Chinchón, Patones o Rascafría: las escapadas de otoño a menos de 90 minutos de Madrid

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Cuándo ir: las pocas semanas en que el otoño está en su punto

Las tres escapadas comparten una misma ventana, pero no un calendario idéntico, y ahí está la clave para acertar. El pico del otoño en la sierra y en la vega madrileñas se concentra entre mediados de octubre y mediados de noviembre, apenas cuatro o cinco semanas en las que el paisaje se transforma a gran velocidad. No es un interruptor: los árboles pasan del verde al amarillo, después al ocre y, por último, al marrón antes de quedarse desnudos, un proceso progresivo que hace que dos visitas separadas por quince días ofrezcan postales distintas. La luz también suma, con días más cortos y un sol bajo que a media tarde dora las copas y los reflejos sobre el agua. Conviene mirar la previsión, porque en el valle del Lozoya las mañanas de esas semanas amanecen con temperaturas de entre 5 y 7 grados y la humedad hace que la sensación térmica sea más baja que en Madrid capital.

Cada destino tiene su matiz. En Chinchón el otoño llega antes y se vive entre viñedos: la vendimia ocupa septiembre y octubre, y en esas mismas semanas los campos que rodean la villa se tiñen de rojos y dorados, el mejor paisaje del año para recorrer la Vega del Tajuña a media tarde. En Patones, octubre es el mes estupendo, cuando aún no ha apretado el frío: las parras silvestres visten de rojo y granate las casas de pizarra, y justo antes de que caigan las últimas hojas rojizas amarillean los chopos del canal de Cabarrús, junto a Patones de Abajo. En Rascafría el mejor momento se sitúa entre mediados de octubre y principios de noviembre, con los abedules, álamos y robledales del Bosque Finlandés y el entorno de El Paular en su máximo colorido. Eso sí, los fines de semana de esas semanas son los más concurridos del año.