Un glaciar de Alaska no se deja ver con facilidad. Durante meses, las nubes envuelven los campos de hielo costeros; en invierno, la noche polar se instala sobre las cumbres; en verano, el agua de fusión convierte cada valle en una superficie cambiante que confunde a las cámaras ópticas. Para sortear esa ceguera, un grupo de investigadores ha recurrido a un observador que no entiende de luz ni de techos nubosos: el radar del satélite Sentinel-1.
Ese ojo de microondas ha permitido levantar un retrato del deshielo casi inédito por su ambición. El estudio, publicado en npj Climate and Atmospheric Science, analiza imágenes de radar obtenidas entre 2016 y 2024 y abarca casi la totalidad de los glaciares del territorio: 3.023 masas de hielo de más de dos kilómetros cuadrados, lo que representa el 85% de toda la superficie glaciada de Alaska. La investigación la dirigen investigadoras e investigadores de la Carnegie Mellon University y de la University of Alaska Fairbanks.
Las cifras del trabajo son elocuentes. Cada grado Celsius adicional durante el verano puede alargar el periodo de deshielo hasta 21 días en los glaciares más sensibles. En las costas, algunos acumulan cerca de 200 días de deshielo al año; en la cordillera Brooks, en el interior continental, el promedio baja a entre 50 y 120 días. No se trata de una sospecha: es una respuesta medida desde el espacio, valle a valle y mes a mes.
Un sensor que atraviesa las nubes
El primer obstáculo para estudiar los glaciares de Alaska es la propia meteorología del estado. Las nubes y la escasez de luz diurna en latitudes altas reducen las ventanas útiles de observación a unos pocos meses. Los sensores ópticos, que registran luz visible e infrarroja, dependen de cielos despejados; basta una semana de borrascas para perder la transición exacta que separa la nieve firme del hielo al descubierto.
El radar de apertura sintética de Sentinel-1 opera con un principio distinto. En lugar de fotografiar la superficie, emite microondas y escucha el eco que rebota en el terreno. Ese eco cambia según la rugosidad, el contenido de agua y el estado de congelación del material. La nieve seca devuelve una señal tenue; el hielo saturado o la superficie recién fundida la devuelven de otro modo. De ahí que el sensor pueda distinguir cuándo un glaciar comienza a desnudarse de su manto blanco.
La ventaja es doble: la radiación atraviesa las nubes y prescinde de la luz solar. El satélite observa de noche y bajo el manto nuboso, dos condiciones en las que un sensor óptico quedaría ciego. Esto permite un seguimiento continuo, algo esencial para medir con precisión fenómenos que se cuentan en días y no en estaciones.
Los responsables del estudio procesaron imágenes cada 12 días y combinaron distintas posiciones orbitales para cubrir todos los sectores posibles. El resultado es una serie temporal densa que registra, glaciar a glaciar, cuántos días al año el hielo queda expuesto y sin nieve. Con esa cadencia, los episodios breves de calor no se escapan entre nubes y noches polares.
La línea de nieve, un termómetro del glaciar
En cada glaciar conviven dos realidades. La parte más alta conserva la nieve y el firn, ese granizo compactado que con el tiempo se transforma en hielo glaciar. La parte más baja pierde nieve y deja a la vista el hielo desnudo, más oscuro, que absorbe más radiación y acelera la fusión. La frontera entre ambas se conoce como línea de nieve, y su posición cambia con la temperatura, con la lluvia y con la nubosidad.
Para los glaciólogos, la línea de nieve es una suerte de termómetro visual: indica cuánto territorio glaciar permanece protegido por su cubierta blanca y cuánto queda expuesto al calor. Por eso el radar no se limita a contar días de deshielo; también localiza hacia dónde se retira la nieve dentro de cada valle helado.
