La base marciana de Mauna Loa que ha sobrevivido a la erupción

La instalación HI-SEAS, financiada por la NASA, sirve para simular misiones a la Luna y Marte en pleno volcán hawaiano. La erupción de Mauna Loa de 2022 puso a prueba un emplazamiento deliberado sobre coladas geológicas primas de las marcianas.

El 27 de noviembre de 2022, pasadas las once y media de la noche en Hawái, el cráter Mokuʻāweoweo se abrió en la cumbre del Mauna Loa y comenzó a liberar fuentes de lava. Fue el primer episodio eruptivo de la montaña en casi cuatro décadas, un acontecimiento que iluminó la noche y puso en alerta a toda la isla. Al amanecer del día siguiente, la actividad se había desplazado hacia un conjunto de cuatro fisuras al noreste de la cumbre. Una de ellas, la fisura 3, se convirtió en la protagonista: su colada de lava superó los diez kilómetros de longitud en pocos días y avanzó hacia el norte, en dirección a la Saddle Road, la arteria clave que conecta los flancos oriental y occidental de la isla y proporciona acceso a la ladera del Mauna Loa y al Observatorio de Mauna Loa.

A unos dos kilómetros al oeste de la fisura 3, una cúpula semiesférica de color claro se recortaba contra los campos de lava: era el hábitat del proyecto Hawaiʻi Space Exploration Analog and Simulation, conocido por sus siglas HI-SEAS. Financiado por la NASA, sirve para que equipos de astronautas análogos ensayen cómo sería vivir y trabajar en la Luna o en Marte. Cuando la montaña entró en erupción, la estación no estaba ocupada, pero varias tripulaciones habían pasado en su interior misiones de hasta un año. El objetivo era ayudar a los planificadores de misiones espaciales a comprender qué necesitarían los astronautas que exploraran la superficie de Marte o de la Luna y vivieran durante periodos prolongados en espacios reducidos.

La misión más reciente había concluido en mayo de 2022. Ese vacío de tripulación, lejos de ser un contratiempo, se convirtió en una ventaja cuando la lava comenzó a acercarse.

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Un laboratorio sobre un volcán

HI-SEAS no es una nave espacial, sino un laboratorio de exploración terrestre situado en la ladera noreste del Mauna Loa. Su cúpula blanca se alza sobre un paisaje de coladas superpuestas, un entorno elegido con la misma lógica que guía la selección de un lugar de aterrizaje planetario. La instalación se apoya en una topografía volcánica real, no en un decorado: los flujos de lava, las arenas basálticas y las irregularidades del terreno forman parte del experimento tanto como los protocolos de aislamiento y los sensores.

El emplazamiento no fue una casualidad ni una limitación presupuestaria. Se seleccionó por su relativa lejanía y por su parecido con el terreno de Marte. Los científicos planetarios llevan décadas identificando en la Tierra análogos geológicos de otros mundos, y pocos lugares ofrecen una correspondencia tan directa con los paisajes marcianos como los flancos de un gran volcán en escudo.

La elección de un volcán activo implica asumir un riesgo calculado. La instalación está rodeada de coladas de lava geológicamente jóvenes, algunas de ellas emitidas en erupciones históricas. Pero esa juventud geológica es precisamente lo que hace valioso el lugar: una superficie sin apenas erosión, con estructuras volcánicas frescas, reproduce mejor las condiciones que un astronauta encontraría al caminar sobre los campos de lava de Marte.

El proyecto HI-SEAS forma parte de una familia de instalaciones analógicas que las agencias espaciales utilizan para ensayar procedimientos, no para reemplazar los vuelos reales. Su singularidad reside en combinar el aislamiento con la geología de campo: los participantes no solo permanecen encerrados, sino que salen a un terreno que imita, a escala real, el paisaje marciano.

La financiación de la NASA ha permitido que HI-SEAS funcione como un laboratorio de investigación operativa. Los datos obtenidos se incorporan a los estudios de comportamiento y rendimiento de tripulaciones, una de las ramas con mayor incertidumbre en la preparación de misiones de larga duración.

Por qué Mauna Loa imita Marte

Marte alberga volcanes en escudo de laderas suaves y extensas coladas de lava expuestas. El Mauna Loa, la montaña más voluminosa de la Tierra, pertenece a esa misma familia geológica. Ambos tipos de volcán se construyen mediante la acumulación de lava fluida que se enfría formando llanuras onduladas, tubos de lava y cráteres de cumbre. Las dos superficies comparten un vocabulario visual: flujos oscuros que serpentean entre crestas, canales abandonados y rocas con textura de cuerdas.

