiones de la compañía.
Haugen encuentra un aliado en Jeff Horwitz, el periodista encargado de investigar el caso, y entre ambos se construye el relato de una denuncia que pretende demostrar hasta qué punto Facebook conocía las consecuencias de su propio funcionamiento.
El problema es que, aunque el filme sea interesante y su visionado recomendable, Sorkin parece convencido de que todavía tiene que explicarnos qué son las redes sociales y por qué pueden resultar peligrosas.
Ese planteamiento hace que El precio de la red sea una película interesante pero extraña. Es pertinente, está bien interpretada y contiene suficientes escenas de tensión como para mantener el interés durante sus 112 minutos, pero también transmite la sensación de estar llegando a una conversación que lleva años desarrollándose fuera de las salas de cine. La cinta habla de radicalización, desinformación, polarización y del modo en que los algoritmos pueden empujar a los usuarios hacia contenidos cada vez más extremos. Son asuntos indiscutiblemente importantes, pero ya no tienen el efecto de revelación que tenían hace una década.
La primera secuencia intenta precisamente recuperar esa capacidad de impacto. Una mujer graba con el móvil un altercado con la policía y convierte las imágenes en una herramienta para presentarse como víctima. El vídeo se propaga y acaba llamando la atención de Frances Haugen, que reconoce en aquella conducta algo que le resulta familiar. Lo que sigue es la investigación sobre la maquinaria que hay detrás de esa transformación. No es tanto la usuaria quien cambia como el ecosistema digital que encuentra la manera de alimentar sus impulsos, llevarla hacia comunidades extremistas y recompensar su permanencia en ellas. La escena es eficaz porque condensa en unos minutos la tesis completa de la película.
La película se aproxima por momentos más al periodismo audiovisual de investigación que al thriller político
Pero también deja claro el principal defecto del conjunto. Sorkin no confía demasiado en que el espectador pueda extraer sus propias conclusiones. Las escenas explican, los personajes explican, los datos explican y los acontecimientos vuelven a explicar lo que ya se ha explicado. La película se aproxima por momentos más al periodismo audiovisual de investigación que al thriller político. La comparación con La red social resulta inevitable y poco favorable, porque aquella película convertía información, declaraciones y conflictos legales en un drama lleno de ambigüedad, mientras que aquí el mensaje está prácticamente decidido desde el primer minuto.
Mikey Madison es uno de los principales argumentos a favor de la película. La actriz, ganadora del Oscar por Anora, interpreta a Haugen sin convertirla en una superheroína tecnológica, aunque el guion la acerca peligrosamente a esa imagen. Hay cierta vulnerabilidad en su manera de enfrentarse a una estructura empresarial mucho más poderosa que ella, y Madison consigue que sus silencios tengan más peso que algunas de las largas explicaciones que Sorkin pone en su boca. Su Frances es una mujer convencida de que Facebook todavía puede corregir su rumbo, una ingenuidad que la vuelve más interesante que la caricatura de heroína contra el sistema que el propio guion parece empeñado en construir.

Jeremy Allen White, como Jeff Horwitz, se mueve con solvencia dentro de ese territorio sorkiniano de periodistas que hablan rápido, piensan rápido y parecen incapaces de permanecer cinco segundos sin formular una réplica ingeniosa. Su relación con Haugen proporciona buena parte del movimiento de la película. Son dos personajes con objetivos parcialmente distintos, unidos por una investigación que los obliga a confiar el uno en el otro. Hay incluso una suerte de dinámica de pareja que aporta ligereza al relato, aunque nunca termina de desarrollarse con la profundidad suficiente para convertirse en el verdadero corazón emocional de la historia.
Jeremy Strong frente al fantasma de Jesse Eisenberg
La sustitución de Jesse Eisenberg por Jeremy Strong como Mark Zuckerberg es uno de los cambios más evidentes respecto a La red social. Eisenberg construyó entonces un Zuckerberg arrogante, inmaduro y difícil de descifrar, un personaje que podía resultar antipático sin dejar de ser fascinante. Strong opta por una estrategia distinta. Su Zuckerberg es más frío, más hermético y directamente amenazante. Parece un hombre que hace tiempo dejó de necesitar que los demás lo comprendan.
