Netflix vuelve a demostrar que la realidad, cuando se cuenta bien, no necesita guion. "El asesino de TikTok" se ha convertido en cuestión de días en una de las series más vistas de la plataforma en España, y lo ha hecho sin efectos especiales ni grandes producciones: solo con un caso real que sigue doliendo.
La docuserie recupera la desaparición de Esther Estepa, una mujer sevillana de 42 años, y el papel que jugó en su búsqueda un viajero que compartía vídeos entrañables en redes sociales. Detrás de esa cuenta se escondía un historial que nadie imaginaba.
Netflix y el caso que reabrió una herida en España
Dirigida por Héctor Muniente, la miniserie se estrenó el 6 de marzo de 2026 y consta de solo dos episodios, algo así como hora y media de metraje total. Pese a la brevedad, Netflix ha conseguido condensar meses de investigación real en un relato que no da tregua.
El formato corto no resta intensidad: al contrario, obliga a ir directo al hueso. La producción se apoya en material de archivo, capturas de pantalla y entrevistas con el entorno de la víctima para reconstruir, paso a paso, cómo una familia terminó destapando un crimen que la policía no había visto venir.
El tiktoker que escondía un pasado de asesinatos múltiples
En agosto de 2023, Esther fue vista por última vez en Gandía. Meses después, su desaparición seguía sin resolverse hasta que apareció un nombre repetido en los registros de su teléfono: José Jurado Montilla, conocido en internet como "Dinamita Montilla". El hombre, que documentaba sus viajes por España en su cuenta de TikTok, había sido condenado años atrás por otros cuatro asesinatos.
Lo más inquietante, según cuentan quienes participaron en la producción, es que Montilla siguió en contacto con la familia mientras la búsqueda avanzaba. Llegó incluso a hacer videollamadas a la madre de Esther ofreciéndole ayuda, y a enviar mensajes desde el móvil de la víctima simulando que seguía con vida.
Una investigación que la familia tuvo que hacer casi sola
Uno de los puntos que más indignación ha generado entre quienes ya han visto la serie es la respuesta inicial de las autoridades. Cuando el entorno de Esther acudió a la policía con sus sospechas, no encontraron el respaldo que esperaban, según recoge la propia docuserie.
Fue la propia familia, reconstruyendo mensajes, geolocalizaciones y publicaciones en redes, quien terminó atando cabos. El hallazgo del cuerpo, un año después, cerca de una carretera entre Gandía y otra localidad cercana, confirmó lo que muchos temían y abrió una nueva fase judicial que todavía sigue su curso.
Por qué el caso ha calado tanto en España
Lo que distingue a "El asesino de TikTok" de otras producciones de crimen real es su cercanía. No habla de un caso lejano ni de otro país: habla de una carretera, un pueblo y una familia que cualquiera podría reconocer como propia. Ese componente local es, probablemente, la razón por la que ha escalado tan rápido en el ranking.
También pesa el factor digital. La serie muestra cómo el rastro que dejamos en redes sociales, pensado para mostrar lo mejor de nosotros, puede convertirse en la pieza clave de una investigación. Esa tensión entre lo que se publica y lo que se oculta es lo que mantiene enganchada a la audiencia.
Entre los elementos que explican su repercusión destacan:
- El uso de material de archivo digital real, no reconstrucciones actuadas
- La brevedad del formato, pensado para verse de una sentada
- La implicación directa de la familia en el relato
- El contraste entre la imagen pública del acusado y su pasado oculto
Lo que viene después: el juicio y el futuro del true crime español
Montilla se encuentra en prisión preventiva, acusado formalmente de dos homicidios, y los juicios todavía no tienen fecha definitiva. Esto significa que la historia que Netflix ha llevado a la pantalla no está cerrada del todo, y es probable que volvamos a saber de ella conforme avance el proceso judicial.
Lo que sí parece claro es que el género seguirá creciendo. España tiene un historial reciente de casos que han conectado con el público —desde "El caso Asunta" hasta "¿Dónde está Marta?"— y la fórmula de contar crímenes propios, con nombres y calles reconocibles, no da señales de agotarse. Si algo bueno puede sacarse de historias tan duras como esta, es que obligan a mirar con otros ojos lo que compartimos en redes.