Desde el aire, las imágenes de satélite confirman la semejanza. En una fotografía captada el 12 de diciembre de 2017 por el Operational Land Imager del satélite Landsat 8, el hábitat aparece enclavado entre campos de lava de edades distintas. Las coladas más jóvenes son de un negro intenso; las más antiguas y meteorizadas se descomponen en tonos grises, marrones y rojizos. Una historia de erupciones superpuestas se lee en la paleta de color del terreno, como un estrato sobre otro.

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La meteorización de los flujos actúa como un reloj geológico. Las coladas recientes conservan su superficie vítrea y apenas han empezado a ser colonizadas por la vegetación; las antiguas muestran una costra oxidada y suelos incipientes. Esa gradación de color y textura es similar a la que los orbitadores marcianos detectan cuando cartografían la edad de las superficies del planeta rojo.

El parecido geológico no es una cuestión decorativa. El programa HI-SEAS se apoya en esa correspondencia para estudiar cómo se comporta un grupo humano en un entorno que imita, al menos en lo geológico y en lo logístico, las condiciones de una misión planetaria. Cada misión de larga duración obliga a los participantes a gestionar recursos limitados, a mantener la cohesión del equipo y a convivir en un espacio reducido, los mismos ejes que preocupan a los planificadores de vuelos tripulados.

En la imagen de Landsat 9 tomada el 2 de diciembre de 2022, la superposición de datos infrarrojos sobre la fotografía en color natural reveló las zonas calientes asociadas a la lava. Una nube de gas volcánico flotaba alrededor de la fisura, y las lenguas de enfriamiento de la fisura 4 aparecían como manchas térmicas dos kilómetros al oeste. La vigilancia por satélite permitió seguir la erupción sin poner en riesgo a los científicos en el terreno.

Esa combinación de observación remota y conocimiento geológico convierte a Mauna Loa en un aula planetaria: un lugar donde la Tierra muestra algunos de los procesos que han modelado la superficie de Marte.

astronautas análogos

La erupción que puso a prueba el emplazamiento

El 2 de diciembre de 2022, el sensor Operational Land Imager-2 del satélite Landsat 9 captó una imagen en color natural del volcán en plena erupción. La lava de la fisura 3 avanzaba hacia el norte, hacia la Saddle Road, y una nube de gas volcánico flotaba alrededor de la fisura. La imagen incluía además datos infrarrojos que revelaban las zonas calientes asociadas a la colada y a las lenguas de lava en enfriamiento de la fisura 4, situada unos dos kilómetros al oeste.

Durante los primeros días de la erupción, la fisura 4 llegó a trazar un camino que representaba una amenaza potencial para la pequeña estación analógica. Kim Binstead, ex investigadora principal de HI-SEAS, explicó que el flujo de la fisura 4 pareció amenazante en un primer momento, pero se detuvo y la fisura 3 se encauzó por una ruta a aproximadamente media milla al oeste del hábitat.

El Observatorio Vulcanológico de Hawái, integrado en el Servicio Geológico de Estados Unidos, mantuvo actualizaciones diarias durante la erupción. El patrón descrito documentaba la migración de la actividad desde el cráter de cumbre hacia un conjunto de fisuras del noreste, una secuencia habitual en este tipo de volcanes en escudo.

La fotografía aérea obtenida el 3 de diciembre de 2022 por un dron pilotado por el biólogo Jordan Lerma mostró el hábitat con la colada de la fisura 3 y una columna de emisiones volcánicas al fondo. La imagen resumía la naturaleza del proyecto: un refugio para ensayar Marte, emplazado a poca distancia de un flujo de lava activo.

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Binstead añadió: «Ahora esperamos que ni la Saddle Road ni la carretera de acceso al Observatorio de Mauna Loa queden cortadas por las coladas de lava».

Geología joven bajo la cúpula

El hábitat se asienta directamente sobre la colada de Puʻukāhilikū, que erupcionó hace unos 1.800 años. Es una formación considerablemente más antigua que la próxima colada de ʻĀinahou, formada hace 450 años, y mucho más veterana que el flujo más joven cercano a la instalación, una de las manchas más oscuras de la imagen de satélite, que brotó en 1899. Esa secuencia de edades proporciona a los investigadores una línea de tiempo del volcán sin necesidad de viajar a Marte.