«La extensión del derretimiento y las líneas de nieve funcionan como indicadores del balance de masa glaciar»
La frase pertenece a Albin Wells, investigador principal del trabajo, y condensa la tesis del estudio: la posición de la nieve revela si un glaciar gana o pierde masa. El balance de masa, la diferencia entre la nieve acumulada y el hielo perdido, define su supervivencia. Con la línea alta, el glaciar adelgaza y retrocede; con la línea baja, el manto blanco lo protege.

Cada grado suma semanas de deshielo
La relación entre calor y deshielo no es una sospecha impresionista: el equipo la convirtió en un número. Después de comparar la serie de radar con los registros meteorológicos, los autores observaron que cada aumento de un grado Celsius en la temperatura del verano se traduce en hasta 21 días adicionales de deshielo en los glaciares más afectados.
El grado exacto de la respuesta varía de un valle a otro. Un glaciar orientado al sur, en una ladera que recibe sol directo, puede encadenar semanas de hielo descubierto con un calor modesto. Otro, protegido por una cadena montañosa o abierto hacia el norte, necesita más energía para superar el umbral. Las mediciones con radar recogen esas diferencias con una resolución que los modelos clásicos no siempre alcanzaban.
Uno de los hallazgos más relevantes es qué variable empuja al sistema. «Las correlaciones estadísticamente significativas se observan sobre todo con la temperatura en verano», señalan los autores, y no con la precipitación. En otras palabras, no es cuánto nieva lo que define el retroceso observado, sino cuánto calor soporta la montaña durante el estío. La nieve caída importa, pero el termómetro marca el ritmo.
Esa sensibilidad tiene consecuencias prácticas. Incluso fracciones menores de calentamiento, del orden de medio grado, pueden añadir semanas de derretimiento y dejar al descubierto mayores superficies de hielo y de firn. La línea de nieve no se mueve de forma gradual uniforme: responde con rapidez cuando se superan ciertos umbrales.
La ola de calor de 2019, un adelanto climático
Para comprobar qué ocurre cuando el verano se recalienta, Alaska ofreció un experimento natural durante la ola de calor que golpeó el estado entre el 23 de junio y el 10 de julio de 2019. Durante esas semanas, las temperaturas superaron entre 2,1 y 6,8 grados Celsius los valores normales para la fecha, un episodio extremo que sirvió de banco de pruebas para el radar.
El registro satelital captó la respuesta: la línea de nieve retrocedió hasta 105 metros en algunas regiones y la superficie glaciar expuesta aumentó hasta un 28% respecto a los años considerados normales. No fue un cambio sutil; fue un salto. Los glaciares se desnudaron de nieve con una anticipación de dos meses, como si el calendario del deshielo hubiera saltado de julio a septiembre.
El dato contiene una lección más profunda. Los episodios extremos no solo añaden días sueltos de fusión; aceleran la temporada completa. Un verano cálido adelanta el momento en que la nieve desaparece, alarga el periodo en que el hielo queda expuesto y multiplica la energía que absorbe el glaciar. La ola de 2019 permitió cuantificar ese encadenamiento y calibrar la sensibilidad de los modelos.

Costa e interior: dos regímenes de deshielo
El estudio detecta que la latitud y la cercanía al mar fragmentan Alaska en dos regímenes de fusión. Los glaciares costeros, bajo la influencia del Pacífico, reciben humedad abundante y lluvias que pueden acelerar la pérdida de nieve. Los situado en el interior, en cambio, viven bajo un clima más continental, con veranos secos y noches más frías que moderan la fusión.
Los números reflejan ese contraste. En la costa pueden contabilizarse cerca de 200 días de deshielo al año, el máximo de la serie. En la cordillera Brooks, en el norte continental del estado, el promedio anual oscila entre 50 y 120 días, una diferencia de más de dos meses que no se explica solo por la altitud. Los autores apuntan a las diferencias climáticas y a la orientación de las laderas; una cumbre orientada al sol no se funde igual que otra en sombra.
