Chinchón, Patones o Rascafría: las escapadas de otoño a menos de 90 minutos de Madrid

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Qué comer en cada parada: anís de Chinchón, setas del Lozoya y asados de temporada

Una colorida disposición de verduras asadas y carne en una mesa de cena, perfecta para compartir y disfrutar con la familia o amigos.

El anís es la parada obligatoria en Chinchón. La Alcoholera de Chinchón, fundada en 1911 y en manos de González-Byass desde 1969, es hoy la única fábrica que elabora este licor amparado por la Indicación Geográfica Protegida, reconocida en 1989, que obliga a destilar en alambiques de cobre a partir de la matalahúva. De ahí salen tres estilos muy distintos: dulce (35º), seco (43º) y un extra seco de graduación altísima, por encima de los 70º, cuya producción es casi testimonial. La planta saca alrededor de un millón de botellas al año, el 85% de ellas dulces. Las visitas son concertadas y en grupo y terminan con degustación y tienda, así que conviene reservar antes de acercarse. Ya en el pueblo, el chupito se acompaña de cocido, migas y asados en las casas de comida de la Plaza Mayor.

En Rascafría manda la despensa de otoño. El valle del Lozoya es territorio de boletus y setas de temporada, que estos meses entran en cartas como las de La Isla, un clásico junto al río desde 1958, o Casa Briscas, con cocina castellana y carnes al horno de leña desde 1895; ahí conviven las setas con los judiones con matanza, el rabo de toro o la carne de la Sierra de Guadarrama. En Patones de Arriba, la otra parada, el plan es el asado: lechazo y cabrito hechos a la brasa de encina o al horno, migas, callos y patatas revolconas. Asadores como El Lavadero de Patones trabajan el lechazo y el chuletón, mientras El Rey de Patones, abierto a finales de los años sesenta, mantiene el cordero asado y los postres caseros. El precio medio ronda los 20-30 euros y reservar es casi imprescindible.