La interpretación tiene interés precisamente porque Strong no intenta imitar a Eisenberg. Su Zuckerberg es una criatura distinta, casi un ejecutivo shakespeariano encerrado en un cuerpo humano, alguien cuyo poder económico ha crecido hasta convertir la empatía en una cuestión secundaria. Sin embargo, el personaje queda demasiado aislado del resto de la narración. En lugar de enfrentarse a un antagonista complejo, Haugen y Horwitz parecen enfrentarse a una representación del mal corporativo que Sorkin ha dibujado con rotulador grueso.
Ahí está una de las grandes diferencias entre ambas películas. La de Fincher era una historia sobre personas ambiciosas que no comprendían del todo las consecuencias de aquello que estaban construyendo. La nueva película parte de un conocimiento retrospectivo mucho más amplio y coloca a sus personajes dentro de un mundo en el que las consecuencias ya son evidentes. El misterio desaparece y con él desaparece también buena parte de la tensión dramática. Sabemos que Facebook ha cometido errores. Sabemos que los algoritmos pueden favorecer determinados comportamientos. Sabemos que Haugen filtró los documentos. Sabemos incluso hacia dónde se dirige la investigación.
Sorkin intenta compensar esa falta de incertidumbre con ritmo, porque sus diálogos siguen teniendo la musicalidad característica, esa mezcla de velocidad, ironía y solemnidad que convierte una conversación entre periodistas o ejecutivos en una especie de combate de esgrima verbal. Cuando funciona, funciona muy bien. Hay réplicas ingeniosas y discusiones construidas con precisión. El problema es que casi todos los personajes parecen similares, y periodistas, ingenieros, directivos y denunciantes lucen como distintas versiones del mismo personaje.

Asimismo, la película salta entre distintos momentos temporales y utiliza indicaciones para orientar al espectador sobre los años en los que transcurre cada episodio. La estrategia permite ordenar una historia que abarca varios años y acontecimientos, pero tiene algo de mecanismo demasiado visible. En La red social, los saltos temporales estaban integrados dentro de la propia narración y contribuían al misterio... aquí funcionan más como una herramienta de montaje para evitar que el espectador se pierda. Es eficaz, sí, pero poco elegante.
Sorkin hace un buen trabajo... pero no es Fincher
Sorkin, además, se enfrenta a la inevitable ausencia de David Fincher. El director de La red social convertía el texto del guionista en una experiencia cinematográfica fría, elegante y amenazante. Su puesta en escena aportaba una sensación de peligro que no estaba necesariamente escrita en los diálogos. Sorkin, en cambio, dirige poniendo el texto en primer plano. La cámara está al servicio de las conversaciones, de las interpretaciones y de la información. El resultado es competente, pero visualmente más convencional y cercano a una película periodística de televisión de prestigio que al thriller tecnológico que algunos espectadores podrían esperar.
Y quizá ahí se encuentre la crítica más incómoda que puede hacerse a la película. El precio de la red quiere denunciar un sistema diseñado para mantenernos conectados, enfadados y pendientes de la siguiente notificación, pero no termina de encontrar una forma cinematográfica equivalente a ese fenómeno. Habla de una tecnología vertiginosa desde una narración relativamente estática. Habla de manipulación mientras ofrece al espectador un discurso muy controlado (ni siquiera se atreve a nombrar a Trump, aunque se esté hablando de él indirectamente en cierto momento). Habla de un mundo que cambia a una velocidad brutal y, sin embargo, su propia mirada parece anclada en una cosa muy concreta.
No significa que la película carezca de valor, porque historia de Haugen y Horwitz merece ser dramatizada, y algunos de los datos que aparecen en pantalla siguen siendo inquietantes. La película recuerda que el problema no reside simplemente en que las redes sociales puedan utilizarse mal, sino en que determinados modelos de negocio pueden premiar precisamente los contenidos que generan más interacción, aunque esa interacción proceda de la indignación, el miedo o el enfrentamiento.
Sorkin demuestra que todavía sabe escribir escenas de confrontación, pero no consigue convertir una investigación ya conocida en una película tan incómoda como su antecesora.
El precio de la red es, en definitiva, una película más útil que apasionante. Tiene buenas interpretaciones, un tema de enorme relevancia y el inconfundible pulso verbal de su guionista y director. Pero también tiene algo de película atrapada en el momento histórico que pretende reconstruir.
No es una mala película, ni mucho menos. Es, más bien, una película que habría necesitado asumir que el espectador ya sabe mucho más de lo que sabía en 2010.




