8Aranjuez y sus jardines, con el estío ya agotado
Cuando el verano aprieta en la meseta, la vega de Aranjuez puede convertirse en una sauna: en julio y agosto el termómetro supera con frecuencia los 35 grados y sus alamedas se sufren más de lo que se disfrutan. Con el estío ya agotado, en cambio, el Real Sitio recupera el sentido para el que nació. Las máximas de septiembre rondan los 27 grados, las noches refrescan y los jardines que la UNESCO reconoció en 2001 como primer paisaje cultural de España vuelven a ser ese escenario de agua y sombra diseñado hace siglos para el descanso de la corte. A unos 50 minutos en la línea C-3 de Cercanías desde Atocha, el viajero desembarca junto a 111 hectáreas de jardines visitables que envuelven el Palacio Real, residencia campestre por excelencia de los reyes en la confluencia del Tajo y el Jarama.
Conviene elegir bien la puerta de entrada porque son tres mundos distintos. El Jardín de la Isla, el más antiguo, ocupa una ínsula entre el río y un canal artificial y conserva el trazado renacentista de tiempos de Felipe II, con fuentes mitológicas de mármol que los fines de semana vuelven a manar entre pavos reales y plátanos centenarios. Pegado a la fachada, el Parterre despliega su geometría a la francesa, mientras el Jardín del Príncipe, encargado por Carlos III y trazado por Juan de Villanueva en 1772, se estira tres kilómetros junto al Tajo hasta la Casa del Labrador y el Estanque Chinesco. Toda esa extensión se recorre gratis y hasta el 30 de septiembre el palacio mantiene el horario ampliado de verano, con entrada a 9 euros. Con el espárrago de segunda temporada ya en las terrazas y una luz que empieza a dorarse, la escapada deja de ser puramente turística y se vuelve contemplativa.