Ese contraste geográfico interesa sobre todo a los hidrólogos. Los glaciares costeros regulan ríos que descienden hacia el Pacífico y sostienen ecosistemas de agua fría; los glaciares interiores alimentan cabeceras más modestas pero vitales en los meses secos. Saber cuántos días de deshielo acumula cada sector permite anticipar caudales y planificar reservas.
También interesa a la biología. El agua de fusión arrastra sedimentos y nutrientes que estructuran la vida de los fiordos y los ríos. Si el deshielo se adelanta, cambia la estación de arrastre; si se prolonga, el caudal llega más tarde. La imagen del radar, que salva la barrera de las nubes, entrega esos calendarios por primera vez con una resolución temporal tan fina.
Cómo se mide un glaciar sin verlo
Observar 3.023 glaciares durante ocho años exige algo más que una buena cámara. El método desarrollado compara la señal del radar en invierno, cuando el terreno está completamente congelado y cubierto, con la señal del resto del año. Esa diferencia permite identificar el momento en que la nieve empieza a fundirse y calcular, día a día, la superficie de cada glaciar afectada.
Después, un sistema automatizado suma todos esos días para obtener una métrica sencilla y potente: los días de deshielo glaciar. No mide solo cuánto hielo se ha perdido, sino cuánto tiempo permanece sin nieve. La duración importa tanto como el volumen, porque un glaciar expuesto al sol durante veinte días absorbe energía de una manera que un glaciar cubierto no hace.
El procesamiento incluyó ajustes para que las medidas del radar coincidieran con la realidad superficial. Hubo que corregir, entre otros factores, el tiempo que la nieve o el firn tardan en volver a congelarse. Una fluctuación de la señal puede deberse a agua superficial no drenada, no a hielo desnudo; distinguir ambas cosas exige conocer la física de cada capa.
Los satélites Sentinel-1 ofrecen una cobertura regular y una resolución espacial apta para estos paisajes. Como no dependen de luz visible, la secuencia temporal es consistente durante la noche polar y los temporales del Pacífico, dos particularidades que explican por qué Alaska ha sido un laboratorio tan valioso para probar la tecnología.

Del dato al pronóstico del hielo futuro
La utilidad del trabajo no termina en el diagnóstico. Los autores señalan que la serie generada puede calibrar y validar los modelos de predicción que proyectan la evolución del hielo bajo distintos escenarios de calentamiento. Disponer de mediciones frecuentes y homogéneas reduce la incertidumbre con la que se calcula cuánta agua dulce puede acabar en el océano.
Esa incertidumbre es capital. El retroceso de los glaciares de Alaska contribuye de forma reconocida a la subida global del nivel del mar, un proceso lento pero persistente. Las proyecciones dependen de cuánto hielo se pierde y a qué ritmo. Los datos de radar permiten sustituir estimaciones por observaciones directas, al menos en una de las regiones glaciadas más extensas y dinámicas del planeta.
Wells lo plantea en términos sencillos: «Estas correlaciones con la temperatura permiten anticipar cuánto derretimiento o retroceso de la línea de nieve puede esperarse en escenarios futuros más cálidos en toda la región». No es un pronóstico meteorológico: es una relación estadística que puede aplicarse con distintos niveles de emisiones y calor.
Además, el método es abierto y automatizable. Puede desplegarse sobre otras cordilleras del mundo, desde los Andes hasta el Himalaya, y observar cambios en periodos cortos dentro de una misma estación. Para los gestores del agua y los ecosistemas de montaña, esa capacidad de ver el deshielo en tiempo casi real supone un avance práctico directo.
Alaska seguirá nublada gran parte del año, con sus glaciares ocultos bajo la niebla y la noche polar. Pero el radar ya ha abierto una rendija permanente en esa niebla. Mientras el termómetro siga subiendo, cada verano dejará una firma medible en los 3.023 glaciares vigilados: días de hielo expuesto, metros de línea de nieve perdidos, semanas de fusión anticipada. La montaña muda de piel ante un observador que, por fin, no parpadea.