La fotografía de 2016 tomada desde un dron del participante de HI-SEAS Andrzej Stewart muestra la cresta de salpicadura, una muralla formada durante una erupción anterior cuando gotas de lava salieron despedidas, se apilaron y se enfriaron. Esa forma de relieve, un registro físico de la dinámica eruptiva, forma parte del terreno que rodea el hábitat.

Michaela Musilova, directora de HI-SEAS en aquella etapa, explicó que la estación está construida en la ladera de una cresta, lo que podría ofrecer cierta protección según la dirección y la velocidad del flujo; sin embargo, advirtió de que la instalación probablemente sería destruida si una colada de lava entrara en contacto directo con ella.

Esa dualidad define el emplazamiento: la misma cresta que protege no es una garantía. El hábitat convive con una geología que lo hace posible y que, al mismo tiempo, puede borrarlo.

La vida en una cúpula marciana

Aunque la estación no estaba ocupada cuando el Mauna Loa entró en erupción, su historial de misiones la convierte en uno de los experimentos de aislamiento más citados en la literatura de vuelos espaciales. Varias tripulaciones han vivido y trabajado en el interior de la cúpula durante periodos de hasta un año, una duración que supera la mayoría de las simulaciones de aislamiento realizadas en otros lugares.

El propósito no es solo comprobar la resistencia psicológica de los participantes. Se trata de reunir datos sobre cómo un grupo humano organiza la vida doméstica, resuelve conflictos, planifica el trabajo y gestiona la incertidumbre en un espacio cerrado. Los planificadores de misiones necesitan conocer qué factores favorecen la cooperación y cuáles la erosionan, porque una misión a Marte exigirá años de convivencia sin retorno inmediato.

En las simulaciones de larga duración no basta con registrar si la tripulación sobrevive. Interesa medir cómo evoluciona la cohesión, cómo cambian los niveles de estrés, cómo se administran los recursos escasos y cómo se mantiene la comunicación con el exterior cuando las respuestas no son inmediatas. Los resultados alimentan modelos de selección de tripulaciones y de diseño de hábitats que se aplicarán en los programas de exploración de la Luna y de Marte.

La misión más reciente concluyó en mayo de 2022, meses antes de la erupción. El vacío de tripulación resultó providencial: no hubo que evacuar a nadie, y el hábitat pudo ser observado mientras la lava se acercaba, sin arriesgar vidas humanas.

Lo que enseñan los astronautas análogos

El término astronauta análogo designa a quienes participan en simulaciones terrestres de misiones espaciales sin ser astronautas profesionales. Su trabajo alimenta la planificación de expediciones reales: cómo distribuir los suministros, cómo gestionar la atención médica, cómo mantener la moral en una rutina monótona y aislada. HI-SEAS se especializa en la larga duración, un campo en el que las agencias espaciales aún acumulan menos experiencia que en los vuelos cortos a la órbita baja.

La erupción de 2022 aportó una lección adicional: ni siquiera un análogo está a salvo de la dinámica del planeta que imita. Brian Shiro, ex director de geología de HI-SEAS y científico del Servicio Geológico de Estados Unidos, señaló que la erupción daba señales de remitir. Afirmó que la tasa de efusión se había ralentizado y que la emisión de fuentes de lava de la fisura 3 se había vuelto irregular en los días previos.

«La tasa de efusión se ha ralentizado y la emisión de fuentes de lava desde la fisura 3 se ha vuelto irregular en los últimos días. Todo es posible, pero dudo que la lava alcance la Saddle Road. También es bastante improbable que la fisura 4 se reactive durante esta erupción, así que el hábitat de HI-SEAS parece seguro por ahora».

astronautas análogos

Los vulcanólogos no disponen de un método infalible para pronosticar cómo evolucionará una erupción. La dirección y la velocidad de una colada dependen de la topografía, la viscosidad del magma y la tasa de emisión. La seguridad del hábitat, en palabras de Shiro, parecía razonable, pero la incertidumbre formaba parte del escenario.

En un estudio publicado en Planetary and Space Science en 2022, el propio Shiro y sus colaboradores describieron las tareas geológicas realizadas durante las simulaciones de HI-SEAS. El análisis de coladas, la identificación de unidades volcánicas y la recogida de muestras son habilidades que se transfieren de forma directa a una futura misión a Marte, donde la geología será una de las disciplinas centrales de la exploración.

La erupción de 2022 recordó que la Tierra es también un planeta activo. Los análogos planetarios, en su intento de imitar Marte, acaban por encontrarse con la geología más terrenal: la que arde, se desborda y vuelve a enfriarse, dejando una nueva capa de paisaje sobre la que quizá vuelva a levantarse otra cúpula.