5 deportes acuáticos que están arrasando este verano (y no necesitas ser un experto para probarlos)

El verano ha dejado de ser sinónimo de tumbona y baño para convertirse en la temporada alta de los deportes acuáticos. Cada año, las playas ven aparecer nuevas tablas, alas y artilugios que prometen sensaciones fuertes sobre el agua. La buena noticia es que la mayoría ya no exige un largo aprendizaje: la industria ha rediseñado el material para que un principiante pueda mantenerse estable desde la primera sesión, y las escuelas han adaptado sus cursos a quien solo dispone de un fin de semana. Las cinco disciplinas que reúne esta lista son la mejor prueba de esa democratización del agua.

Para elegir estas cinco disciplinas nos hemos fijado en dos criterios: que estén protagonizando un crecimiento claro en los últimos años y que ofrezcan una entrada accesible, sin necesidad de ser un experto. Todas se pueden probar con una clase introductoria, y en cuatro de ellas el primer objetivo es mantenerse en equilibrio y deslizarse; la quinta, la más sencilla, solo exige saber nadar y controlar la respiración. Hemos dejado fuera modalidades que exigen una preparación física intensa o un material caro, porque aquí lo que importa es empezar a disfrutar del agua desde el primer día.

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E-foil, la tabla voladora eléctrica para todos

Un kitesurfista adulto monta un hoverboard sobre el agua con acantilados escénicos de fondo.

El e-foil es, en esencia, una tabla de surf con un hidroala motorizado: bajo el tablero, un mástil aloja un motor eléctrico con hélice (o chorro de agua en las versiones jet) que impulsa el conjunto hasta que la quilla genera sustentación y la tabla se eleva sobre la superficie. No hace falta viento, ni olas, ni remolque: basta con accionar el gatillo del mando inalámbrico que se lleva en la muñeca para acelerar, y una vez en vuelo el deslizamiento se vuelve silencioso, con el contacto reducido a una fina lámina sumergida. El equipamiento básico lo forman la tabla, la batería de litio extraíble, el mástil con su motor, el ala frontal y el estabilizador trasero; modelos actuales de Flite, Lift o Waydoo rondan los 8.000–15.000 euros, con autonomías de 45 a 90 minutos y velocidades que superan los 35 km/h. Aunque parezca un juguete de ciencia ficción, la curva de aprendizaje es corta: la mayoría de los debutantes consigue elevarse dentro de su primera hora.

Lo que engancha no es solo la sensación de volar, sino que esa experiencia está al alcance de cualquiera. A diferencia del wingfoil, que exige dominar viento y equilibrio a la vez, el e-foil entrega la velocidad por sí solo: el piloto gestiona el acelerador y el peso, y por eso los principiantes sienten el despegue en su primera sesión. La industria ha respondido bajando barreras: hay tablas hinchables que se guardan en una bolsa de viaje, sistemas con doble tablero intercambiable para progresar sin cambiar de modelo, hélices plegables para coger olas o propulsores jet cerrados, más seguros y con menos mantenimiento, como los que montan la alemana Aerofoils o el nuevo Vinga Adventure de Awake. El resultado es una actividad que se practica en lagos, pantanos y bahías resguardadas, sin depender del parte meteorológico, y que combina cruceros relajados con picos de adrenalina. Es, probablemente, la vía más corta entre ponerse de pie sobre una tabla y volar de verdad sobre el agua.